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Abogado. Columnista y analista político en radio y televisión.
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La revuelta campesina en Alemania

18 de enero de 2024

Está sucediendo: la revuelta campesina se ha extendido a Alemania. Por todo el país ha habido protestas durante la semana pasada. Este lunes más de 5.000 tractores se concentraron ante la famosa Puerta de Brandeburgo. Decenas de miles de manifestantes están en pie de guerra.

La chispa han sido los recortes de subsidios para el campo y el fin de las subvenciones al diésel. En todos los estados ha habido concentraciones de tractores y otros vehículos pesados. Se han producido algunos choques con la policía, lo que ha permitido al Gobierno emplear la consabida etiqueta de «extremistas» como bumerán contra los manifestantes. Temen que Alternativa por Alemania capitalice el descontento con las políticas «verdes» que derivan de la Agenda 2030 y que el Gobierno del canciller Olaf Scholz viene imponiendo desde su llegada al poder.

Los campesinos neerlandeses iniciaron la revuelta, pero las protestas en Alemania están logrando congregar a campesinos llegados de Austria, Polonia, la República Checa, Rumanía y otros países. A pesar de las temperaturas bajo cero y de los intentos de desacreditar a los manifestantes, el rechazo de la Agenda 2030 entre los campesinos resulta innegable. Además, se les han sumado otros colectivos como los granjeros, los camioneros y los ferroviarios. Es como un frente común de las clases populares.

Algo se está moviendo en Europa. En algunos aspectos, recuerda a las movilizaciones de los antisistema de finales del siglo pasado y comienzos de éste; por ejemplo, las protestas contra las cumbres de la Organización Mundial del Comercio en Seattle (1999). Sin embargo, hay una diferencia fundamental: aquellas pretendían alzarse contra un orden económico neoliberal a partir de un relativismo cultural y, más en general, de las premisas de la izquierda posmoderna. Esa izquierda, hoy, ha abrazado el globalismo y, en algunos aspectos, lo lidera. En cambio, en Alemania se están haciendo presentes los grandes ausentes de Seattle: esos a los que Russell Ronald Reno llama «los dioses fuertes» (El retorno de los dioses fuertes. Nacionalismo, populismo y el futuro de Occidente, Homo Legens, 2020). En esas movilizaciones se reivindica la patria, la comunidad y, en cierto modo, la tradición en la medida en que la Agenda 2030 amenaza lo que los pueblos han venido haciendo desde hace siglos.

También es inevitable el recuerdo de los Chalecos Amarillos y de los camioneros canadienses. Se trata de una reacción de las clases populares frente a los dictados de una élite global que impone un modelo social que aboca a la clase media al empobrecimiento y a los más pobres directamente a la miseria. La salvación del planeta se ha convertido en la coartada para un nuevo orden social.

Así, frente al relativismo cultural y el progresismo de los movimientos antiglobalización de comienzos de siglo, las revueltas campesinas dan primacía a las identidades nacionales, el patriotismo y las comunidades amenazadas por la burocracia de la ONU, la UE y los gobiernos globalistas. Ante la amenaza del desarraigo y el aislamiento, las naciones parecen cobrar fuerza. Algo similar está sucediendo con la oposición a las políticas europeas en materia de inmigración, cuyos efectos en dejan sentir en los barrios más pobres. La reacción contra la islamización de las capitales europeas no proviene de las élites sino de la clase media que no para de empobrecerse.

Esta revuelta, que congrega a los que cada año se ven más pobres que el anterior, amenaza los consensos que el globalismo ha venido construyendo a lo largo de varias décadas; por ejemplo, la inevitabilidad del orden económico, político y social que la Agenda 2030 representa.

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