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Abogado. Columnista y analista político en radio y televisión.
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Análisis del triunfo de Geert Wilders

4 de diciembre de 2023

La victoria de Geert Wilders en los Países Bajos resulta doblemente interesante. En primer lugar, por la campaña en su contra que lo ha presentado como el Trump holandés y que ha terminado reforzándolo. Quienes creían que eso lo iba a estigmatizar se han terminado encontrando que el expresidente estadounidense sigue siendo un poderosísimo símbolo de la oposición al progresismo, al globalismo y a la ideología woke.

Sin embargo, el éxito de este político de 60 años y natural de Venlo, en la provincia de Limburgo, tiene otros aspectos interesantes. Por lo pronto, es abiertamente crítico con la deriva federalista de la Unión Europea y con la inmigración descontrolada; en particular, la proveniente de países islámicos. Ataca así los mantras que la Comisión Europea repite hora tras hora como las campanadas de un reloj; por ejemplo, que el futuro de Europa es la diversidad, es decir, el multiculturalismo. No es ahora momento de dilucidar la construcción teórica que ha conducido a la negación de los saludos navideños y la normalización del islam en el imaginario de la Unión Europea —vean las campañas publicitarias de la Comisión—. En esta hora de Europa, lo interesante es que políticos como Wilders representan un golpe de timón en la ruta de nuestro continente.

Sería erróneo, sin embargo, identificarlo sin más con la derecha de los países mediterráneos. En éstos, la impronta católica se deja ver en aspectos como la política social, mientras que Wilders está más próximo al humanismo secular. Sería más correcto situarlo en la línea de Pim Fortuyn (1948-2002), el escritor y profesor asesinado en Hilversum, cerca de Ámsterdam, por el activista por los derechos de los animales Volkert van der Graaf. Van der Graaf pretendió justificar el crimen en la defensa de los musulmanes a los que, según él, Fortuyn empleaba de chivo expiatorio. Dos años después, Mohammed Bouyeri, un islamista de origen marroquí nacionalizado neerlandés asesinó en Amsterdam al cineasta Theo Van Gogh (1957-2004). Wilders propuso una moratoria de cinco años en la llegada de nuevos inmigrantes al país. Para evitar otro asesinato semejante y dadas las amenazas recibidas, Geert Wilders lleva desde 2004 viviendo con escolta. En 2017, tuvo que suspender su campaña porque se filtró su agenda de actos y no se podía garantizar su seguridad.

El partido de Wilders se llama Partido de la Libertad, pero sería impreciso considerar a su líder como un liberal —en el sentido de libertario— descontento con la deriva multicultural de Europa. En asuntos como la inversión en salud o vivienda, es partidario de una intervención de los poderes públicos más que de una autorregulación del mercado. El descontento por la desproporción entre los beneficios empresariales y el creciente coste de la vida —que los salarios medios cubren cada vez con mayor dificultad— han alimentado un descontento que se ha traducido en el voto a este político que ataca todos los dogmas del progresismo desde el cambio climático y la inmigración al federalismo europeísta. El elitismo de la derecha y la izquierda tradicionales les está pasando factura en el voto de las clases populares. Wilders dice con claridad que los Países Bajos no pueden soportar el lastre de unas políticas sociales —por ejemplo, en vivienda, seguridad social y empleo— que benefician a los inmigrantes en perjuicio de los nacionales.

A Wilders también le ha beneficiado el descontento con el globalismo. En los Países Bajos hay un descontento creciente con la deriva globalista de la Unión Europea. Quizás los dos hitos más significativos hayan sido las revueltas campesinas contra el cierre de granjas y las protestas contra los confinamientos durante la pandemia. Desde 2019, los granjeros vienen protestando por las políticas del gobierno neerlandés que, so pretexto de salvar el planeta, abocan al cierre a miles de explotaciones ganaderas. Entre enero de 2020 y mayo de 2022, la intensidad de las protestas contra los confinamientos llevó al gobierno de Mark Rutte a declarar que eran «violencia criminal y debía tratarse como tal».

Geert Wilders ha de afrontar ahora el desafío de conseguir una coalición que le permita formar gobierno. Sin ninguna duda, tendrá que hacer concesiones, rebajar expectativas y transigir; es decir, tendrá que hacer política. Sin embargo, más allá de su liderazgo personal, su victoria es una advertencia de lo que está pasando en Europa: el relato social, político y cultural en torno a la inmigración, el modelo de sociedad y la identidad que durante años han alimentado la Comisión Europea y el progresismo, valga la redundancia, se está resquebrajando.

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