«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Los matices

Màxim Huerta, el día de su dimisión como ministro de Cultura | EFE
Màxim Huerta, el día de su dimisión como ministro de Cultura | EFE

Los partidos de hoy -en España y fuera de ella- son demasiado parecidos en casi todo. La importancia, hoy, está en los matices.

Por decirlo, a modo de homenaje a su pasado, en lenguaje televisivo, Màxim Huerta ha sido el primer expulsado de la casa. El «no dimito» de por la mañana se convertía a las 19.00 en un «me voy por amor a la Cultura»… que decía eso por no decir ‘me voy porque Sánchez me echa’. Y esto nos sirve para recordar a los señores políticos una máxima, la de que son esclavos de sus palabras. De sus pasadas rasgaduras de vestiduras cuando el que trampea a Hacienda es del bando contrario vienen estas dimisiones del presente. Pero, con todo, lo más importante que pasó este miércoles en los alrededores de La Moncloa no fue, en absoluto, la dimisión de Huerta.
Porque, lo cuenta en el tema de apertura Carlos Esteban, el verdadero escándalo es el precio de la investidura. «Elpeligro cierto que se disfraza con la brillantez de purpurina del Gabinete de las Estrellas». Meritxell Batet fue la primera en hablar de acercamiento de presos, de un “consenso transversal”. Borrell va más allá y habla de reconocer a Cataluña como nación, de reformar la Constitución. De, en fin, no hacer demasiado caso a la ‘turba’ (Borrell dixit), que pide que Puigdemont acabe en prisión. En La Gaceta nos mojamos (se moja Carlos Esteban y nosotros corroboramos): «Sí, lo confieso, creo que el plan de federalizar España estaba cantado, esperando inexorable la ocasión, desde hace ya tiempo; creo que el Partido Popular lo conocía y participaba de él, y creo con el mismo convencimiento personal que tiene el visto bueno de Bruselas».
Así están las cosas en casa. Fuera, en el patio de vecinos, la política migratoria sigue dividiendo a los países de nuestra querida Europa. Por un lado, en el bloque acaudillado por Macron (Francia) y Merkel (Alemania), se defiende la llegada masiva de inmigrantes. No importa cómo ni por qué. No importa qué condiciones encontrarán al llegar a suelo europeo, ni que haya menores -centenares ya en Alemania- que emprenden viaje solos y quedan en manos de las mafias. Ni que se jueguen la vida en el Mediterráneo… ¡que vengan todos!
Al otro lado del tablero, encabezado por Orbán (Hungría), Salvini (Italia) y Kurz (Austria), el grupo de países reacio a los flujos migratorios masivos. Les preocupa a estos dirigentes la seguridad en suelo europeo, la identidad de los distintos países que conforman el Viejo Continente y, en el plano más material pero realista, la condición limitada de los recursos públicos que sería necesario destinar para atender a los recién llegados. Y esa, no la vieja división de derecha o izquierda, será cuestión que determine en las próximas elecciones el proyecto político que elija cada uno de nosotros y de nuestros vecinos. Porque por lo demás, y como acaba de ilustrar el fundador de Podemos Juan Carlos Monedero en un debate televisivo, lo que molesta a Girauta es que Sánchez ha formado el Gobierno que le hubiera gustado tener a Albert Rivera. O, dicho de otro modo, que los partidos de hoy -en España y fuera de ella- son demasiado parecidos en casi todo. La importancia, hoy, está en los matices. Búsquenlos.

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