'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Por qué se equivocan los liberales y no el Papa

“No podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado”

Era de esperar que esta contundente sentencia del Papa Francisco cayera como un jarro de agua fría en las filas de los militantes de la religión liberal y que sus gerifaltes no tardaran en lanzarse a la yugular del Santo Padre con toda clase de exabruptos y, en algunos casos, hasta de insultos.

Otros más moderados, también como de costumbre, no han dudado en catalogar a la cabeza de la Santa Iglesia Católica como un ignorante  haciendo honor a lo que nuestro paisano Luis Villaronga en su magnífica obra ‘Hispanidad-Catolicidad. Juicio del liberalismo’ notó de ellos:

“Hay que ver cómo escriben (los liberales). ¡Con qué pedantería! Ellos son los únicos que poseen la luz de la sabiduría y la bondad. Hablan siempre como catedráticos. Quieren darle lecciones a la Iglesia, a los dos mil años de civilización católica. No quieren acordarse de su raza ni de su religión, de sus tradiciones ni de su Historia”

En efecto, cuando el Papa explica cosas a los cristianos que pueden concordar con su ideología, éstos le llenan de loas, pero cuando se le ocurre contrariarles siendo fiel al Magisterio de la Iglesia de Jesucristo, éstos no dudan en echarle a la cruz como los judíos hicieron con Nuestro Señor.

Es evidente, no son católicos y su fe está puesta en un mecanicismo que afirma que si se prescinde de la moral habrá prosperidad y que si se la postula como un imperativo se estará incurriendo en una grave tiranía. ¡Cómo si la suya no fuera la tiranía del más fuerte contra el más débil y la carta de los derechos al pecado! Suave es el yugo de Dios, como decía Jesucristo, e ingrata la esclavitud al demonio.

El Papa Francisco lo que ha condenado no ha sido el mercado como tal; es absurdo hacerlo pues existe mercado desde que comenzaron los primeros trueques, es decir, prácticamente desde que el hombre es hombre. Lo que ha condenado el Sumo Pontífice han sido “las ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera” sin vínculo moral. Condena que no es nueva y que ya aparece reflejada en la afirmación que en el punto 2426 del Catecismo de la Iglesia Católica se hace: “La actividad económica dirigida según sus propios métodos, debe moverse dentro de los límites del orden moral, según la justicia social, a fin de responder al plan de Dios sobre el hombre”; en otras palabras, que la economía no debe moverse ciegamente confiando en una supuesta y bondadosa mano invisible que en la vida real no existe, al ser personas de carne y hueso las que interactúan en los mercados.

En definitiva y conclusión, lo que no se condena es, citando al Papa Juan Pablo II “un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana”, sino el capitalismo, es decir, “un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso”.

Esto es lo que Francisco dice siguiendo todo el Magisterio anterior, y por supuesto, ni es un ignorante ni se equivoca.

Los liberales como buenos demagogos que son, rápidamente se van al polo opuesto calificando la postura católica de socialista y recordando que la única alternativa a su sistema ideológico son regímenes comunistas como el de Corea del Norte o repúblicas socialistas populistas como la triste Venezuela de Maduro. Es decir, que si no comulgas con su pecado eres un partidario de regímenes tan reprobables e infectos como esos. Esta falacia se llama la del blanco móvil, es decir, la de crear un muñeco de paja y atacarle, en lugar de atacar, por incapacidad, al verdadero adversario, y, evidentemente, a Corea del Norte y a Venezuela es sencillo hacerlo.

No obstante, la realidad es que la Doctrina Social de la Iglesia no se encuentra, citando de nuevo a Juan Pablo II aunque en su demagogia continua y haciendo alarde de su propia ignorancia los liberales le vean como el Papa capitalista, “entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista”, sino que “tiene una categoría propia”. Por tanto, la Doctrina Social de la Iglesia ni apoya el socialismo ni apoya el capitalismo, sino que ambos están condenados en la larga tradición magisterial, así como el liberalismo y el marxismo. La Doctrina Social de la Iglesia tiene una categoría propia en tanto en cuanto responde a otros esquemas diferentes del materialismo del mundo moderno y avisa, en consecuencia, del “peligro de las ideologías, desde el comunismo hasta el liberalismo, que paralizan a las sociedades y hacen que aumenten las diferencias entre las personas y los pueblos”

Volviendo al tema que nos ocupa, cuando estos demagogos del liberalismo ya se han resarcido con las falsas acusaciones a la doctrina católica y han insultado al Papa o se han limitado a llamarle (con toda la cara dura) ignorante, comienzan con un nuevo festival de datos tan impactantes como superficiales y sesgados.

Por ejemplo, citan el estudio del economista Angus Maddison ‘The World Economy: A Millennial Perspective’ en el que se dice que del año 0 al año 1000 el crecimiento de Europa fue casi nulo, desde el 1000 al 1820 apenas del 0,2%, y que a partir de esa fecha hasta nuestros días (como no, con el capitalismo) se ha disparado exponencialmente. ¡Es el libre mercado el que ha producido la magia!

A veces resulta hasta cómico cómo se tragan su propia religión. Primero, casi seguro que hay datos de los pueblecitos del medioevo del siglo IX y su crecimiento, especialmente cuando no había conciencia de eso moderno que se llama “macroeconomía”, y ni siquiera existía eso de un “libro de cuentas” para presentar a la Administración de cara a pagar impuestos y poder cotizar en el mercado bursátil… seguro…. Segundo, que es curioso cómo algunos hablan del nacimiento del capitalismo en las postrimerías del siglo XVI y luego esos datos acompañan con un crecimiento que no llega al 0,2%. Tercero, ¿el siglo XX, ese que incluyen entre 1820 y nuestros días, fue capitalista? Cuarto, el crecimiento no tiene por qué ser debido a las bondades del libre mercado. Si se hiciera otro burdo estudio y análisis, como el que hacen ellos, de Alemania entre los años 1915 y 1945 se podría sacar la conclusión de que con el sistema nacionalsocialista de Hitler se crecía más y por eso era mejor (Esta es la burda opinión de los nazis que todavía siguen defendiendo aquel criminal sistema). Y quinto y último, es de señalar que usan el término capitalismo cuando les da la gana, y a veces uno duda si lo emplean realmente sabiendo lo que es o si lo tienen como mero comodín para soltar sus panfletadas liberales. Esto lo digo porque cuando les conviene, como ahora, alaban “el progreso de Europa” entre 1820 y nuestros días “gracias al capitalismo”, y en otros momentos, también por conveniencia, no dudan en tachar a Europa de socialista. ¿En qué quedamos?

De la misma manera obran cuando hablan de “libre mercado”. En ocasiones Estados Unidos es el paraíso de la libertad y el libre comercio, pero en otras ocasiones es un sistema represivo con una moneda devaluada, intervenida, y un gasto público desbocado (muy parecido, e incluso peor, al de los países europeos, catalogados encima como socialistas). Luego no dudan en incluir a China entre los países que se han abierto al capitalismo, como si esa economía no estuviera también dirigida desde arriba y como si no te obligaran a dejar entrar al gobierno en la participación tu empresa si quieres montar allí un negocio. ¿En qué quedamos?

Después, citan a Singapur como caso paradigmático de su “mundo capitalista”, pero por ejemplo, este país está en el puesto segundo en el índice de libertad económica que elabora la Heritage Foundation y se sitúa en el 18 en el índice de desarrollo económico del Human Development Report, mientras que Alemania, país que está en el 19 de libertad económica, es decir, menos libertad (el Estado subsidia hasta casas a los necesitados, ¡todo un pecado para el liberal!), se posiciona en el 5 en el de desarrollo económico. ¡Las cuentas no salen!

Otro recurso muy manido es el de sacar a relucir que los países más ricos son los países más libres. Todo otro espectáculo de simpleza para engañar en dos segundos a masas de aborregados. Primero, nunca explicitan qué es “más libre”. ¿Se puede decir que Arabia Saudí que goza hoy en día de un envidiable crecimiento del PIB por encima del 3% es más libre y democrática que la España actual que no llega ni al 0,1%? Segundo, nunca mencionan lo que es una realidad: cómo países que se llaman “ricos” lo son simplemente por parasitar a otros guardando el dinero que políticos y directivos corruptos depositan bajo velo de privacidad o grandes empresas tributan con beneficios que han ganado gracias al esfuerzo y el trabajo de consumidores de un país al que luego no aportan sino que se evaden de sus obligaciones morales. Y tercero, aún admitiendo cierta coherencia en su mensaje, pues no se puede negar, y la Iglesia nunca lo ha hecho, que es a través del mercado donde se debe canalizar la riqueza de un país, cabe recriminarles lo que Nuestro Señor Jesucristo recriminó a los avaros y que personajes tan ilustres de feliz memoria como San Francisco Javier llevaron presente en el pensamiento toda su vida: “¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?” (Mc 8, 36). O en otras palabras, si el precio a pagar por rebosar de riquezas es perder el alma, es mejor ser pobre y digno que rico e injusto.

Esto es especialmente lo que les ha pasado a esos países capitalistas “más libres y ricos”, que por doquier tienen bienes materiales pero han abandonado el fin último del hombre, que no es otro, en palabras de San Ignacio de Loyola, que el de “alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar el ánima”. Los países capitalistas modernos son como Esaú que vendió su primogenitura por un plato de lentejas. Son aquellos que anteponen el lucro a la moral y el trabajo a la oración. Son aquellos donde los jóvenes se pierden en la droga y los adultos en terceras y cuartas nupcias, mientras grandes emporios empresariales se lucran a base de la prostitución, el aborto y la droga, untando a políticos también avaros que miran antes por su patrimonio personal que por el bien común de su patria faltando al cuarto mandamiento de la ley divina.

Es un mercado desbocado que se dice libre, y lo es, libre de toda restricción moral, y por tanto injusto. El padre Juan de Mariana, afamado jesuita que de manera torticera se le ha querido poner la etiqueta liberal y que de estar vivo se arrancaría y la echaría al fuego de la Inquisición, lo dijo claro: “El que solo atiende al lucro es fácil que se sienta arrastrado á actos injustos”

Esto es otro jarro de agua fría al postulado de Adam Smith que con tanta fuerza defienden los liberales y que tan lejos está de servir a la justicia. ¡Y qué gran valor tiene su sentencia en unos tiempos en los que de abajo a arriba y de arriba a abajo el hombre moderno liberalizado de Dios roba constantemente saltándose todos los preceptos del séptimo mandamiento!

Se construyen pisos de menos de 20 metros cuadrados para ganar más metros y tener más beneficio sin importar la persona que habitará allí. Se construyen plazas de aparcamiento minúsculas para ganar más espacio y dinero. No se rinde bien en el trabajo y las personas eluden sus responsabilidades en lo que pueden. Se contratan becarios en muchas ocasiones para pagar menos y obtener más beneficio. No se acaba con la droga porque produce rendimientos económicos a los que podrían acabar con ella, y no les importa las vidas desgraciadas que ocurren por culpa de ellas. Se vive en un sistema financiero intrínsecamente usurario donde la banca logra más rentas que las de la economía real produciendo bienes reales que alimentan, visten y ayudan a personas reales. ¡Esa es la realidad del capitalismo que denuncia el Papa y no el mercado en sí mismo como sistema legítimo de distribución de recursos!

Sabias palabras las del Sumo Pontífice avisando del incumplimiento constante del mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo:

“Quisiera que se escuchara el grito de Dios preguntándonos a todos: ‘¿Dónde está tu hermano?’ (Gn 4,9). ¿Dónde está tu hermano esclavo? ¿Dónde está ese que estás matando cada día en el taller clandestino, en la red de prostitución, en los niños que utilizas para mendicidad, en aquel que tiene que trabajar a escondidas porque no ha sido formalizado?

¿Y qué decir más que “excelente” de estas otras del Santo Padre León XIII explicitando los deberes de los ricos y patronos con respecto de sus obreros que el capitalista liberal ignora?

“Los deberes de los ricos y patronos: no considerar a los obreros como esclavos; respetar en ellos, como es justo, la dignidad de la persona, sobre todo ennoblecida por lo que se llama el carácter cristiano. Que los trabajos remunerados, si se atiende a la naturaleza y a la filosofa cristiana, no son vergonzosos para el hombre, sino de mucha honra, en cuanto dan honesta posibilidad de ganarse la vida. Que lo realmente vergonzoso e inhumano es abusar de los hombres como de cosas de lucro y no estimarlos en más que cuanto sus nervios y músculos pueden dar de sí. E igualmente se manda que se tengan en cuenta las exigencias de la religión y los bienes de las almas de los proletarios. Por lo cual es obligación de los patronos disponer que el obrero tenga un espacio de tiempo idóneo para atender a la piedad, no exponer al hombre a los halagos de la corrupción y a las ocasiones de pecar y no apartarlo en modo alguno de sus atenciones domésticas y de la afición al ahorro”

 

En definitiva, no se condena el mercado, sí el capitalismo. Y en conclusión, la Iglesia Católica no se equivoca, sí los liberales. La ignorancia está de su lado no del del Papa Francisco.

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