PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Hungría, la ‘pequeña aldea gala’ que puede salvar a la Unión Europea del totalitarismo

Orbán no amedrenta ante un puñado de burócratas de la Agenda 2030
El primer ministro húngaro, Viktor Orbán. REUTERS

Ursula von der Leyen, esa Señorita Rotternmeyer rubia que preside soberana la Comisión Europea sin pasar por urna alguna, ha unido su voz a la de diversos comisarios y europarlamentarios para plantear un ultimátum a la Hungría de Viktor Orbán: o se someten a los ‘valores europeos’ o ya saben dónde está la puerta. Orbán, que se las ha visto en su juventud con una tiranía que respondía a la menor disidencia con el envío al gulag o el tiro en la nuca, no se va a amedrentar ante un puñado de burócratas de la Agenda 2030 que ningún pueblo ha elegido. Y tiene detrás a otros tres países comunitarios, también del otro lado del extinto Telón de Acero, Polonia, República Checa y Eslovaquia, el Grupo de Visegrado.

En estricta teoría, lo que la Comisión considera inaceptable y contrario a los ‘valores europeos’ es una ley recién aprobada en Hungría que ilegaliza la propaganda y la pornografía homosexuales dirigidas a los menores. Pero la apuesta va mucho más allá, más allá de la ley de marras, de la propia Hungría y de la señora Von der Leyen; lo que está en juego, realmente, es el modelo de Unión que tendremos los Estados comunitarios en los próximos años, si será un megaestado ‘woke’ que avance en la destrucción del verdadero legado europeo y destruya sus raíces alterando incluso su población, o una alianza de naciones libres y soberanas.

Por supuesto, Orbán no está haciendo nada ‘antieuropeo’, muy al contrario. Leyes como la recién aprobada, o su negativa a aceptar la sustitución demográfica aceptando a todos los presuntos refugiados que quepan en sus fronteras son medidas que resultarían perfectamente razonables, incluso de perogrullo, a las más progresistas autoridades europeas de hace solo unas décadas. Y de este pulso que mantiene Hungría podría salir una nueva concepción de Europa para todos los miembros del club.

Hungría, con su desafío, está poniendo a prueba dos falacias que afectan a los planes de ingeniería social que la Comisión quieren imponer a los Estados con la implacabilidad de una apisonadora: que estos planes son populares, y que son inevitables.

La inevitabilidad de este avance hacia el paraíso ‘woke’, con su destrucción de la familia y de las distinciones de género, es algo que transmiten virtualmente (casi) todos los medios y (casi) todas las instancias políticas. No puede ser más absurdo, y apenas podría ser menos popular. No, no es cierto que el ciudadano europeo común vea razonable que se adoctrine a los niños con propaganda homosexual o ideología de género, como tampoco recibe con alegría su sustitución por oleadas de inmigrantes con visiones del mundo y lealtades muy distintas de las suyas.

Y ese es, básicamente, el mensaje de Orbán y sus aliados de Visegrado, y de los partidos soberanistas que siguen creciendo en toda la Unión. El presidente checo, Milos Zeman, ya ha salido en defensa de la legislación húngara, declarando en entrevista concedida a la norteamericana CNN que si fuera más joven “traería a Praga trenes y autobuses llenos de heterosexuales para que vieran lo absurdos que son los grupos LGBT”. Eso es blasfemia para la ortodoxia moderna, pero es así, con ‘declaraciones heréticas’ dichas en medios de masas, altas y claras, como se destruye la ilusión de invencibilidad del discurso totalitario.

La reacción de una ‘iglesia universal’ ante la herejía es la excomunión, y ese es el ritual que quieren iniciar contra Hungría. Mark Rutte, primer ministro de los Países Bajos, declaraba hace unos días que Hungría “no tiene lugar” en la Unión Europea después de la medida de Orbán; lo que sí tiene lugar, en cambio, es el ‘sándwich holandés’ para evadir impuestos corporativos en Europa, al parecer. Doña Úrsula calificó la medida de “vergüenza”; lo decente, por lo visto, es que vayas transexuales por las escuelas para enseñar a los menores de edad las alegrías de la indefinición sexual.

Hungría, en principio, tiene todas las de perder. Es una pequeña plaza asediada por un gigantesco ejército que puede permitirse esperar y rendirla por hambre. Fuera de la UE está la ruina. Hungría no es Gran Bretaña, con una sólida economía y lazos comerciales ajenos y anteriores a la UE. Sin la UE, es la ruina. Bastaría esperar hasta que Budapest, quizá con otro primer ministro, capitulase ante el lobby LGBT.

Otro tanto -corregido y aumentado- puede decirse de los otros socios de Visegrado, como los checos y los eslovacos. Polonia siente un sacro terror a Rusia, con la que hace frontera, y necesita la protección de Occidente. La amenaza de expulsión de la UE -para la que no hay previsto ningún procedimiento- les pondría de rodillas hasta que aceptaran la sumisión al nuevo catecismo ‘woke’.

Por otra parte, la medida tendría consecuencias imprevisibles para la UE. El hecho de expulsar a un Estado miembro por una ley razonable pero que no se ajusta a la estricta ideología progresista metería el miedo en el cuerpo al resto de países miembros, que tendrían que hacerse a la idea de decir adiós a su soberanía más elemental. Algo así reforzaría el atractivo de los partidos soberanistas en toda la Unión.

Por otra parte, obligaría a los expulsados a elegir entre Málaga y Malagón: la sumisión de su manera de pensar y vivir o acercarse al gigante ruso, por mucho miedo que dé. ¿Se arriesgaría Occidente a reforzar a los rusos en pleno pulso estratégico?

Deja una respuesta