Alain Finkielkraut: «El antirracismo es el comunismo del siglo XXI»

Protestas antiracistas en las ciudades de Estados Unidos

El filósofo ve en la actualidad que ha seguido a la muerte de George Floyd el despliegue de un nuevo antirracismo cuyo objetivo, más que promover la igual dignidad entre las personas, es deconstruir la propia hegemonía occidental en los países occidentales.

Las terribles imágenes de la muerte de George Floyd, asesinado por un policía blanco, han dado la vuelta al mundo. La emoción legítima se ha transformado en un «frenesí mimético» que ya no tiene en cuenta la realidad, argumenta el filósofo, que pone en guardia contra la importación de algunas problemáticas a nuestro país, que tiene una historia muy distinta. La denuncia de un «racismo sistemático» y de violencias racistas por parte de la policía se olvidan que «en los barrios populares, son los policías los que tienen miedo».

Alain Finkielkraut ve, en el momento actual, el despliegue de un nuevo antirracismo cuyo objetivo, más que promover la igual dignidad entre las personas, es deconstruir la propia hegemonía occidental en los países occidentales. La noción de “privilegio blanco” es una forma de «autorracismo» que perpetúa, con una nueva modalidad, la mala conciencia de la burguesía.

El homicidio de George Floyd a manos de un policía, que ha sido grabado, ha provocado revueltas en todo Estados Unidos. En respuesta, Donald Trump ha anunciado su voluntad de restablecer «la ley y el orden». ¿Qué piensa de estos Estados Unidos sometidos a sangre y fuego?

Lo que nos distingue de los hombres del pasado es que nos hemos convertido en espectadores. A diferencia de nuestros predecesores, que tenían conocimiento de los hechos a través de la transmisión oral o la lectura, nosotros los vemos. Este «nosotros» ya no tiene excepciones: no importa dónde vivamos, gracias a la pantalla estamos en las primeras filas. La insoportable imagen de George Floyd siendo asfixiado metódicamente por un polícia de Minneapolis ha dado la vuelta al mundo. «I can’t breathe», jadeaba, suplicante, el hombre negro, mientras su verdugo blanco, imperturbable e incluso arrogante, apoyaba la rodilla sobre su nuca hasta matarlo. Comprendo a los estadounidenses que, de manera espontánea, han bajado a la calle para expresar su repugnancia, su vergüenza y su cólera. Pero también me planteo esta pregunta: ¿se puede deducir la realidad de Estados Unidos por esta imagen?

La emoción debe inspirar la reflexión, pero no puede librarse del conocimiento. Porque los datos existen: según la base de datos del Washington Post, desde el 1 de enero de 2015 han sido asesinados a manos de la policía el doble de blancos (2416) que de negros (1263). Ciertamente, como subraya muy acertadamente el periódico Libération, estos datos se invierten totalmente en relación a la población: los negros representan el 13% de la población estadounidense y los blancos el 76%. Pero en un país en el que la policía tiene el gatillo fácil, máxime considerando que hay armas por todas partes, no podemos hablar de «racismo sistemático» o estructural de las fuerzas del orden. También está la Historia: la guerra de Secesión, el movimientos de los derechos civiles que abolió la segregación, la Affirmative Action en las  universidades para sentar las bases de igualdad de derechos, la apología de las minorías llevada a cabo por la corrección política, los dos mandatos de Barack Obama en la Casa Blanca.

Hay, por último, estas otras imágenes: el alcalde afroamericano de Houston anunciando las exequias en su ciudad de George Floyd, o el alcalde afroamericano de Atlanta dirigiéndose con vehemencia a los alborotadores que desacreditan la protesta al saquear las tiendas de ropa o de material informático. Dos representantes electos negros dirigen actualmente dos antiguos baluartes del segregacionismo. Los supremacistas se han dado cuenta de este cambio: si hoy salieran del bosque y gritaran «You will not replace us!» [«¡No nos remplazaréis!»], significaría que temen que Estados Unidos se les escape y convertirse ellos, tarde o temprano, en una minoría. Estos asustados forman el corazón del electorado de Donald Trump que, en lugar de hablar para toda la nación, se dirige prioritariamente a ellos. Al echar leña al fuego está traicionando su misión presidencial.

La cuestión negra sigue siendo la gran tragedia de la historia americana, pero no se resume en el asesinato de George Floyd.

La crisis en Estados Unidos ha ocasionado en Francia un recrudecimiento de la denuncia de las violencias policiales racistas respecto a las minorías, basándose sobre todo en el caso de Adama Traoré. ¿Debemos preocuparnos por la importación a Francia de las problemáticas estadounidenses?

Aferrados por un verdadero frenesí mimético, los manifestantes de París y de la mayor parte de las ciudades francesa enarbolan las mismas pancartas que en Estados Unidos: «I can’t breathe», «No Justice, no Peace», «Black Lives Matter». Ciertamente hay racistas en la policía, que deben ser sancionados severamente porque, escudados en el poder que les otorga el uniforme, hostigan y oprimen. En lo que respecta a este punto, el ministro del Interior tiene razón: no se puede tolerar lo intolerable.

Sin embargo, hay que tener realmente mala fe para llegar a la conclusión de que la policía en nuestro país ejerce un terror racista sobre las poblaciones de origen africano o magrebí. La realidad, de hecho, es lo contrario. En los barrios llamados populares son los policías los que tienen miedo: son atraídos, como los bomberos, en una emboscada, y son víctimas de fuego de mortero, los atacan con barras de hierro, les lanzan piedras desde lo alto de los techos o tapas de alcantarilla desde lo alto de las pasarelas. Cuando, en 2007, en Villiers-le-Bel, unos «jóvenes» los tirotearon con balas reales, no respondieron. El resultado: decenas de policías heridos y ningún manifestante herido. Obsesionada por las revueltas de 2005 que enfurecieron a todo el país, la jerarquía exige a los hombres de campo que hagan todo lo posible para evitar los incidentes o los abusos: hacer todo lo posible significa no hacer nada contra los rodeos urbanos o los partidos de fútbol salvaje que ha habido en las últimas semanas de confinamiento. Lo que caracteriza nuestro tiempo no es la omnipresencia y la omnipotencia del Estado policial, sino la debilidad y el abandono del Estado en los denominados, no por nada, territorios perdidos de la República.

Y, además, si realmente existiera un racismo institucional, ¿podrían los manifestantes gritar «policías asesinos» a la cara de las fuerzas del orden? Si el Estado fuera autoritario, o si meramente hiciera respetar sus leyes, ¿podrían los inmigrantes ilegales desfilar por París sin temor a ser detenidos de manera preventiva, o a ser reenviados, con mayor razón y por la fuerza, a su país de origen? Si no gozaran de una total impunidad ¿podrían algunos raperos cantar que Brigitte, esposa de un poli, se «deja follar» por «todos los jóvenes de la ciudad»? [De la canción Brigitte, Femme de Flic, del primer álbum del grupo de hip-hop Ministère A.M.E.R., Pourquoi tant de haine].

La tendencia de los seres humanos a inventarse historias y a creerse otras que no lo son es ilimitada. Bajo el efecto de una muerte atroz como la de Minneapolis, en Minnesota, se entrevista con deferencia al miembro del grupo La Rumeur que, en 2002, evocaba «los cientos de hermanos nuestros que han sido abatidos por las fuerzas del orden sin que ninguno de sus asesinos haya sido investigado»; o se da por cierta la vil declaración de la cantante Camélia Jordana: «Hay miles de personas que no se sienten seguras ante un poli, y yo soy una de ellas. No hablo de los manifestantes, sino de los hombres y mujeres que van a trabajar todas las mañanas a la periferia y que son masacrados por la única razón del color de su piel». Ciertamente, el año 2019 ha estado llena de violencia por parte de la policía en respuesta a la extrema violencia de ciertos manifestantes. Pero, ¿cuál era su objetivo? ¿A quién han mutilado o dejado tuerto? A algunos «gilets jaunes» [«chalecos amarillos»], es decir, franceses de origen francés, amablemente designados con el nombre de «souchiens» [neologismo con connotaciones racistas utilizado para designar a los franceses blancos] por la portavoz del Partido de los Índigenas de la República [Houria Bouteldja].

Usted ha escrito que el antirracismo es el «comunismo del siglo XXI». ¿Esto explicaría por qué una gran parte de la intelligentsia se dirige hacia este nuevo opio?

Al igual que está sucediendo en Yale, Columbia o Berkeley, la civilización occidental ya está en el banquillo en la mayor parte de las universidades del Viejo Continente. Los Dead White European Males son señalados con el dedo. Todo el mal que se difunde por la tierra es culpa de ellos y de su cultura: la esclavitud, el colonialismo, el sexismo y la LGBTfobia. Estudiar esta cultura es acusarla, deconstruirla, arruinar su prestigio, para permitir que las minorías encuentren su orgullo y que la diversidad cultural se desarrolle plenamente sin trabas. De ahí el eco que ha tenido la muerte de George Floyd en París, con también desde Estocolmo a Montreal.

Las nuevas generaciones han creído reconocer en la calma atroz del asesino el rostro de Occidente que han aprendido a deshonrar. Mathieu Bock-Côté recuerda en su último libro que, debido a la denuncia presentada por algunos estudiantes del King’s College de Londres en relación a «la colección de hombres blancos de más de 50 años con barba» que formaban el gran grupo estatuario a la entrada del edificio, estos fueron sustituidos por «un grupo estatuario más acorde a la ideología de la diversidad». Y leyendo un artículo de David Haziza he sabido que los alumnos más adelantados de Columbia han proclamado recientemente que era necesario acabar con un programa de enseñanza en el que la «blanquedad», según ellos, explica la persistencia de los asesinatos racistas.

Combatir la hegemonía occidental dentro de Occidente mismo: este es, más allá de las revueltas contra las violencias policiales, el objetivo al que llama el nuevo antirracismo.

El siglo XX y su cruenta historia parecía haber hecho desaparecer la cuestión racial, en beneficio de la utopía cosmopolita. ¿Cómo explicar su gran retorno al debate público? ¿Acaso el antirracismo ha enloquecido?

Por desgracia, el antirracismo ya no es la defensa de la igual dignidad de las personas, sino una ideología, una visión del mundo. En esta visión, las tratas de negros no occidentales no tienen cabida, como tampoco la tiene el antisemitismo árabe-musulmán, ni el de una parte de la comunidad negra estadounidense, ni las manifestaciones de los chinos y de los vietnamitas en París contra los insultos y las agresiones en los que no tenían parte los blancos. El racista se convierte en esa persona que ve lo que ve en lugar de cerrar los ojos ante el escándalo de lo impensable. Entre la realidad y el sistema ideológico, el interés, para no ser acusado de infamia, es elegir el sistema.

Por consiguiente, el antirracismo se ha transformado de arriba abajo y la hospitalidad ha cambiado de sentido: en el momento de la gran migración, ya no se trata de acoger a los recién llegados integrándolos en la civilización europea, sino que se trata de exponer los defectos de esta civilización para hacer justicia a los que ella, durante tanto tiempo, ha tratado con desprecio y ha explotado sin escrúpulos.

Cada vez vemos a más «blancos» pidiendo perdón por sus privilegios. ¿Qué le inspira este fenómeno? ¿Qué implica la noción de «racismo sistémico»?

La mala conciencia burguesa ha llevado a un gran número de intelectuales a adherirse al campo de la clase obrera, expiando así sus privilegios y encontrando la redención en el combate por la igualdad. En la izquierda radical actual, la vergüenza de ser blanco ha sido suplantada por la mala conciencia burguesa, pero este privilegio se pega a la piel. En consecuencia, la vergüenza es irredimible, no hay redención posible. Y para los que están afligidos por esto es una cuestión de honor quedarse confinados a la fecha en la que su universidad celebra la desaparición de los blancos del espacio público organizando, para ellos, o más bien contra ellos, una «jornada de ausencia». La sospecha de condescendencia menoscaba todas sus palabras y acciones, no tienen más salida que callarse, desaparecer o recitar indefinidamente el catecismo que les condena. Este autorracismo es la patología más conturbadora y más grotesca de nuestra época.

Durante muchos meses las guerras culturales e identitarias parecen haber sido interrumpidas por la crisis del coronavirus, pero ahora vuelven a empezar con fuerza… ¿Es el signo de que nada ha cambiado realmente?

Se habla mucho, desde el principio de la pandemia, del mundo antes y después de la misma. Pero cuando anunciamos esta gran cesura nos olvidamos de que el mundo de antes ya estaba muy comprometido con la liquidación cultural del viejo mundo. Con el desconfinamiento, el proceso sigue adelante, incluso se acelera.

 

Publicado por Eugénie Bastié en Le Figaro.

Traducido por Verbum Caro para La Gaceta.

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