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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

El martirio de los clérigos polacos

El 29 de abril, día de la liberación del campo de concentración de Dachau, se conmemora el martirio de los clérigos polacos durante la II Guerra Mundial. Es un episodio poco conocido en España, pero de enorme trascendencia para comprender la naturaleza del régimen nazi y el significado de la ocupación entre 1939 y 1945.

Durante el periodo en que Polonia estuvo dividida entre el Imperio Ruso, Prusia y el Imperio Austrohúngaro, la Iglesia católica preservó la identidad nacional polaca. Ella desempeñó un papel importantísimo en el renacimiento polaco tras la I Guerra Mundial. Buena parte de la intelectualidad polaca -profesores, escritores, músicos, poetas, científicos- profesaban la fe católica. Los medios de comunicación y las editoriales vinculadas a la Iglesia gozaban de prestigio e influencia en la Polonia del mariscal Józef Piłsudski. Sin ella, la Segunda República Polaca (1918-1939) resulta simplemente incomprensible. En un clima de lucha cultural contra el socialismo, el comunismo y el liberalismo, la Iglesia inspiraba y animaba el pensamiento conservador católico.

Los nazis comprendieron que sería imposible someter a Polonia sin decapitar a la Iglesia. Los sacerdotes, las órdenes religiosas, las parroquias, los movimientos juveniles, las universidades… Todo esto constituía un frente de resistencia cultural que los nazis no podrían romper sino por la fuerza. A diferencia de lo que sucedió con otros países ocupados, el plan nazi para Polonia era la aniquilación de su cultura, la destrucción de su Estado y el sometimiento de su pueblo a la servidumbre.

Así, la invasión de Polonia y su ocupación por la Alemania nazi y la Unión Soviética supuso el encarcelamiento de miles de sacerdotes, religiosos de órdenes masculinas y femeninas y catequistas. Se cerraron parroquias. Se clausuraron periódicos y editoriales. El Cardenal Primado de Polonia, August Hlond (1881-1948), logró escapar a Roma el 18 de septiembre de 1939 y elaboró un informe para el Papa Pío XII que describe la represión desatada contra los católicos -los encarcelamientos, las torturas, los malos tratos- y precisa los planes de los nazis para su país: “El hitlerismo persigue la sistemática y total destrucción de la Iglesia católica en los ricos y fértiles territorios de Polonia que se han anexionado al Tercer Reich”.

Ya el Papa Pío XI había denunciado, en la encíclica “Mit Brennender Sorge” (1937), la opresión que sufría la Iglesia en Alemania: “Con viva preocupación y con asombro creciente venimos observando, hace ya largo tiempo, la vía dolorosa de la Iglesia y la opresión progresivamente agudizada contra los fieles, de uno u otro sexo, que le han permanecido devotos en el espíritu y en las obras; y todo esto en aquella nación y en medio de aquel pueblo al que San Bonifacio llevó un día el luminoso mensaje, la buena nueva de Cristo y del reino de Dios.”

Millones de católicos se unieron a los movimientos de resistencia. Ahí está Jan Karski, católico y Justo entre las Naciones, que fue testigo del exterminio de los judíos y lo contó a los gobiernos aliados. Las páginas de su gran obra “El Estado clandestino” están llenas de héroes que luchaban contra los nazis como patriotas y como católicos. Sin esta dimensión religiosa, la resistencia polaca resulta incompleta.

El profesor Norman Davies ha descrito la política genocida de los nazis en Polonia y que comprendía, en primer término, la destrucción cultural del país ocupado. Parte de ella era el desmantelamiento de la Iglesia. Entre los primeros prisioneros polacos que llegaron a Auschwitz el 14 de junio de 1940 ya había sacerdotes.

El martirio de Maximiliano Kolbe (1894-1941), canonizado en 1982 por Juan Pablo II, sirve como ejemplo para millones de católicos. La historia es conocida. Un preso se fuga de Auschwitz. En represalia, diez de sus compañeros lo pagarán con la vida. Franciszek Gajowniczek, sargento polaco, está entre los seleccionados para la muerte. Musita unas palabras de recuerdo para su esposa y sus hijos. Kolbe, sacerdote polaco, lo oye. Entonces este cura, prisionero número 16.670, se presenta voluntario para sustituir al sargento entre los que van a morir. Junto a otros nueve presos, será encerrado el 31 de julio de 1941 en una celda subterránea para morir de hambre. Tres semanas más tarde, Kolbe y tres de sus compañeros siguen vivos. Los SS necesitan la celda. Los nazis rematan a los famélicos prisioneros con sendas inyecciones de fenol. A continuación, queman sus cuerpos.

Así, la Iglesia polaca, crucificada al mismo tiempo que Polonia, está unida de forma inexorable a la memoria de los mártires que cada 30 de abril se conmemora. Recuerdo ahora las palabras de Juan Pablo II, que militó él mismo en la resistencia cultural de Cracovia, durante su visita a Auschwitz:

“Vengo pues y me arrodillo en este Gólgota del mundo contemporáneo, sobre estas tumbas, en gran parte sin nombre, como la gran tumba del Soldado Desconocido. Me arrodillo delante de todas las lápidas de Birkenau, en las que se ha grabado la conmemoración de las víctimas de Auschwitz en las siguientes lenguas: polaco, inglés, búlgaro, cíngaro, checo, danés, francés, griego, hebreo, yidis, español, flamenco, serbo-croata, alemán, noruego, ruso, rumano, húngaro, italiano.

En particular, me detengo junto con vosotros, queridos participantes de este encuentro, ante la lápida con la inscripción en lengua hebrea. Esta inscripción suscita el recuerdo del pueblo, cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total. Este pueblo tiene su origen en Abrahán, que es padre de nuestra fe (cf. Rom 4, 12), como dijo Pablo de Tarso. Precisamente este pueblo, que ha recibido de Dios el mandamiento de «no matar», ha probado en sí mismo, en medida particular, lo que significa matar. A nadie le es lícito pasar delante de esta lápida con indiferencia.

Quiero detenerme, además, delante de otra lápida: la que está en lengua rusa. No añado ningún comentario. Sabemos de qué nación habla. Sabemos qué parte ha tenido esta nación, durante la última guerra por la libertad de los pueblos. Tampoco ante esta lápida se puede pasar con indiferencia.

Finalmente, la última lapida: la que está en lengua polaca. Son seis millones de polacos los que perdieron la vida durante la segunda guerra mundial: la quinta parte de la nación. Una etapa más de las luchas seculares de esta nación, de mi nación, por sus derechos fundamentales entre los pueblos de Europa. Un nuevo alto grito por el derecho a un puesto propio en el mapa de Europa. Una dolorosa cuenta con la conciencia de la humanidad.”

En un tiempo en que Europa parece olvidar su pasado y en que los populismos crecen, la memoria de la Iglesia polaca nos permite evocar a dónde conducen los totalitarismos sea cual sea su máscara.

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