«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
RECHAZA EL DERECHO A LA PROPIEDAD Y LA SEPARACIÓN DE PODERES

La Convención Constitucional chilena cierra la puerta a libertades fundamentales y muestra su ánimo revolucionario

Convención Constitucional de Chile. Twitter

Esta semana, seis meses después del inicio de la Convención Constitucional en Chile, se iniciaron las discusiones de fondo y las votaciones en diferentes comisiones temáticas, votos que definen los temas que se votarán posteriormente en el Pleno para su consagración definitiva en la nueva Constitución –con la oportunidad de aprobarlas o no en el plebiscito de salida–.

Este primer escenario de discusión es bastante preocupante, pues con los votos de miembros de diferentes partidos de izquierda (conglomerados como el del Presidente electo, Gabriel Boric), otros partidos de extrema izquierda y representantes del Partido Socialista -en algunas temáticas- se han rechazado libertades tan esenciales como la iniciativa económica, la libre competencia y el derecho a la propiedad. Además, se han cuestionado otras como la libertad de expresión, estableciendo dudosos límites políticamente interesados como el «negacionismo» y la incitación al odio. 

Pero no han sido solo han cerrado la puerta a las libertades fundamentales, también uno de los pilares de cualquier sistema republicano, la separación de poderes, es objeto de la creatividad revolucionaria estableciendo criterios dudosos respecto de la independencia de los jueces y la conformación del Poder Judicial en general. 

Del mismo modo, al sistema político le asecha un escenario oscuro. Siguiendo los peores ejemplos de nuestros vecinos, como Perú o Venezuela, se ha rechazado la propuesta de un Congreso bicameral, estableciendo uno unicameral. Tanto los cambios del presidencialismo como los del poder legislativo son discusiones de hace mucho tiempo que se han sostenido en la visión de que Chile debe cambiar su sistema político.

Sin embargo, lo cierto es que cuando las instituciones buscan perfeccionarse se modifica y se arregla lo que se deba, y se mantiene aquello que ha funcionado y es útil. No es nuestro caso. El ánimo revolucionario inevitablemente está arrasando con todo a su paso, acabando con la tradición constitucional. Las instituciones tienen historia, no son sólo elucubraciones teóricas y hoy la Convención Constitucional no solo obvia ese patrimonio político, cultural y jurídico, sino que lo devasta.  

Por otra parte, tal y como se ha votado la composición del nuevo Congreso, se puede dar paso a que la izquierda pueda elegir uno a su medida, es decir, a la medida de Gabriel Boric. Hoy esta disputa se ve claramente en la existencia del Senado, que es la única institución que garantiza el equilibrio de las fuerzas política en el país. Eliminar éste como institución, implicaría eliminar el que se acaba de escoger, es decir, el Senado opositor a Boric, con que queda claro que la voluntad de la Convención es obtener el poder total y no una sana distribución de poderes en el sistema. Para evitar esto y permitir la existencia de un Senado como factor de moderación se presentó una propuesta constitucional que llamaba a respetar el período de las autoridades electas por votación popular, sin embargo, la idea se rechazó. Es decir: nueva Constitución, con nuevas elecciones.

Esta idea de nuevas elecciones ya había sido pronunciada por el primer vicepresidente de la mesa directiva de la Convención Constitucional, Jaime Bassa. «Si la Constitución establece que un año después el Gobierno va a llamar a elecciones, éste lo tendrá que hacer», señaló en septiembre 2021 en un programa de televisión:. Hoy esta idea ve sus primeros frutos y se materializa con las votaciones de las comisiones temáticas que buscan la eliminación del Senado, no respetar el proceso eleccionario anterior y convocar nuevas elecciones.

Aunque ninguno de los asuntos aprobados hasta ahora es definitivo, ya es claro el rumbo que quieren tomar y lo más probable es que nada de lo aprobado hasta ahora cambie sustancialmente ya que tienen un amplio apoyo dentro de los 155 convencionales constituyentes, de los cuales la derecha no llega al tercio de ellos y no puede negociar.

La derecha no tiene ni fuerza en la Convención ni la suficiente fuerza en el Parlamento -salvo en el Senado- para equilibrar fuerzas. ¿Qué queda entonces si no existe la correlación de fuerzas políticas suficientes para contener la revolución? La esperanza está en dos dimensiones. Primero, en el plebiscito de salida en el que los chilenos podrán juzgar si la nueva Constitución garantiza verdaderamente los derechos de las personas frente al poder. Segundo, en lo que concierne a una nueva forma de hacer las cosas, queda un largo camino. Un trabajo de largo plazo en las bases territoriales, haciendo pedagogía política y articulando ideas con urgencias sociales del ciudadano de a pie.

La formación y penetración de organizaciones sociales, así como la generación de una estrategia cultural y social, permitirán el florecimiento de nuevos liderazgos frente a una izquierda que controlará el marco de sentido de la política con la nueva Constitución y tendrá la administración del poder. Recuperar los cuerpos intermedios de la sociedad y penetrar en las universidades donde la izquierda ha cultivado el odio y el resentimiento con autoridad académica son las principales tareas que nos convocan para salvar una República que, hasta hace poco, era vista como un ejemplo a seguir para los países de la Región. Es un trabajo que tomará tiempo, pero en el que se debe guardar esperanza con la convicción de que en política no hay derrotas permanentes ni victorias definitivas.

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