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Crónicas del Atlántico Norte

Mucho más que Acción de Gracias

La Casa Blanca. Europa Press

Como cada año, Estados Unidos celebra su Día de Acción de Gracias coleccionando consejos de periodistas para evitar hablar de política en la cena familiar. En sólo unas semanas los españoles pasaremos por idéntico lance, con motivo de las celebraciones navideñas. Gage Klipper analiza el asunto en The Daily Caller y, por esta vez, no hace un llamamiento al silencio, la paz y la concordia. No estoy seguro de que sea buena idea, pero aun así, aporta algunas luces interesantes. 

«Los miembros izquierdistas de su familia sienten que tienen autoridad moral», escribe, «mientras, los conservadores han internalizado en gran medida su estatus social en este feliz nuevo mundo. Así como los izquierdistas aceptan ser los buenos, los conservadores con demasiada frecuencia aceptan su papel prescrito como villanos y prefieren permanecer en silencio en lugar de soportar insultos crueles contra su carácter». «No sorprende que los miembros liberales de su familia se sientan así», añade, «los centros de poder de Estados Unidos pasaron los últimos años no sólo afirmando sino fomentando activamente sus opiniones rencorosas». «Las empresas estadounidenses, las celebridades, los gigantes tecnológicos, todos impusieron nuevas normas de vida pública basadas en preceptos de izquierda», en lo que alude a la globalización del pensamiento único progre.

«Si sabe por experiencia pasada que el miembro liberal de su familia viene listo para luchar, lance un ataque preventivo», aconseja, «ponlos a la defensiva. Hazles sentir vergüenza». «Este consejo podría sorprender a muchos conservadores», admite, «va en contra de cada fibra de nuestro ser buscar pelea; No todo tiene que ser política. Pero es la izquierda la que hizo que todo fuera político. Si no respondemos de la misma manera, nos resignamos a desempeñar para siempre el papel de villanos. Quedará muy poco que conservar si a los jóvenes liberales engreídos se les permite mantener el poder que viene con la autoridad moral».

Otra postura es la de la editora de The American Spectator Melissa Mackenzie, que prefiere centrarse en el aspecto religioso de la gratitud: «Hacer una pausa y recordar de dónde vienen las cosas buenas y agradecer humildemente a Dios es tan antiguo como la fundación de Estados Unidos. Es una herencia orgullosa. Protege esta tradición con tu familia. Es uno de los mejores legados de ser estadounidense». En una línea similar se sitúa la columna de Carmel Richardson en The American Conservative: «La acción de gracias es santa, pero también es natural: fluye de quiénes somos, como seres creados y adoradores». «A menudo hablamos de redimir la cultura, ganar guerras culturales, etc., pero aquí hay una aplicación real del tipo de renovación cultural que tanto deseamos. La forma en que celebramos la festividad dice mucho no solo sobre lo que valoramos, sino también sobre si tomamos esos valores en serio». 

Veronique de Rugy atina todavía más en la misma revista con el sentimiento profundo de esta celebración, a menudo mal entendida fuera de Estados Unidos. «El Día de Acción de Gracias no se trata simplemente de la cosecha sino también de la conservación y preparación para el invierno venidero. Nuestros antepasados ​​entendieron esto». Contrapone la autora el modo tradicional en que las familias gestionan la celebración y se preparan para el invierno, con el dispendio económico constante del Gobierno en cualquier circunstancia: «Imagínense si aplicáramos la misma planificación cuidadosa a nuestro presupuesto nacional. Si el Congreso se comportara más como las familias estadounidenses, veríamos mejores formas de compensar los costos de emergencias como la pandemia de COVID. Y a medida que surgiera la inflación (gracias a su gasto excesivo), el Congreso ralentizaría su gasto en lugar de duplicarlo con más gasto en subsidios verdes, condonación de préstamos y favores sindicales».

Por su parte los editorialistas de National Review hacen un llamamiento a la gratitud, no sólo por el presente, sino por las generaciones que se dejaron la vida para construir paso a paso los Estados Unidos. «La misión de National Review de preservar la tradición estadounidense de libertad ordenada nos invita a participar en una de nuestras mayores tradiciones, marcando un día para dar gracias a Dios por las bendiciones que nos ha dado como individuos, familias y ciudadanos de esta gran nación», señalan, «nuestros antepasados ​​peregrinos trajeron su ingenio, su industria y su fe a un continente rico en recursos naturales y sólidas defensas. Sus labores ayudaron a legar a esta nación una doble herencia de prosperidad y piedad. Es apropiado que los recordemos en este día». 

Sin embargo, el ambiente de gratitud y fiesta no impide a los responsables de National Review meter el dedo en la llaga de aquello que está fallando en la sociedad estadounidense: «Debemos afrontar los problemas que tenemos hoy. Incluyen una epidemia de muertes por drogas que mata a más de 100.000 estadounidenses al año y acorta nuestra esperanza de vida, un sistema educativo fallido que está haciendo que los jóvenes estadounidenses desprecien su herencia, tasas de matrimonio y fe religiosa en pronunciado descenso, y una cultura que todavía cobra vidas de cientos de miles de niños no nacidos cada año». «No logramos transmitir la responsabilidad de una generación a la siguiente. Esto se refleja en la falta de riqueza que se acumula en las generaciones más jóvenes, que deberían arriesgar sus recursos en sus propias empresas: las grandes empresas del mañana», añaden. «Estos problemas requieren estadistas de coraje y carácter, y una sociedad civil fuerte para afrontarlos. También requieren un pueblo que sea consciente de las bendiciones que ha recibido. Y por eso, recomendamos a nuestros lectores y a nosotros mismos que contemplen el asombroso progreso material de nuestros tiempos», concluyen los editorialistas.

Supongo que hay algo santo y bello en el empeño que compartimos por conservar la tradición de nuestras celebraciones de puertas adentro, incluso cuando todos al otro lado del cristal parecen estar trabajando para ridiculizarlas, desarraigarlas, y descafeinarlas. 

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