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CASI UNA METÁFORA DE LO QUE VIVIMOS

La ‘nueva normalidad’: Nevada prepara una ley para que las tecnológicas puedan crear sus propios gobiernos

Ahora que publicación tan prestigiosa internacionalmente como la revista TIME ha hecho ‘mainstream’ y respetable la teoría de la conspiración, permítanme poner mi granito de arena. El gran debate de posguerra hasta ayer por la tarde ha sido a quién quieres más, a la iniciativa privada o al Estado, y por eso anda todo el debate tan confuso y desarbolado, porque hemos despertado a la revelación de que ambas, a partir de determinada cuenta de resultados, van a pachas y vienen a ser la misma vaina.

Cualquiera que haya visto la Superbowl, especialmente sus carísimos anuncios en el intermedio, se habrá fijado que las marcas ya no alardean de lo útiles, estilosos o baratos que son sus productos o servicios, sino que se dedican a sermonear a sus potenciales clientes con toda el canon políticamente correcto de la izquierda moderna. Es como si quisieran irritar a sus clientes o, al menos, como si no les importase en absoluto retenerlos.

El caso de los medios y, no digamos, de las redes sociales es aún más inexplicable desde las supuestamente inflexibles leyes del mercado. Durante décadas, la izquierda tradicional nos advertía que las empresas harán cualquier cosa por dinero, y la derecha liberal replicaba que esa codicia privada garantizaba que las compañías nos ofrecerían los mejores productos al mejor precio. Pero ahora vemos a marcas como Twitter y Facebook más que dispuestas a perder usuarios y desplomarse en bolsa con tal de controlar el discurso ideológico, y en los medios nadie quiere tocar con un palo a una estrella como Tucker Carlson, de la Fox, que rompe récords de cuota de pantalla yendo a la contra del poder.

El gran atractivo de un candidato tan inverosímil como Biden era ese “regreso a la normalidad” tan deseado, a las cosas normales y a la política de toda la vida, sin un presidente broncas en pugna continua con las instituciones y que hacía poner los ojos en blancos y agarrarse las perlas a periodistas y faranduleros de campanillas. ¿Y quién mejor que Biden, un simpático abuelito, una cara familiar en política, un tipo que recuerda la Norteamérica de ayer, con sus tranquilizadoras certezas.

Solo que no, no hay vuelta a la normalidad, olvídense. Ya leyeron a TIME: ahora son los poderes fácticos los que mandan en directo, aunque siempre por nuestro bien, pero ya sin muchos disimulos. Así lo reconocen en Nevada, que está preparando una ley que permitirá a las empresas tecnológicas crear sus propios gobiernos. Como lo están oyendo.

Se trata de las llamadas Zonas de Innovación, un proyecto anunciado por el gobernador Steve Sisolak el mes pasado para atraer a las tecnológicas.

Ahora, no hay gobernante que no sueñe con lluvias de inversiones que den a su territorio puestos de trabajo y fondos para sus arcas, pero hasta ahora no se había llegado más allá de proponer ciertos beneficios fiscales y prebendas de ese palo como cebo en esta pesca. Nevada quiere ir mucho, pero mucho más lejos, en un esquema que es casi una metáfora de lo que vivimos.

Porque la ley que prepara Nevada dará a las empresas beneficiadas poder político en su territorio. Total: un gobierno con la misma autoridad que los condados, con capacidad para recaudar impuestos, crear distritos escolares y tribunales de justicia y proporcionar servicios sociales, cuenta el Las Vegas Review-Journal. Parafraseando a Lincoln, un gobierno de la empresa, por la empresa y para la empresa.

Para construir tu propia zona de control político se exigen ciertos requisitos. Hay que poseer un área de, al menos, 202 kilómetros cuadrados de tierra deshabitada dentro de un solo condado pero separada de cualquier ciudad, un patrimonio mínimo de 250 millones y planes para invertir otros mil millones de dólares en sus zonas a lo largo de diez años.

El borrador del proyecto afirma explícitamente que el modelo tradicional de gobierno es “inadecuado” para convertir a Nevada en un estado que atraiga y retenga negocios y promueva el desarrollo económico en tecnologías emergentes. Es lo que se decía en los cincuenta, “lo que es bueno para General Motors es bueno para América”, llevado a sus últimas consecuencias.

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