'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
TRAS LA COMPRA DE TWITTER POR PARTE DE ELON MUSK

Una columnista de ‘Time’ denuncia la libertad de expresión como una ‘obsesión’ del hombre blanco

Teclado de ordenador. Europa Press

Nuestro compañero Javier Torres desvela en estas mismas páginas una ominosa tendencia entre nuestras élites: su descontento con las decisiones electorales de los pueblos, tan a menudo irritantemente contrarias a lo que nos preparan nuestras oligarquías, y sus planes para eliminar o, al menos, restringir el voto. Pero no es en absoluto el único pilar de nuestras democracias que está bajo ataque de los lacayos del sistema. Más aún que el sufragio lo está la libertad de expresión.

En medio del debate que se ha creado en Estados Unidos en torno a la creación de un «Ministerio de la Verdad» dependiente del Departamento de Seguridad Nacional, los columnistas a sueldo de los plutócratas han encontrado que, después de todo, eso de que cualquiera puede decir lo que le dé la gana en la palestra pública es un disparate. Lo asombroso es que los encargados de atacar la libertad de expresión sean periodistas, el gremio que tradicionalmente la ha defendido con uñas y dientes.

Y para denigrar esa base esencial de nuestras democracias se ha encontrado la más cansina de las asociaciones: la libertad de expresión es racista. En concreto, y según la periodista de la revista «Time» Charlotte Alter, la libertad de expresión es una «obsesión» del hombre blanco.

El ataque de Alter, en forma de columna, se centra, naturalmente, en Elon Musk, el magnate que acaba de comprar la red social Twitter, presuntamente para convertirla en una plataforma realmente libre y eliminar las prácticas de totalitarismo «woke» que la han hecho famosa con sus censuras, expulsiones y manipulaciones varias.

A Alter sencillamente no le entra en la cabeza cómo nadie puede poner un montón de dinero encima de la mesa para respaldar la libertad de expresión de otras personas, de cualquier persona. No tiene sentido. Si se trata de dar dinero a causas altruistas, se pregunta Alter, ¿por qué no dedicarlo a la justicia social o a la no discriminación?

La idea de que cualquier pelagatos esté autorizado a dar su opinión en la arena pública le parece a la periodista una extravagancia repugnante como comprar huevos Fabergé. “¿Por qué Musk se preocupa tanto por esto? ¿Por qué a un tipo que ha superado los límites de la fabricación de vehículos eléctricos y sondeado los límites de los vuelos espaciales comerciales le importaría quién puede decir qué en Twitter?”.

Pero Alter tiene la respuesta a su propia pregunta, más que nada porque es la respuesta estándar en Estados Unidos a cualquier pregunta: el privilegio blanco. Cita a Jason Goldman, uno de los primeros responsables de diseñar la censura política en Twitter antes de entrar en la Administración Obama. La libertad de expresión, llegó a declarar Goldman, “se ha convertido en una obsesión de los miembros masculinos de la élite tecnológica, en su mayoría blancos”, que “preferirían que las cosas volvieran a ser como antes”. También cita al profesor de comunicación de la Universidad de Stanford, Fred Turner, quien explica que la libertad de expresión es solo «una obsesión dominante entre la mayoría de la élite… [y] parece ser una obsesión mucho mayor entre los hombres».

La censura, para los nuevos mandarines, lejos de ser la supresión de ideas disidentes que amenazan a los poderosos, es un simple mecanismo de control para eliminar ideas nocivas o narraciones falsas. “Desinformación”, como el título que han propuesto para el nuevo Ministerio de la Verdad.

Por supuesto, quién decreta qué idea es nociva y qué narrativa es la correcta es el mismo estamento interesado en suprimir todo lo que ponga en peligro su poder, como entendieron hace siglos quienes redactaron la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos y los defensores de ese mismo principio fundamental en el mundo entero.

Pero lo que convierte en noticia la columna de Alter es que no es una francotiradora aislada: ya los principales medios de comunicación de Estados Unidos se han abonado a esa tendencia que aborrece la libertad y que, como ha sucedido con tantas otras que han acabado en nuestras instituciones, ofrecen un ominoso panorama de nuestro futuro inmediato.

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