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El etnonacionalismo, otra impostura de la izquierda

El indigenismo abre las puertas al terrorismo en América del Sur

Un hombre muestra una bandera indigenista mapuche durante una protestas violentas en Chile. Cristobal Escobar / Agencia Uno / Dp / DPA

Recién comenzaba el año 1994 cuando apareció, en Chiapas, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional declarando su enfrentamiento al gobierno mexicano. Era una típica guerrilla marxista con un lenguaje clásico que de entrada ni mencionaba la cuestión indígena. Pero la izquierda en esos años se enfrentaba a la utopía mancillada y el mítico líder: el subcomandante Marcos escuchó atentamente al grupo de antropólogos e intelectuales que por décadas habían predicado en su nube ignota y ahora se apuraban a darle marco teórico. La astucia de Marcos se plasmó en su fulminante conversión ideológica, la izquierda asfixiada había encontrado un pulmotor. Pasó a los grandes medios la absurda historieta de que Marcos había sido toda su vida un férreo defensor de los derechos ancestrales. Los ideólogos marxistas tienen un excepcional manejo de los piolines de la historia.

En la década del noventa, la política, la cultura y la prensa internacional tenían una enorme predisposición al indigenismo. La reforma constitucional argentina de 1994, homologada por la doctrina de la burocracia supranacional, es prueba de esta tendencia. La causa indígena permitía lamer las heridas de los sueños socialistas recientemente vencidos y volver a los clásicos de los años 60 y 70 como la descolonización, el multiculturalismo, la denuncia adolescente del capitalismo occidental como el culpable de todos los males de la Tierra. En 1995 Carlos Monsiváis publicó “¿Todos somos indios?”, donde apoyaba al subcomandante Marcos. La progresía canapé del primer mundo se sumaba a esa entronización, apropiándose del valor alegórico que provenía de la corriente anti “opresión colonizadora”. Este dogma no paró de escalar hasta nuestros días en todos los órdenes simbólicos del mundo: actos escolares, plataformas de streaming, campañas políticas, publicidades comerciales, programas académicos, moda, plástica, cine o políticas públicas. La cultura woke no salió de la nada.

El indigenismo es la impostura que la izquierda está usando para regresar a sus viejas y más rendidoras tesis

De la identidad simbólica del indigenismo depende la empatía que inspira. Para entender los fenómenos identitarios de la actualidad es necesario desandar las últimas décadas de discurso culturalista: la reivindicación indigenista es sólo una de las consecuencias de un clima intelectual y académico en el que la “otredad” era el patrimonio de la nueva izquierda ansiosa por nuevas clientelas. La posguerra fría le ofreció al socialismo, en bandeja, la contracultura. Un salvavidas que la versión soviética desdeñaba, pero tiempos desesperados exigen medidas desesperadas.

El indigenismo es una de las formas más claras de supremacismo actual, sin embargo, forma parte de casi todos los programas políticos y es un must de los organismos internacionales. Se trata de una ideología que colectiviza a las personas definiéndolas por su raza, su línea sanguínea, sus rasgos físicos o el color de piel; como si esas características nos dijeran todo lo que necesitamos saber de una persona, cómo pensar acerca de ella y cómo tratarla. Es difícil encontrar una visión de la humanidad más macabra y racista. El valor del individuo no es tal sino en función de la etnia a la cual pertenece, debiéndose en cuerpo y alma a la dialéctica originario vs blanco opresor.

La aniquilación, el terrorismo, la violencia política y la instrumentalización de los individuos es tolerable si se pertenece al colectivo correcto

Pero lo más llamativo es su falacia de origen. Esta condición inmanente de pertenencia originaria niega la fusión del nativo y el europeo que se viene produciendo hace cinco siglos e implica un desprecio por el mestizaje del que somos, los americanos, orgullosos frutos. Vale decir: apela a una pureza étnica no sólo xenófoba sino matemáticamente imposible. Una visión que denigra la historia, cultura y civilización producida precisamente durante los siglos en los que nos forjamos como sociedad.

Es en este contexto que el actual recrudecimiento de la violencia política en la Patagonia chilena y argentina, apalancado sobre el reclamo de los derechos ancestrales de la “nación mapuche”, determina una fase muy peligrosa del terrorismo etnonacionalista que se afianza en la región. La madeja cuenta, además, con una sobrealimentada militancia de ONG, de partidos de izquierda y socialdemócratas, de los think tanks del omnipresente Foro de San Pablo, de sectores de la Iglesia católica y, sobre todo, del mito del buen salvaje arraigado en el ideario buenista. La pretendida Nación Mapuche reclama un pedazo a la Argentina y otro a Chile para construirse. Un “Estado” basado en premisas que no corresponden a los datos científicos que nos proporcionan la genética, arqueología, antropología, la etnohistoria o la historia y que, sin embargo, sigue tomando vuelo y cosechando éxitos.

Al fin y al cabo, una guerrilla marxista o indígena confluyen en factores comunes: la violencia como forma política

El movimiento radical mapuche en sus múltiples asociaciones (y no hablamos aquí de los argentinos o chilenos que siguen una tradición cultural mapuche respetando la Constitución Nacional como cualquier hijo de vecino) se destaca, específicamente, por su demanda de autonomía territorial. Esta bandera, en el sentido simbólico y literal de la palabra, incluye la red de apoyo internacional ya citada y una mecánica de la “antropología de la acción” eufemismo setentista que considera enemiga a toda representación de la civilización occidental: religión, filosofía, ciencia, educación, sistema económico, político y hasta métrico. El pertinaz ataque a las cartas magnas ha sido una constante. Chile, que aún mantenía una constitución libre de estas discriminaciones “positivas” está a punto de caer en la trampa. Es curioso cómo no saltan las alarmas mundiales dentro del marco de la institucionalidad atacada abiertamente.

El multiculturalismo que nos prometían, finalmente es un fetiche racista basado en exaltar no la diversidad sino la diferencia, un efectivo factor de conflictividad social

La izquierda no inventó el indigenismo, pero podríamos tender algunas líneas de análisis respecto de la forma en que lo convirtió en una excusa perfecta. La metapolítica del etnonacionalismo y del terrorismo comunista ha sido compartida en no pocas ocasiones desde los años 60, así como la metodología y los mecanismos de financiación como el tráfico de armas y el desarrollo del narco apalancado en las demandas de autonomía territorial. Una teoría del “Espacio Vital” que discurre en torno a la usurpación de grandes ecosistemas con recursos estratégicos y que progresivamente funcionan como un ente subestatal enquistado dentro del Estado que rechaza las instituciones del Estado. Al fin y al cabo, una guerrilla marxista o indígena confluyen en factores comunes: la violencia como forma política, y el adjudicarse para sí la representación de obreros o de campesinos o de indígenas, sin que medien elecciones, faltaba más.

Tanto en la patagonia argentina con la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM), como en la patagonia chilena con la Coordinadora Arauco Malleco (CAM), se aceleró últimamente el activismo más intenso y violento. Estas dos organizaciones no son las únicas pero sí las más importantes, poseen estructuras de comando y llevan años asolando la región. Han recrudecido los atentados en hidroeléctricas, usurpaciones de tierras en localidades andinas, terrenos privados, parques nacionales o reservas forestales, cortes de rutas, imposición de peajes, secuestros, robo de ganado, asesinatos, torturas y enfrentamientos armados.

La dialéctica indigenista es integrista, proverbialmente unicultural y anticapitalista y no responde a los parámetros occidentales de la democracia liberal

A los autopercibidos ancestrales se los llama “pueblos originarios” sin importar si la semana anterior eran youtubers residentes en la Ciudad de Buenos Aires o colegialas de la Ciudad de Santiago que jamás habían escuchado hablar de la historia de los indios pampas o tehuelches. En Argentina existen organismos oficiales cuya finalidad es “promocionar comunidades indígenas” incorporando “derechos” que son una bomba de tiempo. Se dan por válidas preexistencias incomprobables e indocumentadas, hecho que abre la puerta a numerosos reclamos inmuebles y jurídicos cuyo límite es el cielo. El kirchnerismo promovió reglamentaciones relativas a la propiedad y distribución de la tierra que desataron un aluvión de nuevas agrupaciones y comunidades al ver el negocio de la entrega de tierras a una escala desproporcionada. El Convenio 169 de la OIT de 2007 que da andamiaje jurídico a reclamos que ponen en peligro la integridad de los Estados también contribuyó a esta argamasa.

El supremacismo mapuche no difiere, en su filosofía, de otros movimientos similares. La dialéctica indigenista es integrista, proverbialmente unicultural y anticapitalista. No todo indigenismo es segregacionista, pero desde ya no responde a los parámetros occidentales de la democracia liberal. La cuestión mapuche es la manifestación más escandalosa de esta filosofía y ciertamente la más acorde a la herencia del terrorismo marxista de la que hoy toman prestadas metodologías, dirigencia política y formas de financiación. La izquierda civil mantiene viva la pasión antidemocrática que históricamente justificó las dictaduras comunistas. Es difícil exagerar, en este contexto, la importancia simbólica de la violencia indigenista dado que representa un atajo para el recrudecimiento del activismo anticapitalista que el mundo padeció hace pocas décadas.

El doble rasero de la progresía mundial no debería sorprendernos. A pesar del accionar terrorista de los grupos indigenistas en los medios masivos se llaman protestas o “rebelión frente a la desigualdad”. La violencia se califica dependiendo de quiénes son las víctimas,  “No existe terrorismo que no sea de Estado” es la tesis que sostiene la izquierda internacional. Ven opresión en EEUU pero Cuba o Venezuela no les parecen dictaduras sino “otra forma” de democracia. Los mismos ideólogos que denunciaban las dictaduras en Chile y Argentina reclamando la intervención de la comunidad internacional hoy acusan de intromisión en asuntos internos a quienes pretenden investigar los crímenes de Maduro o del régimen castrista. En esta hipocresía se percibe claramente la cuestión de fondo. El indigenismo es la impostura que la izquierda está usando para regresar a sus viejas y más rendidoras tesis.

El multiculturalismo que nos prometían, finalmente es un fetiche racista basado en exaltar no la diversidad sino la diferencia, un efectivo factor de conflictividad social. La visión multicultural no va dirigida a que cada individuo logre realizar su proyecto de vida dentro de una sociedad. Se trata, más bien, de visibilizar al “otro” representado como víctima. Esta separación fomenta el racismo ya que radica en la creencia de que la “otredad” no occidental debe ser celebrada y glorificada. Los principales pilares de esta agenda residen en ese relativismo moral. La consecuencia es clara: todas las acciones de la contracultura son igualmente legítimas no importa cuán reñidas con la cultura occidental resulten. La opresión y la destrucción son fenómenos exclusivamente occidentales, todo lo demás es demanda atendible en función de esa empatía hacia las víctimas que se ha dado por buena. La aniquilación, el terrorismo, la violencia política y la instrumentalización de los individuos es tolerable si se pertenece al colectivo correcto. Sobre estas premisas se monta la tolerancia al etnonacionalismo. Un atajo ideológico que volvió a abrir las puertas del terrorismo en América del Sur.

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