«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
La Gaceta de la Iberosfera
Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Perros, lentes y un horizonte falso

br />

Alberto García-Alix (León 1956) es uno de los más sólidos artistas plásticos de cuantos forjaron su carrera en la mitificada Movida madrileña, de la que a menudo sólo se recuerda su dimensión musical. Fotógrafo de prestigio internacional, García-Alix retrató rostros famosos de aquella época, pero también muchos de los marginales y devastadores efectos de la llegada de una modernidad contracultural a la que acompañaba un alto gramaje de estupefacientes.

Superviviente de aquellos días, título de una de sus fotografías en las que se ven dos brazos con jeringuillas inyectando heroína a sus venas, la vida de Alberto puede rastrearse en sus tatuajes, en sus motos, en sus mujeres. También en proyectos literarios como la revista El canto de la Tripulación o esa editorial de castizo nombre Cabeza de chorlito, donde ofrece espacio a la poesía quien siempre admiró a Ramón Gómez de la Serna. Rock y tango han puesto el fondo musical a una vida apurada hasta el límite.

Recientemente se ha inaugurado en Madrid, en el edificio de Tabacalera, la exposición «Un horizonte falso». En ella aparece su reconocible sello: rostros frontales y cuerpos en escorzos sobre ásperos fondos; pero también algunas obras que muestran la evolución de este fotógrafo hacia terrenos y formas menos concretas. Garcia-Alix, tan apegado en su carrera a la forma humana, ha comenzado a disparar sobre edificios desenfocados o sobre formas arquitectónicas que, como él mismo reconoce en un audiovisual, parecen extraídas de una pintura de Giorgio de Chirico.

Hay en la exposición una obra que llama la atención, la que lleva por título «El lamento de un perro». En ella, la cabeza de un perro blanco cortada horizontalmente por el borde inferior de la fotografía destaca sobre un fondo desvaído. No parece descabellado pensar que la imagen está inspirada en ese «Perro semihundido» que pintó Goya en su Quinta del Sordo, dentro del conjunto de obras conocido como Pinturas negras que muchos han interpretado como precedente de algunos estilos de la modernidad. Como si de una obra en espejo se tratara, la imagen de García-Alix sitúa a su can mirando en el sentido opuesto al de Goya. Los ojos de ambos canes, sin embargo, están perdidos mirando hacia arriba.

La pintura de Goya ha sido una y mil veces interpretada, por lo que sería inútil tratar de aportar originalidad alguna a ese respecto. Sin embargo, la relación que parece existir entre la obra fotográfica y la pictórica nos sitúa frente a uno de los más poderosos y oscuros mitos de la modernidad: la constante necesidad que todo artista tiene de ser genial, original.

Un mito que definimos como oscuro por verse tantas veces desmentido, pues entendemos que todo artista necesita, para construir o confeccionar sus obras –nunca crearlas- debe recorrer dos procesos de vieja tradición: el de la anamnesis y el de la prolepsis. O, dicho de otro modo: todo artista, en este caso plástico, deberá buscar en sus recuerdos, en su formación, los materiales con los que podrá proyectarse hacia la realización de su obra. Un proceso que ya no se limitará a la mímesis de la Naturaleza. Tal imitación o reinterpretación podrá tener por modelo otras producciones humanas convertidas a veces en modelos únicos o, en los cánones, tan denigrados por la modernidad. En su inmensa mayoría, modelos idiográficos y modelos nomotéticos serán las dos grandes familias formales a las que el artista acudirá, sépalo o no.

Junto a los referentes formales, el artista deberá manejar con destreza la tecnología, y es en ese plano en el que aparecerá también el recuerdo en la obra de Alberto García-Alix. El de sus primeros años, de un hogar en el que se recortaban dos importantes figuras: la de su madre, Mercedes Pérez de Angüello, licenciada en Historia, y, sobre todo, la de su padre, Carlos García-Alix Sánchez (1923-1990), oftalmólogo familiarizado con lentes y máquinas que pudo completar su formación en Nueva York gracias a una beca que en 1949 le permitió estudiar junto al doctor Castroviejo, como puede comprobarse consultando el libro Estudiantes españoles en los Estados Unidos. Diez años de intercambio, editado por la Asociación Cultural Hispano-Americana en el ajetreado año de 1956. Un libro que venía a completar la obra Índice de intelectuales españoles en Estados Unidos, 1946-1952, del padre jesuita José A. de Sobrino, facilitador de tales becas tras su paso por instituciones como Universidad Católica de América, la Universidad de Georgetown y la Embajada de España en Wahsington

Lo ocurrido en esa década sería el preludio de otras colaboraciones en las que jugaron un importante papel determinadas fundaciones norteamericanas que sirvieron para incorporar en el mundo cultural español una serie de estilos y corrientes contradistintos a los que procedían de Moscú. La figuración soviética debía ser neutralizada por la abstracción, la filosofía analítica tenía que ganar espacio frente al marxismo. Paralelamente a los ambientes académicos y artísticos, la presencia de los norteamericanos que poblaron las bases militares sirvieron para que muchos españoles comenzaran a acercarse a un tipo de cine y de músicas populares entre las que se contaban el swing y el rock and roll tan apreciados por nuestro fotógrafo.

 

En este contexto es donde entendemos que se formó un artista como Alberto García-Alix, capaz de capturar con su máquina el goyesco destello encerrado en la pupila de un perro. 

TEMAS |
.
Fondo newsletter