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El legado del #Metoo

La batalla ‘woke’ contra los hombres (III): ¿Para qué sirven los hombres?

El patriarcado es un juez
Que nos juzga por nacer
Y nuestro castigo
Es la violencia que no ves
Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía
Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía
El violador eras tú
El violador eres tú

Un violador en tu camino, autor LASTESIS,2019

En la segunda década del Siglo XXI el sentimiento antimasculino llegó a su mayor expresión política y social con la organización global del movimiento #MeToo. El disparador se sitúa en octubre de 2017 con una serie de denuncias sobre el intercambio de favores sexuales en el tracto intestinal de Hollywood, pero se replicó en cada rincón del Occidente capitalista. Las marchas multitudinarias y otras acciones comunicacionales procuraban denunciar que no existía un resquicio dentro la cultura que no estuviera formateado por la opresión machista.

La caza de brujas (o de brujos, por caso) que se desató y la forma en la que mundialmente se emponzoñó la relación entre hombres y mujeres merece un estudio profundo sobre la histeria colectiva y sus alcances. Se instaló en ese entonces, de manera casi unánime, la idea de que en todo varón hay un larvado agresor sexual y que existe un machismo estructural que convierte a todos los hombres en culpables y a todas las mujeres en víctimas. En Chile surgió una curiosa pieza musical que logró alcance mundial y decenas de países la tradujeron para acompañar las protestas. Las autoras eran un grupo político-performático llamado LASTESIS, fuertemente influidas por los postulados de la antropóloga marxista Rita Segato. La pieza se llamaba Un violador en tu camino, y el estribillo se interpretaba con una coreografía marcial en la que, con una venda en los ojos, las intérpretes le espetaban «el violador eres tú» a un destinatario masculino indefinido y absoluto, no importaba quién fuera ni lo que hubiera hecho. A cualquier hombre, a todos los hombres, porque todos eran violadores.

El movimiento #MeToo invirtió la carga de la prueba con todo éxito sin que en el Occidente libre sonaran alarmas significativas. Desde entonces han llovido las aberraciones legislativas como la ley española conocida como ley del «sólo sí es sí», las imposiciones de adoctrinamiento integrista como la ley argentina «Micaela» y un sinfín de reglamentaciones despóticas y humillantes que convirtieron la vida pública y privada, incluyendo las acciones de seducción y coqueteo, en una vidriera de miserias y tiranteces que no solucionaron la violencia pero enfrentaron a hombres y mujeres. #MeToo no sirvió para romper asimetrías o injusticias sino para implantar una guerra entre sexos.

Sobre el #MeToo se montaron nuevas reivindicaciones del feminismo de cuarta ola, que obtuvieron viento de cola gracias al furor marketinero, desde reivindicaciones bioéticas hasta entelequias economicistas como la «brecha salarial» o el «techo de cristal» que derivaron en un nuevo grupo de regulaciones que daban por científicamente comprobadas consignas puramente ideológicas. El machismo estructural pasaba a ser culpable, además del sufrimiento femenino, de la pobreza, del calentamiento global, de todo tipo de enfermedades y de ser los varones los portadores del capitalismo como el sistema más opresor y depredador de todos los tiempos.

Esta compulsión de vindicación desaforada contaba con la complicidad de todo el establishment político y cultural, y era tal el apoyo social que muy pocas voces se enfrentaron a la causa, siendo los varones los menos en la partida. En 2018, la Asociación Estadounidense de Psicología (APA) publicó sus Pautas para la práctica psicológica con niños y hombres, donde sostuvo que «la masculinidad tradicional es dañina» y emitió directrices para ayudar a los médicos a «tratar» la patología. El informe define la masculinidad tradicional como «una constelación particular de estándares que han dominado a grandes segmentos de la población, entre ellos: la antifeminidad, el logro, la evitación de la apariencia de debilidad y la aventura y el riesgo». Una serie de nuevos personajes aparecieron en el firmamento woke: los aliados, o mejor, «los aliades», varones que abrazaban la culpa de su sexualidad y la causa feminista que los consideraba pecaminosos por el sólo hecho de nacer.

En 1991, el antropólogo David D. Gilmore publicó Manhood in the Making: Cultural Concepts of Masculinity, un estudio comparativo transcultural global de sociedades desde la cuenca mediterránea hasta Tahití y el sur de Asia, que analizaba la virilidad en el mundo. Gilmore descubrió que en casi todas las sociedades el concepto de virilidad se consideraba valioso e indispensable en relación a tres objetivos: proveer, proteger y procrear. Ante la crisis de la masculinidad desarrollada en los capítulos anteriores de La batalla woke contra los Hombres I y II, esta tríada plasmada por Gilmore parece ser un eslabón clave, ya que el autor sostiene que es fundamental que el desarrollo de los niños sea guiado por otros hombres, vale decir, que la clave de una masculinidad positiva es el aporte de más masculinidad, no menos. Para analizar la crisis de la masculinidad, entonces, podrían servir los siguientes datos: desde 1960 el porcentaje de niños que viven separados de sus padres casi se ha duplicado, del 17% al 32%. Los niños que crecen en hogares monoparentales, que van a una escuela típica y se atienden en el sistema médico típico tienen muy escasas posibilidades de tener una figura masculina de autoridad hasta la escuela secundaria si es que la cursan. Ni un solo modelo de masculinidad positiva.

Sin embargo, en opinión de los ideólogos de la «perspectiva de género», el sistema de socialización patriarcal perpetúa la opresión y es necesario desincentivarlo, emasculando dicho sistema por considerarlo de características dañinas. Curiosamente, las investigaciones sugieren que el problema es el alejamiento del padre, los datos demuestran que los niños con mayor riesgo de recaer en la delincuencia y la violencia son los que están físicamente separados de sus padres. En EEUU, en 1960, el número de niños que vivían sólo con su madre era de 5.1 millones; en 1996 habían pasado a ser más de 16 millones. La ausencia de la figura paterna había aumentado en paralelo a la violencia social y es un factor de riesgo para el desarrollo del niño. Estos datos chocan de frente con lo que proponen los estudios de género, quieren educar a los niños anulando su masculinidad y tratando de convertirlos en entes neutrales. Disminuir la masculinidad de los niños y desincentivar la figura paterna no sólo es perjudicial para su desarrollo, sino que es abuso infantil.

Como sostiene Gilmore, la condición masculina es relacional. El sentido de identidad no se crea en el aislamiento sino a través del servicio, en las relaciones y se moldea en el marco familiar y comunitario (proveer, proteger y procrear). No se limita a un sueldo, sino a un sinnúmero de acciones propias de un padre, un hijo, un esposo, un amigo, un vecino y un largo etcétera. En los años 70, el objetivo del feminismo era reducir la dependencia económica y en menos de medio siglo el éxito ha sido rotundo en casi todas las naciones occidentales. Estadísticamente, en EEUU, el 40% de las mujeres ganan más que los hombres y en 1979 ese porcentaje era del 13%; actualmente el 40% de los principales sostén de familia son las mujeres. Los matrimonios en los que el marido es el único sostén de familia pasó del 85% en 1972 al 55% actual. Es la más importante y veloz liberación económica en la historia de la humanidad, pero este logro no sustituye la función relacional.

Para ampliar la complejidad del panorama, un artículo de Psychology Today señala que «las oportunidades de citas para hombres heterosexuales están disminuyendo a medida que aumentan los estándares de relación», esta es una peculiar deriva de la batalla contra los hombres. Sumemos este informe publicado en el Journal of Family and Marriage que reporta un declive de la tasa de nupcialidad debido a la escasez de hombres con un buen sueldo y un empleo estable. La confusión es mayúscula, pero esa es la constante en lo que se refiere a la ingeniería social. Cuando las mujeres no tenían estabilidad económica, para los hombres no representaba un problema establecer pareja con alguien con poca o nula capacidad económica. Luego de décadas de avance igualitario, resulta que el mercado femenino sigue demandando el rol proveedor para establecer match como en las remotas tribus estudiadas por Gilmore.

Después de tanta «perspectiva de género» metida hasta en la sopa, de tanto aprendiz de hechicero puesto a rediseñar las relaciones privadas y de tanto #MeToo, resulta que nadie quiere ni acepta a estos hombres deconstruidos y ensamblados por el feminismo. El hombre deconstruido está obligado a apocarse para que las mujeres puedan empoderarse. A esto apuntan todas las leyes de cupos que hoy se imponen en el mundo y que implican, no existe otra forma de entenderlo, que las mujeres son tan menores en comparación con los hombres y no pueden acceder por sí mismas a puestos políticos, financieros o laborales. Misoginia en estado puro. A la vez, el avance de las teorías del género como constructo han permitido a varones biológicos percibirse mujeres cívicas, lo que les permite hacer uso de los privilegios obtenidos por el feminismo de cuarta ola, asumiendo el poder que tanto repugnaba en los hombres a condición de «ejercerlo bien» por la virtud intrínseca de la femineidad. El descalabro es arduo de explicar, pero es, sin más, la incongruencia a la que llamamos nueva normalidad.

El movimiento #MeToo fue el punto más alto de la ola de feminismo woke, que combinaba el revanchismo iliberal de la izquierda identitaria con el marketing corporativista de las élites occidentales que rápidamente lo convirtieron en un frankenstein contradictorio, venenoso, autolesivo y, sobre todas las cosas, frívolo y banal. Consiguió cosas tan descabelladas como que en ámbitos académicos y laborales las relaciones de cortejo se tamicen por normas burocráticas más o menos institucionalizadas a riesgo de transformarse, caso contrario, es una demanda penal. Un nuevo fenómeno social hace que los hombres tengan miedo de quedarse a solas con mujeres cuando se disparó el número de falsas denuncias de acoso. Tres de cada cinco varones en EEUU tienen temor de ser falsamente acusados, un 20% prefiere no contratar a mujeres y mucho menos para empleos que impliquen interacción. El #MeToo nos regresó al puritanismo victoriano.

Otra consecuencia fue la progresiva sustitución de garantías procesales por juicios de opinión sumarios que destrozaron carreras y en muchos casos la vida de hombres aunque a la postre hubiesen resultado inocentes. Más de un lustro después del #MeToo, la masculinidad ha sido atacada en todos los frentes, y las mujeres no sólo no están más seguras, sino que viven presas o del feminismo tutelar de los gobiernos o sustituidas por una distopía llamada «autopercepción» en la que los hombres pueden ganarles en competencias deportivas, en concursos de belleza femeninos, pueden entrar en los baños y vestuarios sin que tengan ninguna privacidad, aun siendo apenas niñas, así como en sus celdas de prisión para someterlas en todas las formas posibles. Quejarse implica ser canceladas, otra plaga de nuevo cuño.

Existe una ley universal que explica que lo que se premia, se multiplica. Se llama incentivo. En su ensayo de 1980, Por qué los hombres resisten, William Goode sostenía que los hombres, despojados de su rol público y privado tendían a desvincularse de la sociedad con las tristes, peligrosas y esperables consecuencias. El #MeToo fue uno de los más descabellados, crueles y exitosos incentivos para despojar a los hombres de su lugar en la sociedad, convirtiéndolos en algo tan inutil como «una bicicleta para un pez». Todo este desequilibrio, delación, inseguridad, este desmerecimiento, esta arbitrariedad y revanchismo trajo dramáticas consecuencias. La primera es el miedo, la segunda la desconfianza. En esta batalla contra los hombres no ganaron las mujeres, perdieron todos.

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