«Ser es defenderse»
RAMIRO DE MAEZTU
EL CAMINO AUTOCRÁTICO DEL PRESIDENTE SALVADOREÑO

Nayib Bukele y el regreso al comunismo que proponía el FMLN

Nayib Bukele, presidente de El Salvador, saludando a un militar en un acto oficial.

La nociva tendencia a tomar el poder para más nunca dejarlo es un componente clásico de la izquierda latinoamericana de ayer y hoy. No se trata solamente de Venezuela y el chavismo. La Cuba castrista donde el fenómeno es más manifiesto que en ninguna otra parte del continente. Sin embargo, el Foro de Sao Paulo ha extendido sus garras de norte a sur: allí están la Cuba del Kirchnerismo revivido, el Brasil del Lulismo acechante o la Bolivia de la vuelta al mando de los segundones de Evo Morales.

Aunque ideológicamente sigue siendo un enigma, hay que recordar que Nayib Bukele tuvo su pasantía por el izquierdista FMLN. De hecho, fue con el auspicio del propio Frente Farabundo Martí que el controversial Presidente conquistó la importante Alcaldía de San Salvador en el 2015.

El FMLN es, al día de hoy, parte del listado de partidos afiliados al Foro de Sao Paulo y sus ejecutorias en la región. En 2017 Bukele terminó rompiendo con esta formación, para abrirse su propio camino en la política del país centroamericano. Ahora bien ¿qué tanto queda hoy de aquel líder de izquierdas?

Estamos, en todo caso, ante un juego en desarrollo que deja unas apuestas abiertas: ¿dará paso el inescrutable Bukele a un gobierno típico de las izquierdas del Socialismo del Siglo XXI en Latinoamérica? Su embestida para acumular poder ha comenzado por la puerta grande. Sus ganas de quitar de en medio a la prensa que le critica también son manifiestas. El deseo de arrinconar a la oposición hasta reducirla al mínimo es más que evidente.

Habrá que seguir de cerca el manejo que tendrá el Presidente, por ejemplo, de los asuntos económicos de un país con una crisis fiscal importantísima. Crisis que ya ha llevado a Bukele a tejer alianzas con la China comunista, mientras le hace el feo al aliado histórico de El Salvador en la región: Estados Unidos.

«Ni un paso atrás»

Nayib Bukele ha tomado la determinación de no retroceder ni un milímetro. Luego de la visita del enviado especial de Joe Biden para Centroamérica, Ricardo Zúñiga, el Presidente salvadoreño ha dejado muy en claro que, digan lo que digan, los cambios que ha motorizado a través de su amplio dominio en la Asamblea Legislativa son “irreversibles”. En los últimos días fueron destituidos los Magistrados de la Sala Constitucional de la Corte Suprema y el Fiscal General de la República.

“Para las voces que aún piden que volvamos al pasado. Con mucho respeto y cariño: Los cambios que estamos realizando son IRREVERSIBLES. No vamos a volver al pasado, iremos hacia el futuro. Quisiéramos que nos acompañaran, pero si no lo desean, los comprendemos. Bendiciones”, ha escrito Bukele en su cuenta oficial de Twitter el 12 de mayo, en medio de un contexto en el que es habitual ver al Presidente millenial ventilando sus polémicas decisiones en las redes sociales. Para que lo amen, o lo odien, sin medias tintas.

Después de las últimas elecciones legislativas, la mayoría Bukelista en el parlamento es de 61 escaños de un total de 84 que componen la cámara. Mayoría que el líder salvadoreño está utilizando para “limpiar la casa”, como él mismo ha afirmado.

El Salvador es un país que orbitó entre el bipartidismo protagonizado por un frente de la izquierda exguerrillera (el FMLN) y un partido de centro derecha (ARENA) desde la culminación de la guerra civil en 1992 hasta la llegada del fenómeno Bukele al poder, en 2019. El desgaste propio de este tipo de sistemas políticos –aunado a la corrupción y la debilidad institucional que tradicionalmente exhiben los gobiernos centroamericanos– sirvió de plataforma perfecta para la emergencia de un tercer actor en el juego.

El hartazgo generalizado de la población al ser gobernados por los de siempre es probablemente el factor que más ha aprovechado Bukele para emprender su razzia en la administración pública. Dentro de su concepción de poder parece asomarse la noción de que no es posible concordar nada con representantes del antiguo establishment, y que lo procedente es operar con criterio de caída y mesa limpia. Su visión no parece estar desconectada de lo que buena parte de los salvadoreños piensan: el diario local La Prensa Gráfica ha indicado que la popularidad de Bukele tras su primer año de mandato era de un 92%.

Las alarmas de la comunidad internacional no han dejado de estar encendidas desde que el novel Presidente comenzó a dejar en evidencia su visión y su estilo de gobernar. Se teme, en todo caso, que el suyo se convierta en un régimen que –apalancado en gigantescos niveles de validación popular– avance sin miramiento alguno en la creación de una institucionalidad a medida del Jefe de Estado.

Los escenarios futuros orbitarían entre el establecimiento de una suerte de semi-democracia plebiscitaria (en la que la popularidad del líder es aprovechada para, elecciones mediante, avanzar indiscriminadamente en todos los objetivos del gobernante) o bien en un proceso autocrático puro y duro que decante en una dictadura (donde el Presidente aproveche su aprobación para, en determinado momento, clausurar los mecanismos de consulta popular y sentar las bases de un gobierno sin límites establecidos y que no tolere oposición alguna).  

La situación salvadoreña remite a un escenario típico de sistemas políticos que han llegado a un punto de desgaste tal, que los electores son encaminados a dar un salto en el vacío, eligiendo a un vengador.

Aunque Bukele militó hasta hace algunos años en el izquierdista FMLN, su llegada al poder es más bien el arribo a la Presidencia de un outsider: un individuo que es percibido entre las masas como algo ajeno a todo lo que antes existió y, más importante aún, un líder político que puede lavar los pecados que opacaron al sistema y castigar con mano dura a quienes los cometieron. 

En Latinoamérica quizá la mayor expresión de esta secuencia remite al caso del chavismo en Venezuela: Hugo Chávez fue el redentor elegido en 1998 por las masas populares para romper con lo establecido durante 40 años en ese país y castigar al bipartidismo protagonizado por Acción Democrática (AD) y el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI).

A renglón seguido y de manera progresiva Chávez se dedicó a desmontar toda la institucionalidad democrática existente, así como las limitaciones legales para ejercer el poder. El resultado salta a la vista: hoy Venezuela es todo menos una democracia y su retroceso en todos los órdenes de la vida en sociedad son más que claros para cualquiera.

En el caso de Bukele quizá la mayor amenaza que se asoma en el horizonte es la relativa a su continuidad en el poder una vez que termine este período presidencial. En noviembre pasado la Corte Suprema de Justicia ratificó la disposición que prevé que un Presidente saliente solo puede optar a la reelección una vez que hayan pasado 10 años del fin de su mandato. El argumento para ello es lógico: El Salvador pasó por varios gobiernos dictatoriales a lo largo del siglo XX y la experiencia enseña que es mejor poner límites temporales al ejercicio del poder de los hombres.

¿Usará su enorme popularidad el Presidente millenial para buscar reformar el sistema y encuadrarlo de acuerdo a su conveniencia? Es obvio que estamos ante un líder político muy joven y con muchas ganas de mandar. Ahora que Bukele cuenta con la mayoría indiscutida del Parlamento a su favor y con el máximo órgano del Poder Judicial recompuesto con Magistrados afines a él, se abre un gran campo de juego para allanar el camino hacia la posibilidad de instaurar la reelección presidencial inmediata. Allí está el peligro.

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