'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Esas siglas son un comodín, la carta blanca del sistema

La importancia de llamarse PSOE: por qué las tropelías de Sánchez apenas le pasan factura

Publicidad institucional. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Europa Press
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Europa Press

Sánchez es un hombre con suerte con una habilidad indiscutible: convierte sus problemas en ajenos. Así, de una gestión de la crisis del coronavirus como la suya que habría acabado con cualquier otro Gobierno de haber estado el PSOE y su adiposo cinturón mediático en la oposición, Sánchez logró hacer de la necesidad virtud.  

Experto en esconderse en el burladero cuando vienen mal dadas, el presidente del Gobierno se sacudió la responsabilidad en las 17 comunidades autónomas (cogobernanza) durante los peores momentos del coronavirus. Sánchez encontró un pararrayos formidable en Fernando Simón, al que encomendó inmolarse en la ingrata tarea de ofrecer los datos de fallecidos y contagiados diarios. Es decir, utilizó a Simón para vincularlo a la muerte y la ruina mientras su imagen quedaba casi impoluta.

Las contadas ocasiones que Sánchez apareció en televisión lo hizo para declarar el estado de alarma o dar alguna noticia medio buena (desescalada, paseos por nuestro barrio por franjas horarias, viajes a la provincia de al lado…). En definitiva, pequeñas migajas para contentar a una población que se comportó -nos comportamos- como perfectos esclavos en pijama.

A velocidad récord, Sánchez pasó de negar la pandemia a encerrar a todos los españoles prohibiéndoles trabajar excepto a quien pudiera hacerlo con un portátil desde casa. Sólo alguien sin escrúpulos puede escurrir el bulto desprotegiendo a sanitarios y ancianos, y a los pocos días pedir aplausos y homenajes para ellos. Es verdad que, al tratarse de un colectivo dominado por sindicatos afines, aquello no le ocasionó grandes problemas, pues la ira sanitaria fue hábilmente reconducida hacia las autonomías no gobernadas por la izquierda. 

En ese contexto en el que la maquinaria mediática funcionó a todo gas, Sánchez se enfrentó al virus con el fármaco que mejor administra, la propaganda. A ello se encomendó con dos eslóganes que ya son historia: “No dejaremos a nadie atrás” y “Saldremos más fuertes”. El primero lo acompañó del eufemístico “cinturón social” con el que trataba de ocultar las colas del hambre que se formaban ante los comedores sociales de toda España. El segundo fue difundido masivamente por todos los diarios de papel a los que el ministerio de Sanidad inyectó 5 millones de euros para demostrar las prioridades sociales del Ejecutivo.  

El camino de Sánchez a La Moncloa tampoco fue un camino de virtuosismo. El candidato socialista, envuelto en la rojigualda en los días más aciagos del proceso separatista, prometió mano dura contra los golpistas catalanes endureciendo el delito de rebelión en el código penal. “Es evidente que el delito de rebelión, tal y como está tipificado en 1995, no corresponde al tipo de rebelión que se ha sufrido en los últimos meses”, dijo en una entrevista en TVE.

Su llegada al poder, sin embargo, descubrió al impostor: Sánchez pactó con ERC la investidura a cambio de indultar a los condenados por el referéndum ilegal e ilegítimo del 1 de octubre de 2017. Más sonrojante aún fue la gran promesa electoral de que no pactaría con Podemos. La posibilidad de que Pablo Iglesias formara parte del consejo de ministros, advertía Sánchez, le provocaría insomnio: “No podría dormir por las noches”, le confesó a Ferreras. Esta farsa la mantuvo hasta el último día de la campaña electoral del 10 de noviembre de 2019. Apenas 24 horas después de las elecciones el candidato del PSOE se reunió en secreto con el de Podemos para cerrar un acuerdo de Gobierno que anunciarían el día después. En su día también negó que fuera a pactar con Bildu: “Si quiere se lo digo 20 veces”, le respondió enfadado a un periodista de la televisión navarra.

Si Sánchez nunca defrauda es porque la última mentira siempre supera a la anterior. La guerra de Ucrania, por ejemplo, es la coartada para difundir un nuevo marco mental que justifique la crisis en España: la culpa de la subida de precios de la luz, el gas, el combustible y las materias primas es de Putin. Es el escudo tras el que el presidente del Gobierno se escondió en la sesión de control del pasado miércoles, en la que habló de “la superposición de dos crisis, la de la pandemia y la de la guerra, que no ha querido nadie” y en la que acusó a VOX de alinearse con Putin: “¿Sabe lo que le gustaría a Putin para Europa? Que cundiera el desánimo, que la sociedad se dividiera. Que hubiera manifestaciones como las que ustedes auspician contra los gobiernos que, precisamente, se oponen a su guerra […] Europa prevalecerá y usted, Salvini, Le Pen y Putin no se saldrán con la suya”, le soltó a Abascal.

Creado el relato, la mayoría de medios progubernamentales se dedica a difundir la consigna: Putin, Rusia y VOX tienen la culpa de la subida de precios. La ministra de Transportes ve ultraderechistas tras la huelga del sector. “No vamos a legitimar las actuaciones violentas de un grupo de ultras que está intentando someter a este país a un chantaje y sustituyendo la palabra por los palos y las piedras”. 

Desde luego, tiene gracia que lo diga el Gobierno, que hace un año modificó el código penal para derogar las penas de cárcel para las coacciones de los piquetes en huelga. Como en tantas ocasiones, no se trata del qué, sino del quién, por ello la coacción al trabajador que no secunde una huelga está bien siempre que el paro sea impulsado por la izquierda, pero jamás contra un Gobierno del PSOE, en cuyo caso son ultraderechistas

Quién lo diría, pero la guerra de Ucrania ha destapado al Sánchez más belicoso, que no sólo anuncia el envío de armas al país invadido, sino aumentar el gasto en Defensa al 2 por ciento del PIB… tal y como pidió Trump a los socios de la OTAN. En octubre de 2014, sin embargo, el entonces líder de la oposición confesó en una entrevista en El Mundo que “sobra el ministerio de Defensa”. 

Sánchez, mentiroso pero no tonto, sabe perfectamente la bula que otorga liderar el PSOE, única organización en la que un político puede seguir en activo aunque cometa la peor de las fechorías. Sólo en los dos últimos años, los socialistas en el Gobierno han arruinado a millones de trabajadores a los que cerraron en casa ilegalmente, han recibido tres sentencias desfavorables del Tribunal Constitucional (dos estados de alarma y el cierre del Congreso), han blanqueado a ETA, han pactado con Bildu y ERC, han indultado a los golpistas catalanes, han elaborado montajes con balas y mil fechorías más… a pesar de todo, siempre saldrá algún iluminado (¡a mí no me engañan!) reclamando pactos de Estado con el PSOE, siglas que son un comodín, la carta blanca del sistema, con la que se pueden cometer todo tipo de tropelías. Y disculpen si he olvidado alguna.

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