El fracaso de Occidente: dos décadas perdidas en Afganistán

CONCEPTOS COMO LA DEMOCRACIA SON INCOMPATIBLES CON SU CULTURA

Es difícil interactuar con un joven afgano de la etnia pashtún llegado a Europa en estos años. Ese grupo es difícil en particular, minoritario frente a los persas que se distribuyen el país cuyas fronteras no responden más que a los designios de las potencias europeas en determinado momento.

Hablamos de personas que fundamentalmente vivieron en un entorno rural, con la tranquilidad que eso puede significar. Más allá de las carencias, estas terminan respondiendo fundamentalmente a lo que la gente siente que necesita. Quizás, pocos en Kandahar o Tora Bora sientan que necesitan internet de alta velocidad. Probablemente, piensen más en la próxima cosecha que en la próxima generación.

Pero todo eso vino en las espaldas de los refugiados afganos jóvenes y carentes de futuro, huyendo de una guerra que no es nueva pues en esas tierras el concepto de paz no parece ser conocido. Pero llegar a Europa, permite que un joven afgano pueda pensar, comer, respirar y esperar algo de eso que llaman ‘futuro’.

Pero esos jóvenes que llegaron a Europa superando a duras penas su primera década de vida, son hoy unos adultos de más de treinta años. Desde la llegada del talibán al poder en esas tierras, condenadas a regresar al medioevo en costumbres y modus vivendi, las cosas ya pintaban mal. Y fueron a peor cuando la represalia por los atentados contra los Estados Unidos en 2001 iniciaron la última guerra desatada en ese país de forma explosiva y casi sin muchas esperanzas de mejorar la situación de sus habitantes.

Historia de un error

Reseña la prensa abocada al tema, que los talibanes han vuelto por sus fueros, tomando el control de al menos dos tercios del país. El endeble gobierno impuesto por la comunidad internacional fue abandonado por las mismas potencias que lo instauraron. Esa verdad nadie quiere decirla en voz alta, pero es más fuerte que un puño.

Desde el mismo momento en que se desataron las hostilidades por parte de la coalición internacional encabezada por EEUU, se partió de los mismos errores de antaño. El tema cultural soslayado, es el primero de ellos.

Afganistán ha sido campo de batalla y rehén consuetudinario de distintos imperios y caudillos a lo lago de una milenaria historia. Pero sus fronteras son artificiales. Como la mayoría de los países construidos en función de los intereses de los imperios de turno, una multitud de etnias, tribus y razas se convirtieron en ciudadanos del mismo país, conllevando esto a los conflictos sociales que llevaron a largas y cruentas guerras civiles por siglos. No hablamos de la actual situación entonces como una excepción, sino como una regla de su historia.

En vez de entender que en efecto había una anomalía desde el inicio, al permitir que una nación ficticia siguiera existiendo bajo ese Estado, todo lo demás saldría mal. Por eso, cuando George W. Bush lanza la invasión a ese país para capturar a Osama Bin Laden, quizás terminó siendo equivocado incluir en la solución la salida de los talibanes del poder. Porque si nos ponemos a revisar las cosas, a pesar de lo arcaico que pueda parecernos en nuestra mentalidad occidental, ya buena parte de los afganos vivían en el medioevo y no tenían mayor aspiración de vidas distintas. En buena parte de ese país, viven en el medioevo desde siempre y no desean vivir de otra manera. Los que se resisten ya son otro tema, que deriva del primero: no es lo mismo un afgano pashtún que un afgano persa. La solución es obvia: no puede haber un solo estado que los contenga a los dos. Pero ¿quién quiere otro estado persa en una región ya de por si trastornada por la teocracia shiíta iraní?

Luego, está la manía de importar el modelo occidental de gobierno en una cultura que simplemente no puede ni quiere despojarse de sus costumbres de gobierno. Entender eso es quizás lo más difícil para los burócratas del Departamento de Estado. Más aún para los del Departamento de Defensa, un poco menos comprensivos de estos avatares de la cultura. Pero es un hecho: no hubo en todos estos años un solo gobierno firme, honesto y democrático en ese territorio después de la invasión de los EEUU y sus aliados. Las ayudas internacionales se deslizaron graciosamente a los bolsillos de los responsables del gobierno. Y la situación de la población, lejos de mejorar, empeora si se revisa que el flujo de refugiados no se detuvo, a pesar de que la población del país tuvo un boom demográfico importante como nunca antes desde los años ’80 del siglo pasado.

Como si todo esto fuese poco, se viene el mundo encima con las particularidades de la mentalidad de la clase política de los EEUU cuando de geopolítica se trata. Uno trata de entenderlos, pero es cada vez más difícil. Hacer mal las cosas y que las cosas estén evidentemente mal por las acciones desarrolladas, para al final abandonarlo todo y que la gente se vaya al infierno. A los años, la situación empeora, vuelve a afectar al mundo y, oh sorpresa, se vuelve a mover el viento de la política exterior de las potencias y se tiene que regresar, con más fuerzas y más gasto, a la intervención militar.

¿Fue sensato el retiro de tropas de Afganistán propuesto y ejecutado por la administración Trump? ¿Fueron sensatas las medidas de contención desarrolladas en los nefastos ocho años de administración Obama en ese país? ¿Fue efectiva la política de implantar el modelo occidental de gobierno en un país que no tiene idea de lo que significan conceptos como democracia, estado-nación o autodeterminación de los pueblos? Ni hablar del concepto de libertad, en unas normas religiosas donde la mujer debe andar envuelta en tela, a temperaturas que superan los veranos en el valle del Guadalquivir.

Y aquí estamos, dos décadas después

Crecieron los niños afganos que llegaron a Europa huyendo de la guerra, envejecieron sus padres y murieron sus abuelos. Murieron también miles de civiles en su tierra, y perdieron la vida en combate miles de soldados estadounidenses y europeos en la larga refriega.

¿Todo para qué? Es menester preguntárselo ante la desgracia que vemos desarrollarse en tiempo real en estos momentos. Regresa el talibán a controlar ese desdichado país y todo vuelve a estar como lo estaba hace veinte años. Con gente huyendo y extranjeros evacuando. Con personas muriendo y otros seguros de perder la vida. Con refugiados que ven cada día más lejos la posibilidad de regresar, si es que acaso les pasaba por su cabeza. Y con gobiernos europeos intentando ensayar una solución tanto para los refugiados que ya llegaron como para los que posiblemente desatarán otra oleada en el corto plazo.

La opinión pública europea sigue como si nada. Es extraño. Como si no hubiese pasado nada estos veinte años. Como si fuesen ficción los miles de soldados muertos o heridos y lisiados en el transcurso. Como si de nada hubiese valido el inmenso esfuerzo de una guerra que partió mal y terminó peor, si es que acaso terminó.

Y en la conclusión principal, deberá decirse que el talibán terminó triunfando sobre aquel Occidente contra el cual se levantó el terrorismo de Osama Bin Laden. Y lo hizo porque Occidente decidió dejar de luchar.

Al parecer esa es el signo de estos tiempos: Occidente dejando de luchar.

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