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La búsqueda de soluciones diplomáticas repite los escenarios de 1939

Occidente se queda corto de recursos para frenar a Putin

El presidente de Rusia, Vladimir Putin. Europa Press

Más allá de los titulares y de los artefactos explosivos de propaganda que una y otra vez nos lanzan a la cara desde todos los medios de comunicación involucrados, subyace el gran problema de los paradigmas que han sostenido nuestro sistema internacional desde el fin de la segunda guerra mundial. Principios que asumimos como inamovibles, están en este momento en plena revisión no solo conceptual y filosófica, sino práctica.

Autodeterminación de los pueblos, no intervención, neutralidad. Igualdad de los Estados. Convivencia pacífica. Palabras huecas en 1945 pero con el tiempo se convirtieron en pesados fardos para los intereses nacionales en muchos confines, de donde no escapan ni Iberoamérica ni España, mucho menos.

El lamento postsoviético

Cuando Putin se lamenta de la desaparición de la URSS, indicando que en su opinión se trató de la catástrofe histórica más importante del siglo XX, lo dice con sinceridad. Pero en su intervención de hace unos días al reconocer como “independientes” esas zonas birladas territorialmente a Ucrania, tuvo la oportunidad de desarrollar un poco más su punto. Y ahí se ve, en todo su esplendor.

Se ve al nostálgico que se queja de la permisividad que se tuvo con las naciones que se decidieron a ser Estados independientes en 1991, ante la debilidad rusa. No tenía el liderazgo político del momento ni la fuerza ni las ganas de mantener en el redil a todas esas naciones a las cuales mantuvo unidas a la fuerza por décadas.

Y esa unión debe revisarse de forma debida. Porque no fue una unión voluntaria. Ninguna unión de naciones termina siendo voluntaria, si las revisamos bien. Pero la unión soviética fue la menos voluntaria de las uniones, y de eso saben bien los propios ucranianos, que ya vivieron el Holodomor una vez y al parecer se lo quieren volver a hacer vivir.

Por eso, el tema era la fuerza para imponer la continuidad de la unión. No la había o al menos no se tenía organizada. Treinta años después, la historia es otra y las ambiciones también. Una casta económica mafiosa alrededor de un líder tiránico, que no tiene en su vocabulario las palabras libertad, democracia o derechos civiles. Una casta militar que se enriqueció con esos negocios de ventas de armas y pertrechos para la guerra que se desarrolló en el propio momento de la caída de la URSS. Y todo el poder en las manos. Obviamente, en 2022 se tiene lo que no se tenía en 1991. Esto es, las herramientas necesarias para imponerse en el “espacio vital” que Putin ha decidido que le corresponde a su país, a sangre y fuego.

Pero el principal aliado en la labor de Putin ha sido Occidente. Y en estos días se ha visto tal situación de forma clara.

Nuestros principios y nuestros problemas

La autodeterminación de los pueblos ha sido atacada por Putin como un principio obsoleto y peligroso. Según él, que una Nación decida constituirse en Estado, aunque para ello deba separarse de otro Estado, es algo que no debe permitirse.

Esto lo plantea para dejar claro que el problema no es Ucrania, ni es este su objetivo final. Putin apunta primero a todas las exrepúblicas soviéticas. Luego, toda la órbita del Pacto de Varsovia se le aparecerá, de cualquier forma y manera, el “ofrecimiento cordial” para unirse a una nueva estructura que no haga más que remedar aquella iniciativa stalinista. La Cortina de Hierro seguirá ahí, aunque le darán otro nombre.  Los tanques sobre cualquier país que se niegue. Las amenazas. La dependencia económica. La multiplicación de  los “asesores” rusos. Es fácil determinar cómo vendrán las cosas.

Pero volvamos al gran interrogante. ¿Quiénes le van a rebatir sus previsiones a Putin sobre el principio de autodeterminación de los pueblos? Sería fácil hacerlo. Si le parece peligroso y maligno ese principio, podría por ejemplo dejar de darle amparo a los separatistas catalanes o a cuanto movimiento de disgregación nacional que le sirve a sus fines se presenta en el mundo.

Detrás de su ataque al principio de autodeterminación de los pueblos, se esconde el verdadero objetivo: cercenar la libertad. Evitar que de cualquier manera se pueda ejercer lo que determina esa “autodeterminación”: la voluntad popular. Es decir, la consulta a la gente, a través del voto. La democracia, en una palabra.

¿Por qué no ha habido un referéndum con vigilancia internacional en las zonas invadidas por Rusia? Porque si se ataca al principio de autodeterminación de los pueblos, por su carácter disgregador ¿Por qué al llamado de un grupo de rusos infiltrados por Putin en el Donbass, se permite que la argumentación del tirano se sostenga en la nula premisa de “la colaboración” para pacificar una zona, donde la guerra ha sido impuesta precisamente por quien habla de pacificación?

No es fácil el momento. Pero se adivina y queda más que claro que los principios que han sostenido las Naciones Unidas desde el momento de su creación, han ido quedando tirados en el piso de la historia. El impedirle acciones militares plenas a Alemania o Japón, por ejemplo, colocan en este momento a China y Rusia en posición de ventaja, sin saber hasta dónde llevará este camino.

Las búsquedas incesantes de soluciones diplomáticas, entierran en la lamentable circunstancia de ver como se repiten los escenarios de 1939, donde un liderazgo genuflexo “escogió la humillación para evitar la guerra, y al final tuvo la humillación y la guerra”.

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