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LA GACETA DE LA SEMANA

De la perversión del lenguaje de Armengol al ridículo belén catalán

La presidenta del Congreso, Francina Armengol. Europa Press

Todos muertos. Se deja caer, porque el fruto fascista está ya maduro en el pensamiento común, es decir, en la blanda opinión general, la posibilidad de ilegalizar al oponente político. Abolir a la derecha, deformidad española que incordia al emperador Sánchez y sus mercenarios. Para conseguirlo no hará falta ningún decreto, tan sólo esta lluvia fina e incesante que mata poco a poco, que manda al foso los cadáveres de la disidencia mediante normas perfectamente constitucionales. El asunto, ahora ensayado en toda España, me recuerda a la muerte civil de los catalanes no nacionalistas, obra larga del pujolismo que se dispone a culminar el resucitado procés

Cacatúa. Yolanda Diaz ha confesado que existe una «herramienta» que le gusta mucho manejar: «diálogo, diálogo, diálogo». Elocuente loro de corvo pico y raquítico pensamiento, se expresa a menudo con metáforas de badulaque. Y resulta estomagante como aquel pajarraco que la Castafiore le regaló al capitán Haddock, poniendo a prueba sus nervios y salud mental. Ni una sola de las aseveraciones del cínico Diógenes ha debido observar nunca la ministra, y no tiene pinta de que vaya a sorprendernos algún día: «callando es como se aprende a oír; escuchando es como se aprende a hablar; después, hablando, se aprende a callar».

Ustedes van a hablar como yo diga. La independentista Francina Armengol (vistazo a la hemeroteca para descubrir su pensamiento, por llamarlo de alguna manera) ha solicitado a los diputados del Congreso que usen, «siempre que sea posible, términos no sexuados o sin variación de género, sean pronombres, adjetivos o sustantivos, eliminando los artículos o los determinantes sexuados». Perversión del lenguaje, patada al diccionario y esa afición reaccionaria por meter las narices en la vida y formas de los demás. Ambiciona la izquierda una tierra baldía como la cabeza de la señora que preside la Cámara Baja. Además, se trata de otro capítulo en la eliminación no de los sexos, maldita biología, sino de la mujer como sujeto social y cultural. 

Los premiados diputados. Hay cosas que, con la que está cayendo, deberían quizás evitarse. Me refiero a los premios que otorga la Asociación de Periodistas Parlamentarios, cuya última celebración podría haberse declarado desierta, a la vista de la fauna que ocupa el hemiciclo. Pero España, se sabe, es una nación que sabe divertirse, aquí siempre brilla el sol y la fiesta no para nunca. Decía de la última cita y sus premiados: hubo un doble ganador de la noche, Óscar Puente, «diputado revelación» y «diputado 2.0». Con dos bemoles. 

Cortejo sanchista. A lo Kim Jong-Un, nuestro estimado líder ibérico va por ahí con un pomposo cortejo. Para sus desplazamientos muy cortos (menores a setenta kilómetros) cambia el Falcon por una caravana de autos más larga que la de Gadafi y sus cien vírgenes guerreras. Será ostentosa obsesión o pasión de paleto, pero, por si fuera ya poca cosa, el Gobierno ha anunciado esta semana el urgente aumento de su parque móvil. Serán 833 chóferes, 691 vehículos y un desembolso de 10 millones más que el del provinciano Rajoy.

El nacionalismo apaciguado. Si el maestro del buen rollo con los malos fue Zapatero, el discípulo de Moncloa lo ha ya superado. Aplica aquella máxima de la educación woke: si se portan mal será por algo; o será por culpa nuestra, del capitalismo y del hombre blanco en último término. Así que los delincuentes se convierten en personas decentes, los secuestradores en progresistas y hasta a Hamas se le nota esa pizca de humanidad que los hebreos no tienen. El mundo al revés. En una nueva muestra de pacifismo nacionalista, una pandilla de zagales apalizó esta semana a cinco guardias civiles y un policía nacional de paisano en la localidad de Castro Urdiales. Todo concordia bajo el socialismo.

Repita conmigo: «referéndum». Cuando Sánchez expone que no lo habrá, y ya lo ha hecho en su reunión bilateral con el petiso Aragonés, nieto de empresario y alcalde franquista, tengan por seguro que se celebrará un referéndum en Cataluña. En un alarde de finezza política, el muy honorable ha respondido así a su homólogo español: «Se nos dice que el referéndum no es posible, como se nos decía que no lo era la amnistía».

Sin sorpresas. La situación lingüística en la educación pública catalana seguirá igual que siempre. O, incluso, más recia en favor del catalán y en detrimento del español. Tras los pactos entre PSOE y ERC, quedará sin efecto la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) que garantizaba al menos el 25% de las clases en la lengua de Cervantes. Esto no debe sorprender a nadie. La llamada inmersión lingüística, puesta en marcha por el caudillo Pujol, ha sido siempre apoyada por la sucursal socialista en el Principado, PSC. De poco va a servir, y ojalá me equivoque, lo constatado por la misión europea llamada a observar el montaje nacionalista para con la formación de los niños: “el catalán no está en peligro”, ha dicho su presidenta. 

Belén catalán. Desde aquellas chorradas inaugurales de los tripartitos, desde las performances indepes y, en fin, consecuencia del embrutecimiento estético general, uno siente vergüenza al compartir lugar de nacimiento con la exuberante burricie catalana. Ejemplificando: cuando los tripartitos, se instaló una Navidad un árbol artificial cuyas lucecitas se encendían sólo si algún idiota se subía a las bicicletas estáticas instaladas allí y comenzaba a peladear. Su esfuerzo actualizaba el concepto de esclavitud política gustosa. De una manera igualmente ridícula, el procés lanzó a las calles a jubilados que, en lugar de quedarse en casa y ver la tele, se entregaban a participar en números de inspiración norcorerana y tristeza catalana. La novedad estas fechas es el belén viviente de Vilavenut (103 habitantes): constará de dos Madres de Dios, no estará San José y el niño que hará de Jesús es en realidad la hija de dos madres. Supérenlo.

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