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podemos agitó el árbol y el psoe ha recogido los frutos

El fin de Podemos (I): muere el partido, perviven las ideas

Pablo Iglesias e Irene Montero. Europa Press.

Es 2014 y la llegada de Podemos a la política es saludada desde la hipérbole (¡vuelven los años 30!) hasta la más absoluta negación de la realidad (el 15-M son cuatro perroflautas) por parte del poder político, económico y mediático. El sistema reacciona ante el intruso combinando los ataques más caricaturescos con la publicidad en prime time en las televisiones del duopolio.

Entonces aparece Roures, multimillonario y devoto marxista trotskista, que ejerce su labor de magnate televisivo sirviendo a sus ideas y mete a Pablo Iglesias hasta en la sopa. Sin embargo, sería un error catalogar a Podemos de fenómeno mediático. Detrás hay un proyecto político que un puñado de profesores y teóricos de la extrema izquierda (Iglesias, Monedero, Bescansa, Errejón…) lleva años ensayando en el campus de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense, laboratorio y sucursal del chavismo en España.

Entre los experimentos más sonados está el acoso a la sede del PP durante la jornada de reflexión del 13 de marzo de 2004. Un mensaje por SMS gestado en la facultad de Políticas circula por toda España: «¿Aznar de rositas? ¿Lo llaman jornada de reflexión y Urdaci trabajando? Hoy 13M, a las 18h. Sede PP, c/Génova 13. Sin partidos. Silencio por la verdad. ¡Pásalo!». Sin saberlo, esos agitadores desconocidos aún por el gran público están allanando el camino del PSOE hacia la Moncloa: ellos agitan el árbol y los socialistas recogen los frutos. No será la única vez.  

El programa con el que Podemos concurre a las europeas de 2014 es un compendio de las soluciones utópicas emanadas de los círculos del 15M. Destacan la renta básica universal o el impago de la deuda. El PP, ayuno de discurso político, contesta con números demostrando la inviabilidad de ambas. Y no es de extrañar, porque en el debate público sólo existen el centro y la extrema izquierda, así que a un proyecto claro y decidido como el de Pablo Iglesias el PP responde con una tabla de excel.

Sin embargo, el espíritu de ese programa responde a una verdad irrefutable en la calle que niegan los grandes defensores del sistema: el empobrecimiento de las clases medias. El estallido social del 15M demuestra que hay una España real pisoteada, con cada vez peores expectativas, ante la que las élites, representadas en el turnismo bipartidista, dan la espalda. La destrucción de las clases medias, como sucede tantas veces en la historia, da lugar a nuevos partidos e influye en la propia crisis de la monarquía: Juan Carlos I abdica un mes después de la irrupción de Podemos.

Por primera vez desde la guerra civil una generación de españoles vive peor que la de sus padres y eso que ahora hay menos hijos que mantener por familia. Nadie explica qué está pasando. A Podemos se le acusa -con razón- de ser la cabeza de puente del chavismo en Europa pero quienes realmente calcan los esquemas del drama venezolano (qué ganas tienen algunos de ser Capriles) son los negacionistas del deterioro social que sufren varias generaciones de españoles. Entre ellas la del baby boom, que no disfrutará de una pensión de jubilación por más que pague la seguridad social cada mes. Esa verdad tan elemental —pero tan dura— ni siquiera el PP es capaz de decírsela a los españoles a la cara.  

Esta distancia entre la calle y la política demuestra que el discurso de Pablo Iglesias contra la casta funciona, quizá la gran y única verdad reconocible que cabe atribuirle a Podemos. Una casta, eso sí, de la que muy pronto engrosa sus filas y 10 años después tiene a un Gobierno que gasta más que nunca: es el más caro de la historia con 22 ministerios y casi 400 asesores sólo para Sánchez y la cartera de la presidencia.

Por supuesto, Podemos también vive sus días de vino y rosas. En sus primeras elecciones generales el discurso de Iglesias seduce a más de cinco millones de españoles que le dan 69 escaños, una barbaridad, un resultado histórico que formaciones a la izquierda del PSOE como el PCE o IU jamás alcanzaron (Carrillo obtiene 23 en 1979 y Anguita 21 en 1996).

Podemos llega a las instituciones con una fuerza formidable y eso da lugar a una pregunta: ¿y ahora qué? Facta, non verba: Pablo Iglesias acaba echándose en manos de todos los mantras de la izquierda posmoderna (feminismo, ecologismo, ideología de género, inmigración masiva, cambio climático…) y sirve de palanca para que el PSOE de Sánchez llegue al poder en tres ocasiones: 2018, 2020 y 2023.

Echarse en brazos de esa izquierda posmoderna tiene consecuencias incluso en la nomenclatura: Podemos acaba llamándose Unidas Podemos y su portavoz, la novia del líder, llega a ministra enarbolando el auténtico feminismo con leyes que ponen en la calle a más de 1.000 violadores y pederastas. Podemos, en contra de lo pregonado por el periodismo asusta-viejas más socialdemócrata o conservador, no es la reedición del comunismo, sino la coartada del gran capital (hasta Ana Patricia Botín y otros gigantes del Ibex 35 comparten pancarta cada 8 de marzo) para avanzar en la agenda globalista: ley trans, eutanasia, sólo sí es sí, prohibiciones al vehículo… Por supuesto, como sucede desde mayo del 68, el obrero autóctono queda excluido de todo ello.

Una década después el partido que tambaleó el sistema emanado de la transición está acabado, mas no su proyecto político, cuyas ideas son asumidas y parasitadas por el PSOE y Sumar.

(En el siguiente artículo analizaremos la relación de Podemos con la violencia, la aportación de Errejón, la imposible vía Verstrynge y qué cosas positivas -aunque de manera involuntaria- aportó a la política española).

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