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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Contranarrativa contra el terrorismo

Es sobradamente sabido que para combatir eficazmente el terrorismo no se deben implementar únicamente métodos policiales o legales, pues la prevención es tan o más importante a la hora de poner freno a potenciales ideologías radicales que acaban llevando a individuos a cometer actos violentos bajo pretextos absurdos y que buscan eliminar las libertades y los derechos adquiridos que tanto apreciamos nosotros y tanto parecen odiar ellos.

Para frenar el avance del radicalismo, resulta imprescindible acompañar las medidas legales y las políticas de seguridad con pedagogía, un adecuado discurso político y social, y un buen uso de la contranarrativa. Especialmente esta última.

Decía George Lakoff en su libro No pienses en un elefante que los marcos son estructuras mentales que conforman nuestro modo de ver el mundo, y que el elemento que acciona los marcos es el lenguaje. Un uso concreto y preciso del mismo define y encuadra el marco, es decir, en función del lenguaje que utilicemos, crearemos un marco u otro. Esta idea puede trasladarse a cualquier ámbito en el que se use el lenguaje, por supuesto también en la contranarrativa. Es más sencillo de lo que parece, si queremos derrotar al enemigo por la vía del lenguaje, nunca debemos utilizar su mismo lenguaje.

En España, durante los años de actividad de ETA, no se supo aplicar este principio básico. El lenguaje etarra ansiaba crear un marco específico que girase entorno a la idea de que existía un conflicto entre dos bandos, una guerra. Esto es importante, jamás hubo un conflicto, nunca hubo dos bandos y mucho menos una guerra. Inconscientemente, sin pensar en las consecuencias que ello conlleva, sus palabras se hicieron hueco entre el resto.

El mismo error se comete cuando hablamos de “guerra contra el terrorismo islamista”. La palabra “guerra” es utilizada recurrentemente en el discurso terrorista, a la vez que se presentan a sí mismos como “soldados”, sabiendo que ello aporta a su favor cierta connotación de enfrentamiento legítimo y justificado. Señores, no estamos en guerra contra el terrorismo, y no, no existe un enfrentamiento entre dos bandos, facciones, comunidades o como ellos quieran llamarlo. Hay un único bando, por supuesto minoritario, que cree que por medio del uso repulsivo e indiscriminado de la violencia puede llegar a conseguir sus pretensiones.

Siguiendo esta línea de la importancia de un lenguaje determinado, la corrección y el buenísimo a la hora de hablar de determinado fenómeno tampoco son de gran ayuda. Es necesario llamar a las cosas por su nombre. Enmascarar lo que es, con la idea de no ofender ha determinado grupo social, es cuanto menos absurdo. Contranarrativa no es esto.

El terrorismo islamista es terrorismo islamista, en tanto en cuanto el pretexto es la imposición de una ideología política extremista islamista, basada en aplicar los dogmas rigurosos y, ante todo malinterpretados, del Islam. Digo esto siendo consciente y sabiendo identificar y diferenciar el terrorismo islamista como una minoría frente al resto de la comunidad musulmana, pues no por llamar a este tipo de terrorismo por su nombre se engloba, encadenadamente, a toda una comunidad. Por supuesto, y en esto no cabe debate, separando el terrorismo del Islam como religión y el islamismo como idea de organización política, ambas merecedoras de toda legitimidad -esto sí es contranarrativa-. Sé que lo habrán escuchado hasta la saciedad y puede parecer sobrante, pero es imprescible repetirlo tantas veces como sea necesario: no todos los islamistas son terroristas. Quienes, por el contrario, lleven esa idea por bandera, lo único que dejan ver es una falta de entendederas.

Llamemos a las cosas por su nombre, insisto. En el caso de los actos de terrorismo cometidos por grupos de supremacistas blancos, el nombre no deja de ser una definición exacta de lo que son: personas blancas que ejercen violencia ante una absurda e infundada idea de superioridad frente a otras razas o etnias. ¿Todas las personas blancas son supremacistas blancos? La pregunta se responde sola. Y no, señor Trump, en este caso tampoco hay, ni hubo nunca, dos bandos. Cualquiera diría que cientos de miles de soldados de su país murieron en defensa de la libertad y contra los horrores del nazismo.

Tampoco estamos haciendo contranarrativa cuando no le ponemos freno la islamofobia, eso es simple y llanamente hacerles el juego a los terroristas. El terrorismo no es capaz de sobrevivir sin una base social que lo alimente, una comunidad de referente que sirva como caldo de cultivo. La lógica terrorista busca, en un Estado democrático, la fractura de la sociedad, deslegitimando el sistema y, ellos sí, enfrentando a dos comunidades, la que creen como suya frente a la otra. Los fundamentalistas islamistas aborrecen nuestra cultura, y en consecuencia necesitan que esa comunidad que han identificado como propia acepte y ponga en práctica su ideario y rechace todo occidentalismo, creando un falso enfrentamiento de amigo/enemigo. No se lo pongamos fácil, no les hagamos el trabajo desde aquí.

Por si fuera poco, con los atentados de Barcelona consiguieron fracturar a la población española. Que no seamos capaces de tener una postura común, unitaria y firme ante tal detestable acto, que hagamos de ello un conflicto político y social y de una manifestación contra el terrorismo un reclamo político, a nosotros como sociedad nos deja en mal lugar, y a ellos como terroristas les produce satisfacción y sentimiento de logro.

En definitiva, contrarrativa ante el terrorismo es, entre muchas otras cosas, comprender el fenómeno y utilizar las herramientas necesarias para contrarrestar su discurso con estrategias comunicativas adecuadas y visibles, es analizar su lenguaje y ganarles la batalla dialéctica, es conocer su idiosincrasia e impedir que se adhieran a ella más adeptos y es eliminar ciertos comportamientos nuestros que, además de denotar una falta de tolerancia intolerable, redunden en un beneficio para ellos.

Por Nora González

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