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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

El calvario de los cristianos en Oriente Próximo

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El final de la Semana Santa, en que millones de cristianos actualizan la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, es una ocasión propicia para recordar el calvario de los cristianos del Oriente Próximo. Los atentados terroristas del pasado Domingo de Ramos contra dos iglesias coptas en Alejandría y Tanta han traído a la actualidad internacional el martirio que padecen las minorías cristianas en los países islámicos.

Desde Irak hasta Egipto, en territorio donde surgieron las primeras comunidades de seguidores de Cristo, los islamistas y los yihadistas están acabando con todo vestigio de presencia cristiana. Es una nueva oleada de un fenómeno que ya padeció todo el norte de África en la Edad Media. 

Durante siglos, el estatuto de dhimmitud que los gobiernos islámicos impusieron a los no creyentes condenó a las comunidades a una muerte lenta por asfixia económica, cultural y demográfica. Todo el sistema está diseñado para que incentivar las conversiones al islam y agostar el crecimiento de las religiones minoritarias en la Casa del Islam. Solo la benevolencia y laxitud de los gobernantes islámicos puede evitar este declive.

Así, la violencia combinada con la imposibilidad de crecer y prosperar terminó provocando la desaparición de los cristianos del norte de África. San Agustín nació en Tagaste (354) y murió en Hippo Regius (430). Buena parte de su vida transcurrió en el territorio de las actuales Argelia y Túnez, donde fue obispo de Cartago. Allí había sido obispo también san Cipriano (200-258). Allí había nacido y muerto Tertuliano (160-220). Pues bien, de esa presencia cristiana apenas queda nada más que ruinas y el recuerdo de un pasado radiante. Solo los misioneros conservan hoy en esas tierras la llama de la vida cristiana.

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Por supuesto, no todos los territorios de los sucesivos imperios islámicos han tratado del mismo modo a los cristianos. Entre los otomanos, cristianos griegos, armenios, nestorianos y otros tantos continuaron viviendo su fe y algunos de ellos lograron alcanzaron puestos muy importantes en la corte del Sultán. Sin embargo, a partir del siglo XIX, los cristianos se convirtieron en sospechosos a quienes se culpó de la decadencia que atravesaba el Enfermo de Europa. A los armenios, a los ortodoxos griegos, a los caldeos y a muchos otros los tomaron como chivos expiatorios. Las masacres hamidianas (1894-1896) fueron un anticipo del Genocidio Armenio (1915-1923).

Durante ocho años, las comunidades cristianas de Armenia Occidental, que vivían desde hacía siglos en las provincias de Erzurum, Van Bitlis, Diyarbakır, Elazığ y Sivas, fueron exterminados a tiros, por hambre y mediante marchas extenuantes a través de los desiertos de Siria. Sus centros culturales, sus instituciones educativas y sus cementerios fueron destruidos u ocupados para otros fines. Su memoria quedó viva solo entre los supervivientes.

No todos los musulmanes contemplaron impasibles el martirio de los cristianos. Husayn Ibn´Ali, Jerife de la ciudad santa de La Meca, promulgó un decreto que ordenaba a los musulmanes de los lugares por donde pasaban las columnas de armenios ayudarlos y protegerlos “como os protegeríais a vosotros mismos, a vuestras propiedades y vuestros niños”. Sin embargo, los armenios desaparecieron casi por completo de las tierras que los habían visto nacer.

Un siglo más tarde, las comunidades cristianas en el Próximo Oriente afrontan un futuro sombrío. La herencia de las primaveras árabes han sido dos guerras -Siria e Irak- y la experiencia de un gobierno islamista en Egipto que para los coptos fue una pesadilla.

Por toda la región, los islamistas identifican la identidad árabe con el islam de modo que los seguidores de Cristo quedan excluidos de las narrativas colectivas. El genocidio que el Estado Islámico está perpetrando contra ellos demuestra bien a las claras las consecuencias de no contar con un Estado que proteja a las minorías. Así, privados de fuerzas armadas propias y de Estados que los respalden, los cristianos siguen dependiendo, en general, de la generosidad y la moderación de los gobernantes.

El debate entre identidades nacionales e identidades religiosas que sacude al mundo islámico desgarra a los cristianos, que abrazaron el panarabismo y el nacionalismo árabe de los años 50 y 60 para chocar de frente con los islamistas. Quienes confiaron en Estados nacionales árabes han terminado descubriendo la fuerza poderosísima de las identidades religiosas islámicas y el peligro de su prevalencia. 

La destrucción de los cristianos del Oriente Próximo se está produciendo ante la mirada de la Unión Europea. Para los ellos, apenas quedan alternativas. La Unión Europea, cuyos valores hunden sus raíces en la tradición judeocristiana, no puede permanecer impasible ante el sufrimiento de los cristianos, que son los oprimidos entre los oprimidos y los perseguidos entre los perseguidos.

Por eso, los países europeos y la Unión deben emplear todos los recursos a su alcance, desde la política en materia de asilo hasta la acción diplomática, para salvar del desastre a estas comunidades amenazadas de desaparición y muerte. Ojalá podamos sentir, cuando volvamos la vista atrás, que Europa supo estar a la altura del tiempo y en el lado correcto de la Historia. 

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