América ha vuelto: Biden dinamita la política de paz abanderada por Trump

RETOMA EL PAPEL DE GENDARME MUNDIAL

‘America is back’ -América ha vuelto- fue una de las consignas con que Biden saludó el fin del reinado de Trump, una frase lo bastante breve como para que hasta él pueda retenerla sin mirar el teleprompter. Como buena consigna política, no significa otra cosa que lo que el que escucha quiera que signifique, pero suena bien, transmite la idea de que la gran república, después de una pausa oscura de fascismo blando, volvía con toda su gloria y majestad.

Pero tiene otra lectura, esta muy real: Estados Unidos ha vuelto por donde solía en el panorama internacional. Si Trump logró no iniciar ninguna nueva guerra -algo insólito desde Carter y que, si la Academia Sueca no fuera un antro de globalistas, merecería un Nobel de la Paz-, reducir tropas americanas en el extranjero y muñir paces que se daban por imposibles, como el reconocimiento de los países árabes del Estado de Israel o el fin de la ‘guerra fría’ entre las dos Coreas, ahora Biden -o, más bien, sus cuidadores- han empezado a desmantelar desde el primer día todo ese esfuerzo.

Ese primer día se enviaron nuevas tropas a Siria, un país que no acaba de salir de una terrible guerra civil y que ahora verá renovado el horror. Y apenas días después Biden anunció su intención de renovar el acuerdo alcanzado por Obama con la teocracia iraní, que Trump había arrojado a la papelera.

Otro aspecto esencial es la relación con los aliados europeos. La mayor parte de Europa y Estados Unidos siguen unidos en una alianza militar nacida para hacer frente a la amenaza soviética, más de treinta años después de la desaparición de la URSS. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se hizo cargo informalmente de la defensa de Occidente, permitiendo a las potencias europeas recortar salvajemente su presupuesto militar, lo que le permitía costear generosos estados del bienestar.

Trump vio lo anacrónico y ruinoso de ese esquema a estas alturas y, originalmente, se propuso finiquitar la alianza. La presión fue irresistible y abandonó el plan, aunque adoptó otro: hacer que los supuestos aliados arrimaran el hombro de modo algo más equitativo. Los responsables europeos de la OTAN todavía deben sentir sudores fríos al recordar aquella cumbre en la que el presidente les echó una bronca de órdago y les obligó a comprometerse a aumentar su gasto de defensa.

Asimismo, Trump advirtió del absurdo que suponía mantener millares de soldados en Alemania, uno de los países más ricos del mundo, para hacer frente a un enemigo que ya no existía, e inició la repatriación de una buena parte.

Pero con Biden volvemos a las viejas pero tranquilizadoras ficciones. Los soldados americanos se quedan en Alemania, y a los socios de la OTAN ya no se les va a pedir que paguen su parte alícuota. Invita el contribuyente americano, será por dólares.

América ha vuelto, en fin, significa que el imperio americano ha vuelto, que han vuelto las certezas sedantes de la Guerra Fría, aunque con dos interesantes diferencias: ahora el enemigo es China, y Estados Unidos no está exactamente en la cresta de la ola.

Estados Unidos está empantanado en Oriente Medio en guerras que no puede ganar, sencillamente porque nadie sabe a qué podría llamársele “victoria” en estos teatros bélicos, desangrándose mientras China se dedica al comercio y a sacar de quicio al alto mando americano con maniobras en su mar.

Porque esa es la enorme, la gigantesca diferencia: cuando Estados Unidos y la URSS jugaban a ver quién parpadea primero, con el dedo en el gatillo, América estaba en América y Rusia, en Rusia. La presencia rusa en Estados Unidos era insignificante -salvo su labor en las mentes de los catedráticos de la Ivy League-, y la presencia americana en Rusia era nula.

Hoy, los chinos están metidos en Estados Unidos hasta el cuello, y los intereses de empresas americanas en China son enormes.

Para entenderlo, imaginen que mañana se declara la guerra. China cierra todas las fábricas occidentales en suelo patrio. Perdiendo, además, acceso a un mercado de 1.400 millones de consumidores. Ya pueden pronosticar una turba de los CEO de las mayores multinacionales americanas -las que le pagan la campaña a Biden, a todos los candidatos- a las puertas del Capitolio poniendo el grito en el cielo.

Estados Unidos hace tiempo que apostó por la deslocalización, y ya no fabrica ni un hilo. Todo se lo compra a China, o a empresas que fabrican todo allí. Hablamos de componentes esenciales para cualquier cosa, como medicamentos o equipos médicos. Solo con que, como es previsible, uno de los primeros compases de la hipotética contiende fuera el bombardeo chino de las fábricas taiwanesas de semiconductores, Estados Unidos tendría un problema muy, muy serio.

Los Estados Unidos de Biden tienen muchos problemas en casa: una moneda a punto de perder su papel de divisa de referencia internacional, una clase media que se desvanece a ojos vista, la devastación causada por las medidas de lucha contra la pandemia -con la ruina de cientos de miles de pymes-, el aumento de la pobreza, la violencia callejera, la profunda división por raza y sexo e ideología y millones de americanos marcados como ‘terroristas internos’ que están convencidos de que Biden robó la presidencia. No parece el mejor momento para retomar el papel de gendarme mundial.

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