El Estado Islámico (Daesh, Isis) ha utilizado como argumento para perpetrar las matanzas de cristianos en numerosas partes del mundo referencias históricas que se remontan incluso a la expulsión de los musulmanes de la península ibérica. En su propaganda, la organización yihadista intenta justificar la violencia actual apelando a supuestos agravios del pasado, reinterpretados bajo una lógica de revancha religiosa.
En uno de sus mensajes avanzado por La Razón, el grupo terrorista sostiene que la pérdida de Al-Ándalus se debió al abandono de los principios del islam más rígido, al debilitamiento interno y a la búsqueda de comodidad. Según esta narrativa, la recuperación de ese supuesto «esplendor perdido» sólo sería posible mediante una yihad constante, acompañada de sacrificio, disciplina y rechazo a todo lo que consideran ajeno a su fe.
Este discurso se proyecta especialmente sobre el continente africano, donde la organización afirma haber reactivado su actividad tras años de «oscuridad», en países como Mozambique o regiones de África Central. En esos territorios, los terroristas presentan sus ataques como una respuesta a lo que describen como agresiones históricas de comunidades cristianas, pese a que dichas interpretaciones carecen de base en el contexto actual.
Sin embargo, el propio relato de la organización evidencia el carácter ideológico de esta violencia. Vincular crímenes presentes con episodios ocurridos hace siglos refleja una construcción propagandística basada en el fanatismo, donde cualquier excusa resulta válida para legitimar asesinatos de civiles desarmados. Las víctimas, en muchos casos, son atacadas únicamente por su religión, en un contexto donde el uso del pasado se convierte en herramienta para justificar atrocidades contemporáneas.