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Tras la supresión de los subsidios al diésel

Los agricultores se revuelven en toda Alemania contra los recortes del Gobierno de Scholz

Protesta del sector primario en Berlín. Europa Press

Los agricultores alemanes están protestando por todo el país contra los recortes aprobados por el Gobierno del canciller Olaf Scholz. La medida principal ha sido la supresión de los subsidios al diésel, que encarecerá el combustible progresivamente hasta alcanzar sus precios máximos en 2027. Tanto Alemania como la Unión Europa (que son dos cosas distintas, pero muy parecidas) tienen que cuadrar unos presupuestos cada vez más apretados, por lo que necesitan recortar gastos y aumentar beneficios por cualquier vía. Y el sector primario suele ser el que las élites prefieren machacar, quizás por ser uno de los más precarios, desorganizados e indefensos. El error de cálculo está en que también es uno de los sectores más fundamentales para la economía general y más dispuestos a luchar por lo suyo con dureza.

Lo que más enfurece a los representantes del mundo rural es que las clases altas urbanitas y cosmopolitas quieran que las cuentas las paguen siempre los mismos. Cuentas que, además, han salido mal por culpa de las propias élites. En el caso alemán (representativo del panorama europeo) las arcas públicas están en recesión técnica porque se insiste en derrochar miles de millones de euros en una fallida «transición ecológica». Se rescatan empresas como Northvolt o Scania, que pretenden fabricar baterías para vehículos eléctricos sin la demanda ni los recursos ni la viabilidad para ello. Se empeñan en subvencionar masivamente placas fotovoltaicas que no pueden competir en el mercado con la producción de los chinos, todo con tal de no cooperar económicamente con China, e independizarse de la barata energía rusa. La paradoja es que la «industria verde» necesita un níquel que no quiere extraer de la vecina Rusia bajo pretexto de que es contaminante… pero lo acaba extrayendo igualmente del lejano Canadá. Y lo deficitario de todos estos proyectos lo sufraga el contribuyente con dinero que acaba en los bolsillos que gestionan la «finanza ecológica·: en este caso, bancos como Goldman Sachs y fondos de inversión como BlackRock.

La postura económica «ecologista» alemana y europea es tan suicida como su postura geopolítica «atlantista». Una cantidad desmesurada de los presupuestos que se quitan a los tractores europeos sirven para comprar tanques para Ucrania. Una guerra absurdamente prolongada por la UE y la OTAN que tiene como una de sus principales víctimas a nuestro mundo rural. Por un lado le perjudica la política de sanciones y de desacoplamiento que encarece los precios de casi todos nuestras mercancías. Por otro lado, la irresponsable apertura de la UE a las importaciones de Ucrania ha llevado a inundar los mercados europeos de productos agrícolas ucranianos de inferior calidad y precio, tirando a la baja nuestra competitividad. Esta devastadora «crisis del grano» ha llegado a causar un conflicto entre Ucrania y el que era uno de sus principales valedores, Polonia. Y un futuro ingreso de Ucrania en la Unión Europea puede ser catastrófico para toda la PAC (Política Agraria Común).

Ya previamente se habían cebado con el campo la crisis del covid, la crisis económica posterior a 2008 y la crisis demográfica desde inicios del siglo XXI. Y siempre (o casi siempre) sufre la peor parte el mundo agro-ganadero. No por designio divino, sino por acción o dejación de unos políticos completamente ajenos a él desde sus capitales. En el Gobierno tripartito alemán, la derecha liberal detesta el mundo rural en tanto que peso público a liquidar y sustituir por importaciones. La izquierda verde lo detesta por considerarlo «poco sostenible» y un obstáculo a la susodicha «transición ecológica». Y la izquierda socialdemócrata lo detesta porque cree que es un espacio conservador y desconectado de los valores de la progresía.

En una situación de completo abandono político, el mundo rural se ve obligado a valerse por sí mismo. Y, cuando lo hace, el abandono de las fuerzas de gobierno se convierte en abierta descalificación: se les llama populistas, provincianos, antisistema, incluso extremistas de izquierda o extremistas de derecha. O extremistas de izquierda y derecha simultáneamente, como el Movimiento Campesino-Ciudadano holandés. En Alemania se trata a los tractoristas de «querdenkers», que se puede traducir como «pensamiento transversal, lateral o diagonal«. Es decir, que no se ubican en el eje lineal de izquierda y derecha, sino que toman cosas de uno y otro lado. A menudo, las agrupaciones políticas rurales combinan características típicas de izquierda (como la crítica a las grandes empresas y a los bajos salarios) y otras típicas de derecha (como la crítica a la inmigración masiva o al «animalismo»). Es el pecado máximo en un contexto tan polarizado, dualista y maniqueo.

La mayor parte de ocasiones, en honor a la verdad, se les trata de «extremistas de derecha», seguramente porque es la etiqueta que da más miedo (especialmente en la Alemania traumatizada por su pasado). Pero, por supuesto, los análisis políticos serios lo desmienten. Los movimientos ruralistas no son nostálgicos de ninguna dictadura de los años 30, sino del estado del bienestar de la segunda mitad del siglo XX. No quieren tampoco un estado autoritario ni totalitario, sino que se preocupan por un estado cada vez más intrusivo que se muestra fuerte contra los débiles (ellos) y débil contra los fuertes (las multinacionales). No tienen ninguna traza de xenofobia, ni de la islamofobia tan típica entre fuerzas de derecha radical. Son críticos con las fronteras abiertas, pero desde la perspectiva de la competencia desleal que supone la mano de obra barata migrante en beneficio de la patronal. No son “negacionistas” ni del cambio climático ni de la pandemia ni de nada, pero sí son «realistas» respecto a quiénes son los grandes culpables y quiénes no. Tampoco son «conspiranoicos», al menos no de la «conspiración judeo-masónica-bolchevique». Lo que sí denuncian son conspiraciones reales que el Goldman Sachs y la BlackRock traman tras las bambalinas de la democracia.

De hecho, la ciencia política demuestra que los partidos políticos ruralistas son los únicos capaces de robar voto a las fuerzas de derecha radical y detener su crecimiento. Pero el Occidente de liberales, verdes y progresía no tiene ningún interés real en frenar el tan cacareado «auge de la ultraderecha». Hablan de ello una y otra vez simplemente como quien dice «que viene el lobo», para asustar al electorado. Lo único que les importa en Berlín, Paris, Londres, Bruselas o Madrid es aferrarse a sus sillones. Les enfadaría igual cedérselos a un facha que a un rojo que a un señor montado en su tractor. Quizás les enfade incluso más lo del señor montado en tractor.

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