'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
HACIA EL NUEVO MODELO DE ESTADO TOTALITARIO SOCIALDEMÓCRATA

Justin Trudeau y Emmanuel Macron, los defectuosos tiranuelos ensamblados

El presidente francés, Emmanuel Macron, y el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, en una foto de archivo (Reujters/Philippe Wojazer)

Casi en simultáneo Justin Trudeau y Emmanuel Macron perdieron el control de su vehículo, que iba prolijo y a velocidad crucero por la bella y moderna autopista de la gobernanza global, fina, recta y bienpensante. Volantearon y tomaron una curva peligrosa, sin asfalto, sin luces y volcaron. Con breves días de diferencia, el mandatario frances dijo y ratificó que sentía placer en cubrir de mierda (perdón por la grosería, lector, pero los hechos son sagrados) a los ciudadanos desobedientes de sus mandatos y frente a las protestas políticas decidió gasear a manifestantes y familias con ancianos y niños y llenar las calles de tanques ordenando a la policía hasta reprimir el uso de banderas francesas.

Por su parte, el líder canadiense insultó sin filtros a otros ciudadanos llamándolos racistas, supremacistas, antisemitas, terroristas, violentos, golpistas y unas cuantas cositas más, también por ser desobedientes. Se arrogó el uso de superpoderes que le permitan pasar por encima del estado de derecho, castrar la libertad de expresión y el derecho a la protesta y confiscar cuentas bancarias, y suspender de la vida cívica también a los desobedientes.

Dos jefes de Estado icónicos en muchos sentidos, que representaban el modelo soñado ensamblado por la socialdemocracia burocratizada, perdieron los estribos y mostraron obscenamente sus colmillos a todo el mundo ante el rechazo social a una simple política pública. Imposible entender estos acontecimientos mirando sólo el árbol de las medidas sanitarias, es necesario hacer el esfuerzo por sacar la variable pandémica para ver que algo más profundo está ocurriendo. Después de todo, el bicho coronado fue sólo la excusa para que gente como Macron y Trudeau pusieran de manifiesto el cambio trascendental que se ha operado en nuestras sociedades. 

Ser obediente pasó a ser, finalmente, una marca moral, y por eso no se pueden poner en duda los criterios para ser obediente, por eso se justifica la cancelación y la censura

No hay que confundir la excusa con las consecuencias. Finalmente y en tiempo récord, se ha coronado la filosofía del crédito social como constitutiva de ciudadanía. La filosofía precede leyes y políticas públicas. La filosofía legitima. Estamos ante un sistema con ciudadanos de primera y de segunda dependiendo del grado de aceptación del control a la custodia estatal. Están los que cumplen y los que no cumplen, y la pertenencia a cada grupo puede ser modificada por una orden administrativa de la noche a la mañana. Ser obediente pasó a ser, finalmente, una marca moral, y por eso no se pueden poner en duda los criterios para ser obediente, por eso se justifica la cancelación y la censura. Porque lo que importa es “estar dispuesto” a ser obediente o aceptar las consecuencias de la degradación y de la segregación. Por eso se han permitido ser jactanciosos de atacar a los ciudadanos incumplidores. La nueva moral sostiene que merecen ser torturados.

Macron y Trudeau no salieron de un repollo, fue todo Occidente dando por bueno, de forma mayoritaria, que los gobiernos pudieran negar el acceso a la ciudadanía a los incumplidores, el caldo de cultivo de los nuevos tiranuelos. Fue un largo camino de avances de lo público sobre la estructura privada lo que permitió que hoy bares, oficinas, gimnasios o teatros existan bajo la custodia y el control del Estado burocrático y sean los encargados de hacer cumplir las órdenes. Fueron las normas y regulaciones tejidas durante años lo que permite que el Estado burocrático vaya más allá del poder político, pudiendo cancelar incluso a los muy poderosos como el Presidente Trump, el tenista Djokovic o el más escuchado podcaster del mundo, Rogan. Fue esa forma de regular la vida privada lo que le permite a Trudeau avanzar sobre la propiedad del dinero de los camioneros canadienses. Las corporaciones son libres de atacar a los ciudadanos porque previamente el Estado burocrático dictó las normas que sostienen su gobernanza más allá del político de turno o la voluntad popular. 

Macron ha alardeado de su deseo de atormentar a quien lo desobedezca. Esto no debe ser pasado por alto

Han conseguido que en las democracias liberales el status del ciudadano se mida por su sumisión al Estado burocrático. Los que obedecen son recompensados ​​con el generoso dispendio de algunas libertades como si éstas fuesen propiedad del poder, que las otorga o no, según su criterio de verdad. Adiós derechos del hombre y el ciudadano, todo ha vuelto a pertenecer al rey. Los incumplidores son expulsados del Estado burocrático, por lo que no cuentan con la garantía de la vida civil. Todo dentro de la burocracia, nada fuera ni contra ella.

Macron sintió placer ante su capacidad para generar sufrimiento a los franceses como si esto viniera en el manual de uso de las capacidades propias del poder. Esto no debe ser pasado por alto, es una afirmación importante. Macron ha alardeado de su deseo de atormentar a quien lo desobedezca. Hace unos pocos años el ciudadano era el que ejercía la gestión de su propia vida y de las consecuencias de sus actos y en función de eso podía participar del gobierno. El fundamento de la vida cívica era el individuo y no había democracia liberal si no se respetaba al individuo. Pero el Estado burocrático avanzó demasiado en este siglo tomando paulatinamente el control. Ese nivel de avance permitió esta distopía totalitaria en la que el Estado construye realidad y determina lo que es verdad, y la sola duda sobre sus dogmas implica caer en desgracia. La clase política es la legitimación de ese mecanismo, detenerse en si son artífices o meros títeres no hace a la cuestión.

Si Macron pudo expresar su deseo de tapar con mierda a los desobedientes es porque la filosofía del crédito social ya se ha instalado

Periódicamente se renovarán las reglas que los obedientes deberán aceptar. A los desobedientes se los llamará terroristas, negacionistas, supremacistas, ya no importa. En nuestros países ya venía ocurriendo. La verdad estatal sobre la perspectiva de género debe ser repetida como un rezo para obtener un título universitario o una licencia de conducir. La verdad estatal sobre la alimentación sana debe ser implantada a modo de packaging para poder venderse. Sólo se ejerce ciudadanía si se repite la verdad estatal y se puede perder si se es desobediente. 

El fanatismo de este paradigma no puede subestimarse, occidente se encuentra ahora frente a una veloz transformación. Estamos todos bajo custodia, el Estado burocrático está a cargo de nuestras vidas, si nos relajamos y lo aceptamos somos retribuidos con ciudadanía, caso contrario somos parias y¿por qué no? delincuentes. Si Emmanuel Macron pudo expresar su deseo de tapar con mierda a los desobedientes es porque la filosofía del crédito social ya se ha instalado. Dos años de totalitarismo global sin contraparte demuestran que la gente está preparada para tolerarlo.

Las pruebas están a la vista, las imágenes de la crueldad de las fuerzas de seguridad contra los manifestantes desobedientes se pueden recoger de los lugares del mundo que eran donde más se jactaban de tener democracias liberales. Lugares donde no se reprimió el terrorismo hoy lanzan perros contra ancianos que reclamaban que el Estado les regresara su ciudadanía. Europa volvió a reprimir ferozmente a quienes piden libertad, la transformación es innegable.

Cuando finalmente regresó lo hizo para insultarlos y decir que sólo son respetables las manifestaciones que responden a la verdad estatal

La primera reacción de Justin Trudeau, en su rol de mandatario de un gobierno en el que los ciudadanos protestan, fue esconderse. Y por si esto no nos hablara lo suficiente de su carácter, se escondió no media hora, sino días. Fracasó en su intento de caracterizar a los camioneros como un grupo marginal de violentos que lo amenazaba y entonces trató de justificar su ausencia con una enfermedad. Un niño de seis años hubiera hecho mejor papel. Cuando finalmente regresó lo hizo para insultarlos y decir que sólo son respetables las manifestaciones que responden a la verdad estatal, como Black Lives Matter. Acto seguido se hizo con la suma de poderes más allá del orden republicano, prerrogativa que sólo se había usado en ocasión de las guerras mundiales. 

Si bien es cierto que en todo el mundo los mandatarios respondieron en mayor o menor medida a los lineamientos de la covidcracia, no es menos real que muchos han empezado a poner pausa o poner el pie en el freno. Un equilibrio político entre las presiones corporativas e ideológicas y el evidente hastío de la población. Pero para hacer ese equilibrio se necesita otro equilibrio, el interno. En los casos de Macron y Trudeau, es como si tuvieran el pié atado al acelerador, obsesionados con una narrativa que perdió efecto, encaprichados porque alguien les ha roto el juguete. Dos María Antonietas enfurecidas porque las matronas han penetrado en palacio, sin entender qué cosa se gestaba más allá de su burbuja de poder divino. 

El enorme poder del Estado burocrático ya está listo para implementar una ley global sanitaria que no pueda ser modificada

Trudeau y Macron se han atrevido a hacer y decir lo que muchos líderes desearían pero reprimen, incluso los más bananeros. Dos años de poder absoluto les quitaron pulido, destreza, malicia política, límites. Se aferran a la narrativa que los coronó reyes absolutos y no quieren abandonarla. La histeria pandémica llega a su fin, el Estado burocrático debe pasar a una nueva versión, la climática, la alimenticia, o cualquier otra. Hay un límite para el nivel de delirio que los ciudadanos están dispuestos a aceptar, ya se ven las costuras por todos lados, hora de abandonar el barco. Después de todo, lo importante era implementar la filosofía del crédito social y el éxito ha sido rotundo. La inmensa mayoría del planeta ha aceptado como normal presentar pases arbitrarios para poder divertirse, comprar comida, trabajar o viajar. El enorme poder del Estado burocrático ya está listo para implementar una ley global sanitaria que no pueda ser modificada por lo que la gente vota en sus pequeños países. Entonces ¿cuál es la razón para que tiranuelos del tipo Macron o Trudeau hagan sus berrinches desenfrenados?

Tal vez estos dos hombres fuera de sus cabales sirvan de globo de ensayo. Tal vez su propia supervivencia necesite a los ciudadanos aún más quebrados, hasta que ya no tengan ánimo o espíritu como para protestar en la calle. Hasta que renuncien por sus propios medios a la propia autonomía. Tal vez lo necesiten urgente para amortizar lo invertido en la covidcracia. Por eso se arriesgan a desplegar un despotismo en toda regla, sin maquillajes, sin modales. Poco se necesitó para que se mostraran como son, para que abandonaran la persuasión en favor de la represión, sólo una pequeña desobediencia luego de dos años de sumisión. Imaginemos la templanza de estos líderes ensamblados durante la Guerra Fría. 

Este nuevo paradigma de gobierno es posiblemente la nueva normalidad, un estado de alarma eterno que justifique la emergencia permanente, gerenciada por el Estado burocrático

Macron o Trudeau necesitan de la obediencia como un dogma religioso. Mal negocio para un sistema que se jactaba de su tolerancia y de erradicar la resolución de conflictos por la fuerza. Han logrado, con estas actitudes, levantar más sospechas que adhesiones. 

Podríamos pensar en Macron y en Trudeau como dos anomalías del sistema generadas por la aceleración. La historia está llena de calígulas de distinta intensidad. Pero como variable política, sus sendas histerias han desnudado lo que subyace en la transformación de occidente: el fin de la ciudadanía y el comienzo del crédito social gerenciado por el Estado burocrático. Y, en consecuencia, la conformidad y aceptación interior y masiva de la verdad estatal, una sumisión propia de una secta y no de una democracia. 

Este nuevo paradigma de gobierno es posiblemente la nueva normalidad, un estado de alarma eterno que justifique la emergencia permanente, gerenciada por el Estado burocrático a cargo del otorgamiento de ciudadanía como premio a la obediencia. Un modelo pasivo-agresivo que la impericia de Macron y Trudeau dejaron al descubierto. Si estos personajes sobreviven a sus tropelías, significará que la humanidad está preparada para un nivel más profundo de totalitarismo y entonces, en adelante, todos los dictadores serán como Macron y Trudeau, defectuosos productos ensamblados, no se necesita más.

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