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Maduro camino al banquillo: los crímenes del chavismo y sus cómplices ante la Corte Penal Internacional

EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI QUEDA EXPUESTO EN SU NATURALEZA CRIMINAL
El tirano venezolano, Nicolás Maduro, habla después de una reunión con el viceprimer ministro ruso, Yuri Borisov, en Caracas, Venezuela, el 5 de octubre de 2019. Palacio de Miraflores / Handout vía REUTERS.

Los crímenes del chavismo están expuestos. La decisión de la Corte Penal Internacional (CPI) de La Haya de arrancar una investigación, basados en el informe que la exfiscal Fatou Bensouda deja elaborado tras la revisión de recaudos, es lo suficientemente clara.

En tres puntos se fundamenta la medida: en la negativa del país a abrir una investigación sobre las denuncias, en la negativa de otro país a investigar y en la imposibilidad de la Corte de ignorar los hechos ante las evidencias presentadas. En pocas palabras, se debe actuar ante la gravedad de unos hechos cometidos en un país con ausencia total de Estado de Derecho. Criminales en el poder que harán cualquier cosa menos investigarse a sí mismos.

La Corte ha recibido solo hechos documentados desde 2017. De manera especial analizó las evidencias de la ejecución del grupo insurgente dirigido por el mártir Óscar Pérez, quien junto a sus compañeros fue ejecutado con armas de guerra luego de haberse rendido, en un ataque que fue trasmitido por el propio Pérez desde sus redes sociales mientras ocurría.

Las evidencias son colosales. Dejan clara la naturaleza criminal de un régimen que fue capaz de bombardear con misiles anti-tanques una vivienda donde se refugiaban los alzados contra el régimen. Con una fiereza criminal que nunca se había visto en el país, se aniquiló sin piedad a un grupo de venezolanos. Las fotos y análisis de los protocolos de autopsia que otros funcionarios, compañeros de los asesinados, lograron filtrar, constituyen la base de la acción contra el régimen chavista.

Para mayor mancha, el régimen chavista no ha dejado de delinquir. Apenas meses después de la ejecución de estos combatientes, esbirros del régimen lanzaron desde el décimo piso del edificio del tenebroso Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) al concejal Fernando Albán, de quien dijeron que se había suicidado, a pesar de las evidencias de tortura, detención ilegal y escena del crimen. Dos años más tarde, asesinaron al capitán Acosta Arévalo, que en otro evento insólito fue presentado moribundo frente al juez que prácticamente lo vio fallecer, víctima de las torturas que había recibido después de ser capturado por sus actividades patrióticas contra el régimen.

Es decir, las acciones criminales de lesa humanidad del régimen chavista no cesaron. Por el contrario, se incrementan con mayor saña dando cuenta del nivel de deshumanización que las huestes chavistas han conseguido hasta ahora. Y solo hablamos desde el 2017 en adelante.

Una historia previa al 2017 aún por investigar

El hecho de que el régimen chavista hoy capitaneado por Nicolás Maduro pueda ser sentado en el banquillo de la CPI, es una ganancia inmensa para las luchas por la libertad. Es, además, una bofetada contra el Socialismo del Siglo XXI y sus integrantes, que podrían ver a uno de los suyos acusado de lo que todos ellos son capaces de hacer, si es que acaso no lo han hecho ya.

Pero la historia de las violaciones de derechos humanos del chavismo no arrancó en 2017 ni su progenitor único es Maduro. Él es heredero y ejecutor de turno, pero ese sistema lo construyó Chávez con sus esbirros militares.

Cuando en 2002 una multitudinaria manifestación llenó las calles de Caracas exigiendo la renuncia de Chávez, vimos de qué era capaz el chavismo. Lanzaron matones, francotiradores y militares gatillo alegre a dispararle a la gente para impedir que llegaran a las rejas del Palacio de Miraflores a desalojar por la fuerza al chafarote hoy difunto. El más famoso de dichos matones es Richard Peñalver, quien vive hoy tranquilamente en España, como si nada.

Los años posteriores serían de crímenes peores, que escalaban en crueldad, en sevicia. Persecuciones contra militares disidentes y civiles críticos. Juicios amañados con acusaciones tremendistas donde un periodista terminaba acusado de terrorismo o un militar de magnicidio, sin un juicio justo donde poder demostrar su inocencia. Muertos, exiliados, presos. El fenómeno de los presos políticos arranca con los hechos del 2002 y no cesan desde entonces. Tampoco cesaron la tortura, la denegación de justicia, los tratos crueles y degradantes y si revisamos bien el Estatuto de Roma, el chavismo se retrata en más de una calificación criminal.

La muerte de Chávez dejó en el poder a Nicolás Maduro, quien con el sistema electoral fraudulento que Chávez mandó a construir pudo quedarse en la presidencia sin mayores resistencias por parte de un Henrique Capriles, prestado a la usurpación desde bien temprano, tal como lo demuestran las evidencias en su contra.

Veríamos entonces la masificación de las torturas, de la persecución y la tecnificación de los métodos. Veríamos al militar chavista Miguel Rodríguez Torres crear las cárceles tenebrosas La Tumba o La Cueva, donde la “tortura blanca” rusa serían la norma. Allí tuvieron a centenares de jóvenes estudiantes por el delito de protestar contra el régimen o por hacer una huelga de hambre exigiendo sus derechos.

Entre 2014 y 2018, el número de presos políticos alcanzó y supero los miles en todo el país. Se puso de moda la tortura y la persecución a nivel nacional, teniendo cada gobernador o cada alcalde sus propios cuerpos de torturadores y sus propias cárceles políticas. Los presos políticos ya liberados y en el exilio, cuentan el horror que vivieron. Ante la evidencia varios de ellos, poseen la protección de España como refugiados.

No es un secreto para nadie, ni siquiera en Europa, menos en España.

El tema de la complicidad

Teniendo todos estos hechos claros, estando ya la CPI en disposición de adelantar un proceso contra el régimen chavista ¿cómo puede hablarse entonces de negociaciones que conlleven un cese de sanciones o un alivio de las mismas? ¿no debería ser este más bien el momento de aumentar las sanciones para forzar al régimen a responder ante la CPI cuando le sea requerido?

Pues aquí hemos llegado. Había una marcha lenta de la oposición falsaria, que no se opone ni se enfrenta. En dicha marcha iba acompañada de los Borrell, los Zapateros y los noruegos del mundo, para mayor inri. El destino era la mesa de negociaciones con un régimen que organizó ya unas elecciones igual de fraudulentas que todas las anteriores. Y en dichas elecciones, se le promete amnistía total a los opositores que decidan participar.

Es decir, una solución perfecta: quien quiera ser opositor en la Venezuela del chavismo, debe aceptar las elecciones fraudulentas, reconocer a Maduro como presidente y olvidarse de las tres peticiones que como un mantra repitió el gobierno interino de Juan Guaidó. Adiós al cese de la usurpación como condición sine qua non. Adiós al gobierno de transición. Y adiós a unas elecciones libres.

El mantra se ha convertido en mueca, si nos detenemos en las condiciones electorales presentadas y en el festival de payasos que, cual circo de baja ralea, se pasea por las calles de Venezuela. Otrora opositores respetados, hoy bailando por las calles pidiendo el voto en unas elecciones planificadas por el mismo régimen que lanzó a un opositor desde el piso décimo del edificio del SEBIN. Por el mismo régimen que masacró a unos combatientes rendidos. Por el mismo régimen que a la luz del Estatuto de Roma, es reo de delitos de lesa humanidad.

¿Qué esperar entonces ante esta ola de complicidad en la que propios y extraños han decidido caer? Podría decirse mucho. Podrían recordarse todas las declaraciones que después de Auschwitz, de Camboya, de Ruanda y de Srbrenica, los líderes mundiales han hecho para que “nunca más” ocurran hechos similares. Podría revisarse todas las proclamas a favor de la libertad que han hecho los mismos que le piden a los ciudadanos venezolanos que confíen en una oposición capaz de sentarse a la mesa con el régimen que asesina, tortura y exilia a más de seis millones de nacionales.

Y al hacerlo, veríamos los rostros y escucharíamos las voces de los cómplices que todos estos años han decidido callar ante las atrocidades, hacer negocios con los criminales, recibirlos en sus salones y silenciar las evidencias. Son los mismos que se asombran cuando ven la oleada de migrantes que llegan a sus territorios, huyendo de los horrores que por años han ocultado bajo la alfombra de la “comunidad internacional”.

Esos son los cómplices. Para quien los quiera ver y a quien le pueda interesar.

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