Cuando ‘populismo’ significa verdaderamente popular

CONSECUENCIA DE UNA HIPOTÉTCA VICTORIA DE BIDEN

Si Biden (es una manera de hablar) gana las elecciones del próximo día 3, habrá que concluir que el pueblo americano ha premiado la pereza y la arrogancia.

No recuerdo una campaña en la que contrasten más las actitudes de los candidatos. Normalmente, y aunque se tiren los trastos a la cabeza y se llamen mutuamente de todo menos bonito, los candidatos en una campaña presidencial suelen actuar de forma muy parecida, repitiendo consignas no demasiado distantes, fingiendo un entusiasmo y una moral de victoria parangonable, sino idéntica. Por eso es tan raro lo que estamos viendo en esta.

El presidente, un hombre de 74 años convaleciente de la ‘plaga de nuestro siglo’, despliega una energía que resulta agotador solo contemplarla. Está siempre en movimiento, siempre fresco, en constante contacto con la gente, que abarrota sus mítines y responde a cada mensaje del neoyorquino con verdaderos transportes de euforia. Biden, por el contrario, se ha pasado la campaña en el sótano, da por terminada cada día la campaña a poco de empezar, aparece siempre con esa intimidatoria mascarilla que quiere imponer a todos los americanos hasta que no quede ni rastro de coronavirus sobre la faz de la tierra y sus palabras muestran una infinita condescendencia.

De hecho, ni siquiera debería estar ahí. No lo estaría si en Estados Unidos la prensa funcionara como solía, e informara de los escándalos sobre cómo hizo el demócrata su fortuna, a juzgar por lo que revela el disco duro de su hijo Hunter, en lugar de andar echando tierra encima, en una actitud que es imposible no calificar de encubrimiento.

Suena grimoso, lo sé, pero todos los protagonistas de este drama parecen haber perdido el pudor y no les importa que se haga evidente que es una batalla de la élite por imponer de una vez por todas su control sobre las masas.

De hecho, si ganara Biden es muy poco probable que el americano medio tenga otra oportunidad de vivir en el país y en el régimen que ha conocido toda su vida. Veamos algunas consecuencias probables, anunciadas o insinuiadas, de su victoria.

Para empezar, el cambio en el Supremo. En Estados Unidos, el Tribunal Supremo, en su papel de único intérprete legítimo de la Constitución, es una especie de directorio que ha impuesto las mayores revoluciones sociales que ha vivido el país, como el aborto o el matrimonio homosexual sin que nadie les haya votado. Por eso lo más importante que puede hacer un presidente es nombrar jueces para el Supremo cuyos miembros, como afirma el dicho, “nunca dimiten y rara vez se mueren”.

Trump ha tenido la fortuna de vérselas con tres vacantes, logrando por primera vez en muchas décadas una mayoría conservadora o, para ser menos optimistas, no descaradamente progresistas. La última, aún por confirmar, es la católica madre de siete hijos Amy Coney Barrett.

Pero Biden -o su cuidador- tiene un plan: aumentar el número de miembros del Supremo, lo que se conoce como ‘packing de court’. La Constitución no dice nada sobre el número de jueces que debe formarlo, y de hecho no siempre han sido nueve. Biden podría hacer aprobar una ley que llevara su número al suficiente como para proponer sus propios jueces, rabiosamente progresistas, e inclinar de nuevo la balanza a su favor.

Imaginen lo que podrían hacer; imaginen lo que podría durar la Primera Enmienda -libertad de expresión y religiosa- y la Segunda -derecho a portar armas- con la izquierda radical entronizada en el augusto tribunal.

Luego está el Green New Deal, el plan para ajustar toda la economía a las locuras de los profetas más radicales del ecologismo y el ‘desarrollo sostenible’. Ya anunció en el último debate su intención de acabar con la industria del petróleo gradualmente. La poderosa economía norteamericana podría ponerse por detrás de China en un tiempo récord con esa fantasía hecha ley.

Y, naturalmente, la traca final para asegurarse de que jamás vuelva a pisar la Casa Blanca un republicano (o, incluso, un demócrata moderado): abolir la policía de frontera y abrir Estados Unidos a quien quiera entrar. Ya es una de sus promesas la llamada ‘amnistía’, que no es otra cosa que dar la residencia legal a todos los que han entrado en el país ilegalmente, una cantidad que, por razones obvias, nadie conoce con exactitud pero que andaría entre once y veintidos millones de personas. Sería como importar votantes al por mayor.

Lo que está diciendo Trump en sus últimos mítines no es meramente un mensaje populista sino, nos tememos, una verdad como un templo: Joe Biden es el representante de las grandes tecnológicas y de los grandes imperios mediáticos.

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