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Hugo ‘El Pollo’ Carvajal: El último que llegó a ser primero

PERFIL DE UN GOLPISTA "DEL MONTÓN"

Siempre desaparecido, invisible o en las sombras. Taimado, discreto y de poco hablar. Quizás para esconder sus carencias, de las cuales está muy consciente. No fue el mejor de su promoción, más bien uno de los últimos. No fue el más decidido cadete ni el más eficaz alférez. Fue, a decir de uno de sus compañeros de promoción “uno más del montón”.

Eso podría ser una descalificación para algún oficial que quiera estar en la primera línea de los lauros militares. Aquellos que entraron a la Academia Militar soñando con ser comandantes de su componente, Jefes de Estado Mayor, Inspectores y ¿por qué no? Hasta Ministros de la Defensa. Para todos ellos, la buena estrella debía estar acompañada del reconocimiento de sus pares.

No era el caso de Carvajal Barrios, el nativo de algún pueblo del oriente de Venezuela, de esos donde la norma son el marcado acento casi andaluz, de rápida pronunciación y palabras gruesas dichas casi a los gritos.

¿Cómo pudo entonces un discreto personaje, uno más del montón, un cualquiera dentro del componente al cual se alistó, llegar tan lejos, sin tener méritos para ello?

He ahí la clave: la falta de méritos es el principal mérito que Chávez usa para garantizar la lealtad del designado a la hora de hacer nombramientos. Carvajal es prueba de ello.

Golpista sin pruebas

Cuando Hugo Chávez decidió usar contra la República las armas que la República le dio para defender a la Nación, lo hizo a su manera. Es decir, en medio de un gran desorden, de una planificación mediocre y de una cobardía generalizada. Lo demuestran las acciones de último minuto, incluyendo al propio Chávez: gente que no llegó, oficiales que salieron después de la hora indicada presas del miedo, oficiales que armados frente al palacio de gobierno se quedaron paralizados y debieron ser relevados del mando. El comandante de la toma del palacio –Chávez–, en vez de comandar la acción desde el terreno, se encerró en el Museo Histórico Militar para desde allí ver la acción por binoculares. Ya eso, es una señal.

Señal de cobardía y de carácter irresoluto, que llevaron la acción al fracaso. Pero también, ese día nació un mito.

El mito de los militares valerosos que se alzaron para socorrer al pueblo, maltratado por el neoliberalismo. Pamplinadas, pero así es la propaganda socialista.

Los asesinos pasaron a ser ángeles, los golpistas pasaron a ser rebeldes o insurrectos, pero siempre había de forma abierta o velada una labor de lavar las culpas de los participantes.

Y es aquí donde aparece un oficial del montón llamado Hugo Carvajal Barrios, ya para entonces conocido por su remoquete “El Pollo”. Al oficial se le detiene junto a los golpistas, pero nadie tiene constancia de cuáles fueron sus acciones.  Al igual que Diosdado Cabello, ni el oficial ni sus compañeros han podido decir en treinta años, cuál fue en específico la acción que ejecutaron ese día. Solo se sabe que estuvieron presos, acusados en una causa colectiva. Pero a diferencia de otros oficiales que sí saben decir donde estaban, Carvajal nunca ha podido.

Es decir, estaba sin estar. Y esa fue la actitud de toda su carrera, hasta el día de hoy.

Siempre “en el montón”

Como parte del montón, se gradúa, como parte del montón se une a un golpe militar. Como parte del montón recibe el perdón presidencial y como uno más del montón, se le permite reingresar al Ejército.

Ahí están los orígenes de ciertas cosas. Chávez decidió, al llegar al poder, qué rol jugaría cada oficial participante del golpe del 4 de febrero ’92. Es la facción 4-F.

A unos los pone a su lado en funciones políticas, manteniéndolos fuera de las Fuerzas Armadas Nacionales. A otros los incorpora de nuevo a las FAN, con los ascensos correspondientes a su promoción. Y ahí los deja, como células dormidas.

De repente, aparecen. Y de la peor manera.

Fueron precisamente Hugo Carvajal Barrios, Henry Rangel Silva, Clíver Alcalá Cordones y Miguel Rodríguez Torres los personajes que en el tiempo darían de qué hablar en la DEA. Los cuatro oficiales fueron reincorporados por Chávez a las FAN al momento en que llega a la presidencia. Allí los mantuvo y en el momento preciso los ubicó en posiciones donde lo que se desarrolla es el crimen.

Narcotráfico, crímenes de lesa humanidad, financiamiento a grupos irregulares colombianos, redes de legitimación de capitales, uso de recursos provenientes del delito para financiar la expansión internacional del chavismo, espionaje dentro y fuera de Venezuela, compra de conciencias, persecución a la disidencia civil y, sobre todo militar.

A Carvajal, solo un año después de la llegada del chavismo al poder, se le designó en la Dirección de Inteligencia Militar como Jefe de Investigaciones. A medida que ascendía de rango en la fuerza, ascendía en la nomenclatura de Inteligencia: de la Jefatura de Investigaciones a la subdirección general y luego a la Dirección General. De allí no saldría hasta el 2013, con breves interregnos en los que nunca perdió el control del organismo.

No es cualquiera. Carvajal fue el sicario de Chávez para dos asuntos clave: eliminar la disidencia militar y la alianza con las FARC y el ELN colombianos.

La caída no es casual

Es imposible que las agrupaciones narcoterroristas colombianas se hayan hecho del control de vastas porciones del territorio venezolano, sin que el hombre fuerte de la Inteligencia Militar chavista lo supiera. Sea por ineptitud o sea por complicidad, Carvajal es la clave en la toma de control.

Y puede presumirse complicidad si se toman en cuenta las otras acusaciones, las de narcotráfico. No ha habido capo del narco capturado o caído en Venezuela que no se topara para bien o para mal con alias El Pollo. Sea porque resultaban abatidos o sea porque resultaban detenidos, extraditados o encarcelados en Venezuela, el nombre de Carvajal estaba en boca del narco. Walid Makled, preso en Venezuela. Wilber Valera alias Jabón, asesinado en acción de comando del organismo dirigido por Carvajal. Era imprescindible contar con Carvajal para ascender en el escalafón del narcotráfico nacional.

Los saben la DEA y por eso él particularmente se enfrascó, junto a Rangel Silva y el otro extraditable Nestor Reverol Torres, en expulsar al organismo de Venezuela. Lo lograron. Y con eso, empezó su reinado. El Cartel de los Soles se consolida con esa expulsión.

Pero de nada sirvió para evitar lo inevitable. En todas las operaciones que se interceptaban en EEUU, aparecía la marca de Carvajal. Primero con presunciones: ¿Cómo pueden oficiales de las FAN estar traficando drogas sin que el hombre fuerte de la Inteligencia Militar de Venezuela lo sepa?

Luego certezas: el nombre de Carvajal aparecía en operaciones, en grabaciones y en movimientos de dinero. Dinero que era difícil ocultar, habida cuenta del despliegue de inmuebles en los que se movía el aludido. Los cobros de dinero semanal a narcotraficantes para permitirles sus actividades están acreditados en la acusación que se sostiene en su contra y por la cual se le requiere en EEUU.

Pero sigue Carvajal siendo uno más del montón. Un desechable dentro de una estructura que muta profundamente a la muerte de Chávez. El lema del chavismo para contrariar a la naturaleza, dice que “Chávez no murió sino se multiplicó”. Si esto es cierto, podríamos ver a cada uno de estos oficiales requeridos por la justicia como si viéramos a Chávez, pues en efecto eso son: hijos bastardos del felón que aquel cuatro de febrero los convocó para derrocar a un gobierno democráticamente electo.

Más que una caída

¿Cuándo cayó Carvajal? ¿Cuándo lo atraparon en un apartamento en Madrid, solo y encerrado en una habitación con un cuchillo de cocina como única arma? ¿O cuando decidió apoyar la jugada del “gobierno interino” del presidente fake Juan Guaidó?

Quizás, la caída fue antes. Porque siendo uno del montón, salir de la inteligencia militar era un castigo obvio. Mucho más, si se le asignaban cargos no acordes con su actividad principal: primero diplomático, en un anodino cargo de Cónsul en Aruba. Luego, como diputado al parlamento nacional. Actividades incompatibles con un cultor del bajo perfil. Parlamentar es un horror para un parco personaje al cual la palabra no se le da bien ni escrita ni expresada verbalmente. De eso quedan pruebas en sus intervenciones y entrevistas.

Era un mediocre necesario, pues al ser ascendido a la cúspide del poder, le daría toda su lealtad a quien lo ayudó a ganarse cargos que por mérito no le correspondían.

Pero ¿cae solo “El Pollo” o cae una facción? Si revisamos a ese grupo de oficiales alzados junto a Chávez el 4 de febrero de 1992, el eclipse de sus astros arranca en el preciso momento en que Chávez decide que su sucesor sería Nicolás Maduro y no Diosdado Cabello, el más adelantado de esos ex golpistas.  De hecho, Cabello es quien más lejos ha llegado, y los demás o están en el ostracismo o están lejos del poder central.

Contados uno a uno, nos encontramos con gente desplazada del poder. Unos presos por el propio chavismo, como Miguel Rodríguez Torres o Raúl Baduel. Otros, extraditados a EEUU como Clíver Alcalá Cordones. Otros, encerrados en Venezuela para evitar ser capturados, como Reverol Torres, Rangel Silva, Padrino López o el propio Diosdado Cabello.

Y en ese montón, viviendo la que quizás sea la última vuelta de tuerca de las propias disputas internas del chavismo, la “Generación 4-F” ve morir su estrella con un amanecer donde más que el canto de un gallo, ven la caída del Pollo como augurio de tiempos peores a los ya vividos.

Probablemente, estamos por ver al “Chávez que se multiplicó”, esposado y con pelucas de disfraz, muriendo de mengua en una cárcel de los EEUU. Finalmente, el camino de aquel golpe sangriento terminará en la cárcel.

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