«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Leopoldo lópez y los procesos en los sistemas comunistas

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El opositor venezolano Leopoldo López sufre una prisión injusta en condiciones de vida inhumanas. Su firmeza frente al régimen chavista contrasta con la campaña de descrédito e infamia que en España han orquestado los amigos de Maduro. Las acusaciones vertidas contra él han sido refutadas desde Estados Unidos por Franklin Nieves, el propio fiscal que acusó a López. Condenado en un proceso sin garantías, privado de los más elementales medios de prueba, a este hombre lo sometieron a un juicio cuyo fallo ya estaba decidido de antemano. No se trataba de decidir si López era culpable, sino de intentar destruirlo públicamente presentándolo como un golpista y un traidor a Venezuela, es decir, como un “enemigo del pueblo”.

La representación de procesos con apariencia de legalidad -a menudo una apariencia pobrísima, por cierto- es una de las técnicas más antiguas de los regímenes totalitarios de Europa. Los comunistas la exportaron a todos los lugares donde lograron hacerse con el poder desde la China de Mao hasta la Cuba de los hermanos Castro. El proceso penal se transforma así en un escenario de propaganda y mentira que pretende encubrir la verdad terrible del Estado comunista: la ley es solo un instrumento más para acabar con la oposición. El Derecho no sirve para imponer límites al Estado sino para asegurar que su poder será ilimitado y que sus injusticias quedarán impunes.

El comunista checoslovaco Arthur London (1915-1986) nos legó una obra valiosísima para comprender el mecanismo de esta maquinaria de triturar personas. Nacido en una familia judía de Moravia, en el Imperio Austrohúngaro, por su vida pasó casi todo el siglo XX. Nació apenas seis meses después del estallido de la I Guerra Mundial. Tenía dos años cuando los soviets se hicieron con el poder en Rusia. Aún era muy pequeño cuando Bela Kun y sus camaradas proclamaron la República Soviética Húngara el 21 de marzo de 1919. Hasta que la disolvió un ejército rumano en agosto de aquel año, la experiencia soviética húngara reprodujo la rusa con sus tribunales revolucionarios y su terror rojo. Allí donde triunfaban los comunistas, la policía política de Moscú desplegaba su red de agentes y delatores.

En 1934, a los 20 años, London marchó a Moscú y permaneció allí hasta 1937. Dejó la capital de la URSS para combatir en la Guerra Civil Española. Trabajó para el siniestro Servicio de Información Militar (SIM) a las órdenes del NKVD. Tras la derrota republicana, luchó en la resistencia francesa desde que los nazis invadieron la URSS en 1941. Lo detuvieron y terminó prisionero en Mauthausen. Siempre fiel al partido, hizo carrera política en la posguerra. En 1948 lo nombraron viceministro de Asuntos Exteriores de Checoslovaquia, un cargo de máxima confianza política.

Sin embargo, en 1951 cayó en desgracia y aquí comenzó su tormento y su testimonio imperecedero. Ese año lo detienen junto a Rudolf Slansky, uno de los líderes del golpe de Estado de 1948 que aupó a los comunistas checoslovacos al poder, y a los dos los acusan en un juicio- farsa en el que, por supuesto, carecen de la menor posibilidad de defenderse.

Son los Juicios de Praga. London y Slansky comienzan a sufrir lo que ellos mismos han impuesto a otros en el pasado. Los cargos son gravísimos para la fiscalía del régimen, que acusa a London de sionista, trostkista y titoista. Nada le fue ahorrado a este comunista atrapado en las redes que él creó. Forzado a confesar, es condenado a cadena perpetua y colabora en el encarcelamiento de otros con su testimonio.

Un golpe de suerte -la muerte de Stalin- hace que lo liberen en 1953. En 1963 lo rehabilitan. Se establece en París. Allí, donde goza de una libertad de expresión inimaginable al otro lado del Telón de Acero, escribe en 1968 el relato de su proceso: “La confesión”.

Es un libro que todos los jóvenes deberían leer para comprender qué fue el comunismo y su atroz funcionamiento. Desde la privación de sueño hasta el proceso sin garantía alguna, London cuenta lo que vivió y cómo el lavado de cerebro lo termina llevando a confesar cosas que jamás ocurrieron y a repetirlas frente a un tribunal que, por descontado, solo necesita de esa confesión para condenarlo.

Esto ya se había ensayado durante las purgas de 1936 a 1938 -el célebre Terror de Yezhov que recordó Ana Ajmátova- pero rescato el caso de London para señalar que fue un método exportado y repetido fuera de la URSS. Annie Kriegel resumió en “Los grandes procesos en los sistemas comunistas” este modus operandi. Ella señala la importancia de las condiciones infrahumanas del encierro y no solo de las torturas físicas sino, específicamente, de las técnicas psicológicas que tendían a quebrar la resistencia de la persona. Ella señala la función de estos “procesos públicos” como el que padeció Leopoldo López en Venezuela: el proceso se presenta como el momento y el acto privilegiado mediante el cual “una sociedad disgregada, atomizada y quebrantada por el miedo vuelve a soldarse en una sociedad unánime”. El odio al acusado une a las masas.

Sin embargo, con Leopoldo López este sistema de destrucción moral ha fracasado. La historia del comunismo es también la historia de sus límites. Millones de venezolanos saben la verdad y conocen la inocencia de este opositor. Los textos que López ha logrado escribir y sacar de la cárcel se han publicado en España con el título “Preso pero libre” y demuestran la fortaleza de un hombre al que el chavismo, el hijo predilecto del castrismo, no ha logrado reducir ni asfixiar.

Por eso, la campaña de desprestigio desatada en España contra Leopoldo López no demuestra la fortaleza del régimen sino la profundidad de sus grietas. La difamación del opositor es el último recurso ante el hundimiento del chavismo, que ha sumido a su propio pueblo en la miseria. He aquí el resumen del imparable declive de estos comunistas venezolanos asesorados por Cuba: la falta de libertades, la corrupción y los vínculos del régimen con el narcotráfico, la destrucción sistemática de todos aquellos grupos y sectores productivos para la economía nacional, las confiscaciones, las expropiaciones, etc.

 

El chavismo, sin embargo, no ha logrado sofocar por completo las voces de la disidencia a lo largo de los años. Algún día se contará la historia de tantos venezolanos que se atrevieron a disentir y que jamás creyeron las mentiras que la propaganda oficial repetía. La saturación de mentiras termina siendo contraproducente. A fuerza de repetir consignas, el lenguaje chavista va quedando vacío y sus palabras significan cada vez menos.

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