La batalla entre Donald Trump y ese otro tipo

BIDEN NO DESPIERTA PASIONES

Esta es una campaña presidencial como ninguna otra, por muchas razones. Pero una absolutamente obvia es que solo tiene un protagonista: Donald Trump. Quienes voten por el tándem republicano estarán votando por Trump; quienes voten por los demócratas estarán votando contra Trump.

O con él o contra él: esa es la elección en noviembre. Es algo que saben las dos partes, y de hecho los demócratas, que han encontrado en Joe Biden simplemente un candidato de compromiso poco molesto, cuyo único mérito parece ser la sagrada sombra que Obama ha proyectado sobre él al tenerlo como vicepresidente y un ‘nombre reconocido’ que no asuste a los demócratas moderados, lo exhiben lo menos que pueden.

Hacen bien, porque no es exactamente un candidato que despierte pasiones. ‘Creepy Joe’ es un político de raza que lleva toda su vida en los círculos del poder de Washington, un hombre del ‘establishment’ donde los haya, pero sus apariciones son más fuente de alarma y preocupación para sus cuidadores demócratas que fuente de votos. No siendo médicos ni teniendo la ocasión de diagnosticar a fondo a Joe Biden, no aventuraremos que el hombre tenga demencia senil, como es ‘vox populi’ en todas las redes sociales, pero sus constantes meteduras de pata, olvidos imposibles y frases incoherentes hacen pensar a muchos que, de llegar a la Casa Blanca, iba a durar menos que un bocadillo a la puerta de un colegio.

De hecho, los propios dispositivos demócratas -prácticamente todos los medios norteamericanos de algún peso- han soltado la liebre en numerosas ocasiones presentado a su compañera de tándem, Kamala Harris, como la primera probable presidenta de Estados Unidos.

Harris tiene todo lo que quiere la maquinaria del partido, más los puntos de ventaja obvios en el actual dominio de lo políticamente correcto: ser mujer y ‘de color’, aunque ese color lo deba más a la India de Gandhi que al gueto.

Pero hay un problema: no hay quien la soporte. No es un comentario malicioso: los votantes demócratas no la quieren. En las primarias demócratas retiró su candidatura antes de unas votaciones que la iban a dejar en ridículo. La población negra, el feudo más fiel a los demócratas, no la quieren, recordando su implacable historial como fiscal contra la pequeña delincuencia. Así que mejor tenerla en el banquillo, al menos los primeros meses tras una hipotética victoria, que luego siempre se estará a tiempo de aplicar la Vigésimoquinta Enmienda, que permite discapacitar a un presidente por motivos de salud.

Se ve que el americano medio no está maduro para la revolución, porque la reacción ha sido de absoluto rechazo a la violencia desarrollada por los revoltosos.

La enmienda en cuestión, por lo demás, ha pasado al centro mismo de la campaña, porque la presidente de la Cámara -tercera en el orden de sucesión, recordemos-, la demócrata Nancy Pelosi, ha sugerido que debería aplicarse a Donald Trump.

No es una velada amenaza ni una broma: el pasado viernes, Pelosi presentó la Commisión sobre la Capacidad Presidencial para Renunciar los Poderes y Deberes del Cargo. ¿A cuento de qué? Para eso tenemos que hablar de uno de los mayores golpes de suerte que ha tenido el presidente Trump en esta extrañísima campaña.

La campaña, como todo el mundo sabe, ha estado condicionada por dos fenómenos: las algaradas de Antifa y Black Lives Matters en cientos de ciudades del país con la excusa de la muerte a manos de la policía de un delincuente habitual negro, que se han cobrado una treintena de vidas, cientos de edificios destruidos, monumentos vandalizados y negocios asaltados, y la pandemia del Covid-19.

El primer fenómento apesta a ‘revolución de colores’ desde el otro lado del Atlántico, pero el tiro les ha salido por la culata a los demócratas, que empezaron por elogiar las ‘protestas pacíficas’ que no lo parecían tanto en los vídeos que han venido circulando sin parar en redes sociales. Se ve que el americano medio no está maduro para la revolución, porque la reacción ha sido de absoluto rechazo a la violencia desarrollada por los revoltosos, hasta el punto de que Biden ha tenido que desentenderse de las mismas y recitar el orteguiano “no es eso, no es eso”. No se lo ha creído nadie.

En cuanto a la pandemia, Estados Unidos ha sido el país que, fuera de Europa -España no va a perder la primacía- ha tenido peores resultados en ingresos hospitalarios y defunciones, lo que los demócratas achacan como un solo hombre a Donald Trump, del que dicen que ha quitado importancia a la peste de nuestro tiempo y aconsejado tratamientos de charlatán magufo.

Como cualquier líder occidental, Trump no está libre de pecado en esto, pero no son para nada los pecados que le achacan los demócratas.

Estados Unidos mantiene una estructura federal, los estados pueden hacer de su capa un sayo en un montón de cuestiones, y esta es una de ellas. De hecho tenemos estados como Michigan, gobernado por una demócrata obsesionada por el control como es Gretchen Whitmer, que ha aplicado restricciones verdaderamente orwellianas contra la enfermedad. O el estado de Nuevo York de Andy Cuomo, también demócrata.

Y da la casualidad de que los estados más restrictivos han sido los que han tenido, con diferencia, peores resultados, y casi todos están gobernados por los demócratas.

Los trumpistas más conspiranoicos, de hecho, dan por seguro que la obsesión demócrata por el confinamiento es un intento de destruir el excelente historial económico de Trump en vísperas de las elecciones. Biden incluso ha anunciado que, de ganar las elecciones, encerrará al país entero si se lo aconsejan los ‘expertos’, ya saben, esos tipos para los que las multitudinarias protestas de BLM no extienden el virus, cosa que sí hacen los mítines de Trump.

El caso es que Trump anunció que había contraído el virus, y que iba a ser tratado en el hospital de los veteranos de Washington. Y los medios tuvieron sus días de gloria.

Trump es un hombre de 74 años que vive básicamente de hamburguesas y cocacola, que no es exactamente la dieta recomendada por nueve de cada diez nutricionistas. Así que estaba muy, muy mal, con un pie en el otro mundo. Comentaristas demócratas, celebrities o anónimos, se acercaban a las redes sociales para descorchar el champagne por la muerte del monstruo, prediciéndola o anhelándola. Como comprenderán, la imagen que se proyectaba no era exactamente positiva frente al electorado dudoso (si existe a estas alturas).

Pero he aquí que el presidente, que entró por su pie y debidamente encorbatado en el hospital, sale de él a los tres días, sin haber dejado de trabajar en todo ese tiempo, y anuncia que se encuentra mejor que en los últimos veinte años, gracias, por cierto, a uno de sus denostados remedios. Y les dice a los americanos que sí, que el Covid es una enfermedad real y desagradable, pero que no hay que tenerle miedo, que esto es América y América no se va a parar con esta ‘gripe china’. Y, asomado al balcón de la Casa Blanca, se quita la mascarilla en gesto enormemente simbólico.

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