«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
la propiedad por antonomasia es la propiedad inmueble

Los señores de la tierra: desamortizaciones de ayer y de hoy

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Spengler decía que la propiedad por antonomasia, la máxima expresión de la propiedad como elemento de civilización, es la propiedad inmueble, la que no se mueve: la tierra. Por eso en todo proceso de expropiación de tierras hay siempre algo que va más allá de lo económico y entra en el ámbito de lo moral y lo cultural.

JP Morgan es el primer banco de los Estados Unidos. No es poca cosa. Su director ejecutivo se llama Jamie Dimon. Hace pocas semanas, en su epístola anual a los accionistas, Dimon constataba que el despliegue de energías «limpias» está siendo muy lento, lo cual hará cada vez más grave el problema del «cambio climático». En consecuencia, Dimon proponía medidas de ancho aliento: que los Estados se apoderen de las tierras (de los ciudadanos) para entregárselas a las empresas del sector de las renovables. En suma, una nueva desamortización. Como las de España en el siglo XIX. En nombre de la redención de la humanidad, como siempre. Y para beneficiar, como siempre, a los privilegiados.

La circulación de las elites

Hablemos de las desamortizaciones. Todos hemos aprendido en el colegio —cuando estas cosas se enseñaban en los colegios— que las desamortizaciones del siglo XIX fueron una gran hazaña política de la España liberal. Mendizábal, Madoz, etc. Todos lo recordamos. Arrancar tierras infrautilizadas a las «manos muertas» de la Iglesia, las órdenes militares y los grandes terratenientes y convertirlas en productivas. ¿Había algo más loable? Sin embargo, la realidad de las desamortizaciones no tiene nada que ver con esa imagen ideal. Para empezar, los grandes procesos desamortizadores comenzaron mucho antes, con Carlos III, primero, y Godoy después, como instrumento para enjugar una deuda pública que se iba haciendo insoportable. Y sobre todo, las grandes desamortizaciones liberales no sirvieron para hacer «vivas» aquellas tierras, sino que su finalidad real fue otra: desmontar las últimas pervivencias de la estructura económica de antiguo régimen (en particular, el poder económico de la Iglesia) y asentar a una nueva elite política. Fue un proceso clásico de “circulación de elites”, por utilizar la fórmula de Pareto: los poderosos de antaño son sustituidos por una nueva casta que se apodera de los resortes materiales de la hegemonía. En la Europa del XIX, esos resortes eran sobre todo dos: la actividad financiera y la tierra. Hoy, a juzgar por las palabras de Dimon, el paisaje no es muy distinto.

Hubo dos grandes procesos desamortizadores: el de Mendizábal entre 1836 y 1837 y el de Pascual Madoz entre 1854 y 1856. El primero afectó a las propiedades del clero regular, es decir, las tierras vinculadas a los monasterios de órdenes monacales y órdenes militares (Santiago, Calatrava, etc.). El segundo fue mucho más amplio y puso en venta todas las propiedades del Estado, de los Ayuntamientos, del clero secular, de cofradías y obras pías, terrenos comunales, etc. El procedimiento fue siempre el mismo: expropiación forzosa (nada de indemnizaciones) y subasta. Para hacernos una idea del alcance de la medida, señalemos que hasta 1867 se habían «desamortizado» 198.523 fincas rústicas y 27.442 urbanas. El dinero obtenido se empleó esencialmente para pagar la deuda pública, que era descomunal: se calcula que España había terminado la Guerra de la Independencia con una deuda del 2.000 por cien. ¿Y las tierras? Teóricamente, deberían haber ido a parar a quienes pudieran hacerlas rentables, pero no fue así. Las ventas se tramitaron a través de comisiones municipales. Éstas agruparon las tierras en grandes lotes cuyo coste resultaba inasequible para los campesinos, incluso para los propietarios rurales tradicionales. Sólo pudieron comprarlas los ricos: la nueva burguesía urbana, los financieros o los grandes propietarios. Y aún peor, porque muchas de esas tierras, en realidad, no estaban «muertas», sino que eran utilizadas por los campesinos como un recurso elemental de subsistencia. Toda esa gente, que antes malvivía, pero sobrevivía, ahora se quedaba sin nada con lo que vivir.  

Mendizábal, un caso ejemplar

¿Quién compró las tierras? La nueva elite del país. Sobre todo, los grandes nombres de los gobiernos liberales y sus aliados políticos y económicos. Hay que entender que esta «circulación de elites» de la España del XIX no sólo fue una sustitución política, sino también económica. Un caso ejemplar es el de Mendizábal. Gaditano nacido en 1790, hijo de comerciantes de ascendencia judía, en realidad se llamaba Méndez, pero se vasconizó el apellido para aparentar «limpieza de sangre». Durante la guerra contra los franceses se había dedicado al avituallamiento del ejército, y sobre esa base construyó después una notable fortuna. En 1819 lo encontraremos en Cádiz, como miembro del «Taller Sublime» de la masonería local, preparando el golpe de Riego. Después, en vez de entrar en política, siguió dedicándose a los negocios, siempre en relación con Inglaterra y alrededor de los suministros al ejército. Exiliado tras el retorno del absolutismo en 1823, se afincó en Londres y desde allí fabricó una red financiera que enlazaba a Inglaterra y Francia con el liberalismo español. En 1831 utilizará esos contactos para financiar a la facción liberal en la guerra civil portuguesa. Tras la victoria, se convirtió en el agente principal del dinero inglés en Portugal. Volvió a Londres y desde allí vivió la muerte de Fernando VII y la sublevación carlista. Entonces lo tuvo claro: ofrecería al gobierno español dinero inglés y francés para afrontar la guerra. Así llegó al Ministerio de Hacienda, primero, y a la cabeza del Gobierno después. Para hacerse con la jefatura del Gobierno tuvo que desplazar al conde de Toreno, José María Queipo de Llano, uno de los grandes nombres del liberalismo español, autor de una monumental Historia del levantamiento, guerra y revolución de España. Por cierto que, al salir, Toreno se metió en el bolsillo cinco millones de reales —una fortuna— como comisión por entregar a la banca francesa Rothschild los contratos de las minas de mercurio de Almadén.

Mendizábal fue uno de los que compraron tierras. Toreno también. Y Madoz. Y el segundo esposo de la reina regente María Cristina, el duque de Riansares. Y los financieros del ala progresista, como Sevillano y Remisa. Y el duque de Frías, muy vinculado al capital francés. Y Ramón de Santillán, primer gobernador del Banco de España. Por supuesto, también el marqués de Salamanca. Los generales Serrano y Prim compraron tierras, y el marqués de Gaviria, que era uno de los hombres de la banca Rothschild en España, y lo mismo hicieron los O’Shea, enriquecidos con la explotación de las minas de Peñarroya. Hay que citar igualmente al sustituto de Madoz en el ministerio de Hacienda, Juan Bruil, financiero de cámara de Espartero. Con frecuencia, esta nueva elite del poder se apresuró a emparentar con la nobleza. Es el caso de Ignacio Figueroa, padre del conde de Romanones, cuya fortuna familiar pivotaba sobre las minas de Andalucía y de Murcia. Huelga decir que ninguno de ellos entregó las tierras a los campesinos y que, desde el punto de vista de la productividad agropecuaria, la situación no cambió.

¿Qué fue de aquellas tierras? En general, acabaron mucho más muertas que antes. A veces en sentido literal, como ocurrió con los robledales de Ciudad Real, masivamente talados para convertirlos en combustible. El proceso trajo consigo la primera gran crisis ecológica documentada en España. En cuanto a los campesinos privados de sus medios de subsistencia, especialmente en las grandes extensiones del sur, pronto se convertirán en involuntarios protagonistas de un dramático problema social: el de los jornaleros. Después de escuchar a Dimon, es imposible no evocar este episodio de la historia nacional.

Pocas semanas después de la epístola de Dimon a los Morganitas, el Gobierno de Holanda anunciaba su intención de comprar masivamente las tierras de los agricultores y los ganaderos para dedicarlas a… las nuevas energías. A lo mejor todo es coincidencia, pero huele a otra cosa: huele a una nueva operación de poder.

Por muy digital, abstracto y financiero que se haya hecho nuestro mundo, el axioma de Spengler sigue siendo verdad: la propiedad por antonomasia es la propiedad inmueble. Por eso los señores del dinero quieren ser también señores de la tierra. Lo cual da un color muy singular a ese mandamiento predicado desde los púlpitos de Davos que reza «no tendrás nada y serás feliz».

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