«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Lou Reed huyó de la última moda

El domingo se apagó el hombre que condensó el vicio de toda una sociedad y fue capaz de producir «el disco más depresivo de la historia». Un genio.

Lou Reed siempre le huyó a las modas. En entrevista con la Rolling Stone dijo hace algunos años que «al principio no toqué blues porque todo el mundo lo hacía y me gustaba escribir sobre las cosas de las que no hablaban los demás. He ido huyendo de todas las modas y esa es la razón del por qué todavía estoy aquí».

En estos tiempos, la moda es que los septuagenarios de la música como Paul McCartney, Mick Jagger, Keith Richards y tantos otros que si no tienen 70 están cerca, sigan invadiendo tarimas, estrenando discos o sacándole el jugo a sus viejos catálogos. Pero Lou Reed, a sus 71, dijo adiós el domingo, su última huida.

Fue el ícono del rock salvaje e intelectual que hizo pedazos los convencionalismos y la moral de la sociedad norteamericana que le tocó vivir, entre la pacatería y la rigidez, negada a su propio presente lleno de drogas, alcohol, sexo, sordidez, transexuales y Nueva York. Lou Reed condensó en su cuerpo el vicio y la soledad, el exceso y el nihilismo, el delirio y la cruda realidad.

Músico y escritor, conocedor a fondo de Edgar Allan Poe, por ejemplo, este compositor siempre detestó las entrevistas. Es más, detestaba a los periodistas, tanto que se cuenta que cuando fue abordado por una en Inglaterra a finales de los 70, la hizo sentir tan mal sobre lo que hacía que la mujer terminó renunciando al oficio para abrazar al punk, convirtiéndose en Poly Styrene, vocalista de X-Ray SpexPero los periodistas lo amaban. Era un reto prepararse para entrevistarlo, cual entrenamiento para el combate, de las palabras.

A pesar de que hace años comenzó a hacer taichi y dejó de pelear con todos y consigo mismo, su imagen de malhumorado, de tipo oscuro, se la llevó a la tumba. Él mismo no entendía por qué lo calificaban así, si él era «un realista». En sus ratos íntimos, supuestamente, era otra persona. Ni Andy Warhol ni Rachel, la transexual hecha su musa en los 70, pueden confirmarlo. Otros que pudieran quizá nunca lo hagan. Lou Reed se murió el domingo bajo el manto de su propia historia.

Su álbum más recordado, y quizá el mejor que nos dejó, fue The Velvet Underground & Nico, aunque él renegara de la banda, le pareciera que hablar de ella era «un montón de mierda» y odiara preguntas sobre ese pasado.

En mayo pasado fue sometido a un transplante de hígado, mientras luchaba contra el cigarrillo. Dejarlo «es lo que más deseo. He renunciado a muchas cosas y esa es la última, quizá por eso la más difícil», dijo a Esquire.

Firmó el álbum «más depresivo de la historia» (Berlin, 1973) y en todos sus discos relató verdades. Se permitió no cantar «Walk on the wild side» cuando no quería y obvió las críticas a Lulu (2011). Allí quedan sus letras, sus discos con la Velvet y los solitarios, todos controversiales. Allí queda Lou Reed, impreso en la memoria y con un lugar ganado en la historia.

 

Más que «du durú du»

Muchos recuerdan el pegadizo coro de «Walk on the wild side», pero Lou Reed entregó otras joyas musicales. Quizá su mejor tema es «Street Hassle», una pieza de tres partes y 11 minutos publicada en 1978, llena de pomposidad capaz de cambiar la visión de la cultura pop.

 

También nos dejó «Perfect Day», sublime paseo por los placeres sencillos; «Coney Island Baby», contemplación del amor y de su musa en 1976 y «Dirty Blvd.», de 1989, donde su relato sobre la ciudad que nunca duerme se tornó obvio y descarnado (de hecho, el álbum se tituló New York). The kids muestra su poesía dura sobre el realismo social.

 

 

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