¿Qué se juega Chile en este plebiscito?

Un referendo que desborda los límites de la racionalidad

Desde todo Hispanoamérica se ve el proceso chileno como algo que desborda los límites de la racionalidad. Si bien, el país en perspectiva se ha desarrollado por donde se le mire y ha mejorado las condiciones de vida de sus habitantes en forma sustancial, el caso chileno es el mejor ejemplo que el clima cultural, gestado por generaciones adoctrinadas por las izquierdas, puede mover en forma radical los procesos políticos. Es decir, la economía no basta para sustentar un caso de éxito de una nación.

Así fue como, entre los años 2014 y 2018, durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet, Chile fue anclando su deterioro. Por un lado, el inicio de un proceso para reformar la Constitución, y por otra parte una reforma tributaria que aumentó los impuestos agresivamente y que fue acompañada de acuerdos con la tradicional centroderecha para cederlo prácticamente todo. Sin embargo, ante la falta de expectativas y el estancamiento de los salarios reales llevó a que los chilenos optasen en el año 2017 por la alternancia en el poder, eligiendo es esta oportunidad un gobierno de centroderecha, con el objeto de revertir el fracaso anterior. No obstante, no se lograron mayorías ni los consensos en el congreso, ni la voluntad, para siquiera revertir las malas reformas de la administración anterior.

Otro factor relevante es que, hace décadas, la agenda político-cultural y hegemónica es impuesta por las izquierdas a través del sistema político formal, medios de comunicación y también a través de grupos asistémicos. Siendo ellos los que llevaron, directa e indirectamente, a que un 18 de octubre del año 2019 la violencia y la destrucción se tome las calles. Los grupos insurreccionales y minorías identitarias saquearon comercios, quemaron iglesias y los desórdenes públicos, amparados o bajo silencio cómplice por políticos de izquierdas, fueron y siguen siendo el pan de cada día. Un proceso que podría enmarcarse en el marco conceptual de una revolución molecular (Guattari, 1977) ha traído como consecuencia decenas de miles de despidos y quiebras de pequeñas y medianas empresas, sumado a un gasto público desbordante que, prácticamente se ha duplicado sumando la crisis del virus de Wuhan. 

[…]tras un año del 18 de octubre de 2019 se han efectuado las peores demostraciones de la conducción política. Se instaló en los sectores progresistas la efectiva viabilidad de hacer política basada en la violencia

Ante la neblina de la violencia y la anomia política, se llegó al mal llamado “acuerdo por la paz social y una nueva constitución”, firmado durante la madrugada del 15 de noviembre de 2019 por gran parte de los partidos políticos. Un acuerdo fraudulento que no trajo ni paz ni unidad para Chile y estableció realizar un plebiscito para determinar si el país quiere o no una nueva Constitución desde cero (hoja en blanco).

Entre todo este clima de crispación, si se revisa la dimensión que corresponde a los medios de comunicación tradicionales, estos han hecho omisiones significativas y sistemáticas a algunas de las variantes del conflicto de escalada de violencia en Chile y que —quieran o no— están suscitando la destrucción de sus bases institucionales. En efecto, es posible distinguir cuatro categorías de análisis de actores relevantes: (1) izquierda institucional parlamentaria (principalmente fuerzas del Partido Comunista de Chile y Frente Amplio); (2) izquierda extraparlamentaria y/o no institucional; (3) anarquismo insurreccional; y (4) injerencia externa (Foro de Sao Paulo y Grupo de Puebla), todos afines al proceso insurreccional en curso. Del mismo modo, silenciada por la prensa, fue la mismísima Organización de Estados Americanos (OEA) la que afirmó, a través de su secretario general, Luis Almagro, que el patrón seguido por Chile era similar al de Colombia y Ecuador, es decir que, “las brisas del régimen bolivariano impulsadas por el madurismo y el régimen cubano traen violencia, saqueos, destrucción y un propósito político de atacar directamente el sistema democrático y tratar de forzar interrupciones en los mandatos constitucionales”.

Chile se encuentra en medio de una guerra cultural y división profunda perpetrada por los políticos, donde los sectores de la reacción […] han despertado

Además, tras un año del 18 de octubre de 2019 se han efectuado las peores demostraciones de la conducción política. Se instaló en los sectores progresistas la efectiva viabilidad de hacer política basada en la violencia, para instalar su agenda-setting (McCombs & Shaw, 1972) en los medios. Y, por otro lado, queda en evidencia la colusión discursiva entre lo que se suele definir como las demandas surgidas desde las manifestaciones callejeras y las izquierdas -de todo espectro- situadas en el congreso chileno. Prueba de lo anterior, es posible remontarse a la mutación, superación, y sobre saturación de los rayados violentistas en arterias principales de las ciudades de Chile del día sábado 19-O de 2019, donde la consigna ya no era “evadir”, sino que había escalado a “nueva constitución” y “asamblea constituyente”, seguido de los discursos emitidos un día después por la gran mayoría de los diputados de izquierdas en la sesión especial del Congreso que, a coro señalaron “Necesitamos un nuevo pacto social”. Así se sumaron periodistas y prensa progresista para unificar el discurso con definiciones como: “movimiento social”, “paz social”, “vandalismo”, “hechos aislados”, “protesta pacífica”, “ciudadano”, “sensación de mayoría”, etc.

En lo que respecta a las derechas y élites tradicionales se visualiza una profunda falta de entendimiento de los fenómenos o procesos políticos, ya que desde en un inicio sucumbieron ante las categorías insertadas mediante copamiento y saturación por parte de las izquierdas, desde los colectivos que generan (des)(in)formación y transgresión, e intelectuales que promueven la guerra social (Ruiz, 2014), hasta los que buscan generar reformas o transformaciones estructurales mediante la presión de masas contra el sistema democrático y representativo.

Independientemente de su resultado, sea “apruebo” o “rechazo”, se esboza un panorama muy complejo en tanto a desactivar los cuadros de violencia, porque las fuerzas de orden y seguridad no tienen margen de acción

Chile se encuentra en medio de una guerra cultural y división profunda perpetrada por los políticos, donde los sectores de la reacción contra el progresismo, hastiados por la falta de orden público y respeto por el Estado de Derecho, han despertado vinculándose directamente al rechazo a la nueva constitución. Sus diversos métodos varían desde el copamiento de redes sociales, hasta manifestaciones callejeras, el uso de la sátira y la memética se han hecho una constante, y lo más curioso es que todos estos grupos no están vinculados ni tienen raíces directamente con las derechas tradicionales, como se aborda en el libro Nueva derecha: una alternativa en curso editado en Chile por Fundación Ciudadano Austral y Centro de Estudios Libertarios. Sin embargo, esto es parte solo del comienzo de problemas más profundos que podrían ocurrir en Chile en caso de no cesar la violencia y la división. Los intelectuales y los políticos de izquierda han desconocido la labor de preservar el sistema político y económico que gobernaron por más de veinte años, desde la década de los noventa, y aborrecen públicamente el principio de subsidiariedad o la protección de la propiedad privada, razón por la que este plebiscito se sitúa como la oportunidad única para ir por todo.

El plebiscito de este domingo 25 de octubre, si bien es parte de un eventual inicio o freno de un proceso constituyente, se votará muy probablemente con un quorum menor al del gran acuerdo nacional del año 1989 que permitió transitar a la democracia. Independientemente de su resultado, sea “apruebo” o “rechazo”, se esboza un panorama muy complejo en tanto a desactivar los cuadros de violencia, porque las fuerzas de orden y seguridad no tienen margen de acción y su aprobación ciudadana —36 %— se encuentra en sus niveles históricos más bajos (Cadem, 2020).

Las encuestas tradicionales dan por ganadora en forma rotunda la opción del “apruebo”, sin embargo, un eventual resultado favorable para el “rechazo”, sería una gran lección para los políticos y las élites, sobre todo para aquellos que sin principios cedieron todo a la agenda sistemática de aniquilación institucional de la democracia representativa chilena. De los cuadros del “rechazo” podría comenzar a elaborarse la esperanza, desde los estratos más populares a aquellos más descontentos con la gestión centroderechista. En este nuevo tablero de go —analogía política de la horizontalidad y su molecularidad— el más hábil tiene la oportunidad de canalizar gran parte de este movimiento inorgánico.

Chile está en un punto de inflexión de su historia, se está jugando la restauración del Estado de Derecho, la restauración de las libertades establecidas en la Constitución (reunión, culto, comercio, educacional), la protección de la propiedad privada y así también si avanzará hacia el camino del desarrollo y la prosperidad o simplemente volverá a ser un país más que represente el fracaso latinoamericano del buen salvaje, el desenlace es lo incierto.

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Andrés Barrientos Cárdenas (Chiloé, 1986), es cofundador del think tank más austral del mundo, Fundación Ciudadano Austral y editor del libro Nueva derecha: Una alternativa en curso

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