De los derechos humanos a los derechos inhumanos

LA LEY NATURAL Y EL BIEN COMÚN, ELIMINADOS

La revolución sexual mundial de los últimos 50 años sólo pudo cumplirse mediante la desacreditación de la antropología cristiana en la que se basaron durante siglos nuestras sociedades cristianas. Todas las áreas y niveles de la sociedad han sido objeto de esa revolución desde arriba; hoy asistimos a una espiral descendente y una desintegración social sin precedentes. 

Los derechos humanos, un insigne logro de la cultura occidental, no son una excepción, pues se han convertido en un instrumento de cambio revolucionario. 

La Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 fue el resultado de un tira y afloja entre representantes de Estados con diversas religiones, incluido el materialismo ateo. El concepto de derechos humanos que se decantó tras dos años de negociación estaba fundado en el reconocimiento de los derechos naturales de toda persona en cualquier lugar y tiempo. El hombre era entendido como un ser de carne y hueso, dotado de un espíritu, que sólo puede vivir en armonía consigo mismo y sus semejantes si el cuerpo y el alma están integrados en la persona y si las demandas individuales están equilibradas por el bien común

La Declaración Universal de Derechos Humanos surgió asociada a la esperanza de que se podía evitar la repetición de las inconcebibles atrocidades perpetradas por las dictaduras nazi y comunista por medio de un compromiso internacional con la dignidad inviolable de la persona. Sin embargo, debido a las visiones del mundo antagonistas de los dirigentes cristianos y ateos, no se mencionó a Dios como fuente del Derecho natural. No fue Dios sino la “conciencia” del individuo lo que se postuló como soberano último, abriendo así a la puerta a la redefinición de los derechos humanos como derechos del individuo. En aquella época, esto pareció una solución de compromiso plausible. Pero resultó que se estaba tendiendo una mano al diablo, que enseguida se apresuró a coger todo el brazo.  

Los conceptos que tienen una carga moral cristiana —como los de virtud, honor, deber, servicio, castidad, pureza o virginidad— han sido prohibidos

Después de que se proscribiera a Dios como última fuente y garante de la dignidad humana, otros conceptos esenciales, derivados del reconocimiento de Dios como creador y juez último, fueron eliminados: por ejemplo, la ley natural y el bien común. El noble concepto de los derechos humanos fue convertido en un concepto revolucionario cuando se pretendió que las exigencias de las pequeñas minorías sexuales eran “derechos humanos” dignos de ser impuestos por medio del Derecho. La ley natural y el bien común como puntos de referencia situados más allá de las demandas egocéntricas del individuo tenían que ser eliminados

El uso manipulador del lenguaje es parte esencial de una ideología. La maniobra consistente en aprovechar para el programa revolucionario las connotaciones positivas de un concepto —pero redefiniendo subrepticiamente su significado— se llama “reformulación” [reframing]. Es uno de los principales instrumentos para cambiar la conciencia de las masas. Hemos visto hacer esto también con otros conceptos como “tolerancia”, “libertad”, “diversidad” o “discriminación”. Por otra parte, los conceptos que tienen una carga moral cristiana —como los de virtud, honor, deber, servicio, castidad, pureza o virginidad— han sido prohibidos. Incluso las palabras “madre”, “padres”, “familia”, etc. son sustituidas por construcciones artificiales, que ya no expresan una realidad antropológica inmutable

La revolución sexual tiene sus raíces ideológicas en el marxismo. Todos los artifices de la llamada “liberación sexual” —Wilhelm Reich, Thedor W. Adorno, Simone de Beauvoir, Alfred Kinsey, Herbert Marcuse, por nombrar algunos de ellos— fueron pensadores ateos, comunistas o anarquistas, y llevaron una vida personal totalmente “liberada” de límites morales. 

La ideología de género puede ser reconocida como una mentira por cualquiera, y sin embargo ha impregnado a toda nuestra sociedad

El marxismo fue esencialmente una teoría económica del siglo XIX que quería conseguir una sociedad sin clases. Proclamó que el primer conflicto de clases fue la lucha entre el hombre y la mujer; por tanto, el matrimonio y la familia debían ser eliminados. Sin embargo, el marxismo no proporcionó aún las herramientas ideológicas para aniquilar todas las limitaciones morales de la sexualidad, que es la forma definitiva de destruir la familia y el equilibrio psicológico de la persona. El movimiento de “liberación sexual” vinculado a la rebelión estudiantil de 1968 fue una fusión de ideas de Marx y Freud, usando al feminismo como vehículo social. Pero es la ideología de género, formulada por Judith Butler en 1990 en su libro “El género en disputa”, la que lleva esos ataques hasta la raíz misma de la existencia humana al negar la naturaleza binaria de la especie —hombres y mujeres—, sustituyéndola por el concepto de una “fluidez de género”, es decir, un número indefinido de géneros entre el masculino y el femenino. Las nociones de hombre y mujer no serían objetivas, sino dependientes de una autodefinición arbitraria. Esta teoría, única en la Historia, puede ser reconocida como una mentira por cualquiera, y sin embargo ha impregnado a toda nuestra sociedad desde el jardín de infancia hasta los tribunales supremos de justicia. El fruto maligno de la teoría y la práctica de la ideología de género es la redefinición de los derechos humanos. 

Los “derechos humanos” actuales ya no son la plasmación de los derechos naturales inherentes a todo ser humano en cualquier lugar y época; en lugar de eso, son derechos del individuo aislado, sin referencia al bien común. Esto ha dado lugar a “derechos” antinaturales tales como:

  • Matar al niño no nacido.
  • Matar por medio de la eutanasia a seres humanos que sufren. 
  • La selección prenatal eugenésica.
  • La redefinición arbitraria del matrimonio, abriéndolo a parejas del mismo sexo.
  • La negación del derecho del niño a su padre y su madre, a través de la reproducción artificial.
  • La maternidad surrogada: negación del derecho del embrión a crecer en el vientre de su madre biológica. 
  • La elección del género a través de la fantasía desiderativa [wishful thinking] y la atribución jurídica. 
  • El reconocimiento jurídico de un “tercer género”, llamado “diverso”, por resolución del Tribunal Constitucional Federal Alemán en 2017.
  • La transgresión sacrílega del orden de la creación por experimentos transhumanistas que mezclan al hombre con la máquina y al hombre con el animal. 

Grégor Puppinck, director del European Center for Law and Justice y autor del instructivo libro “Mi deseo es la ley”, resume el cambio de los derechos humanos naturales por derechos innaturales de esta forma:

“En el año 1948 era la naturaleza humana lo que definía al derecho. Hoy ya no se reconoce ninguna naturaleza humana, y es el derecho el que define al ser humano”.

En lugar de ganar libertad, el hombre se vuelve esclavo de lo que es más poderoso que su voluntad: sus propios deseos y los deseos de quienes tienen más poder que él mismo

En todas estas transgresiones de las precondiciones naturales de la vida humana, el cuerpo humano —incluyendo al niño que crece dentro de su madre— se ha convertido en material que puede ser usado a voluntad por el individuo. La unidad de mente y cuerpo que constituye a la persona es negada y deliberadamente disociada. Esto es una manifestación moderna de la vieja visión gnóstica del hombre y del universo: el hombre es maligno, el cuerpo es maligno, y Dios es totalmente trascendente. El hombre, víctima de malvados demiurgos, solo puede escapar elevándose por encima del mundo físico y de su existencia corporal a través de la gnosis, es decir, el conocimiento. La transformación de los derechos humanos derivados de la naturaleza humana y de la antropología cristiana en derechos arbitarios e ilimitados del individuo aislado es una expresión de la herejía gnóstica de nuestro tiempo. Y arroja al hombre al abismo nihilista. 

La persona, privada de sus vínculos verticales y horizontales de tiempo y lugar, es entregada a la satisfacción de sus deseos ilimitados, que pasan a convertirse en el sentido de su vida. Esta satisfacción aparece al individuo autónomo como libertad, pero se trata de “la libertad de un huérfano” (Grégor Puppinck) que ha perdido sus raíces en Dios, en la familia, en la nación, e incluso en su identidad sexual como hombre o mujer. En lugar de ganar libertad, el hombre se vuelve esclavo de lo que es más poderoso que su voluntad: sus propios deseos y los deseos de quienes tienen más poder que él mismo. Desarraigado de todos los vínculos que le proporcionan identidad y fuerza, es presa fácil de la manipulación de masas y se incorporará a los poderes dominantes que suprimen toda oposición y persiguen a los discrepantes. 

La tarea esencial de la Iglesia es llamar a su rebaño a la conversión; pero, por desgracia, la Iglesia ha renunciado a la autoridad moral para hacerlo

Cuando ni Dios, ni la naturaleza, ni el bien común son aceptados como referencia de una sociedad y limitación del poder humano, el hombre se convierte en lobo para el hombre: homo homini lupus, como lo formuló Thomas Hobbes, haciéndose eco de Plauto. La negación de la naturaleza -sobre todo, de la naturaleza humana- ha sido interpretada como liberación y progreso. Pero este progreso resulta ser una progresión hacia la barbarie y el totalitarismo. 

Queridos amigos: el rumbo humanamente predecible de este momento de la historia es desalentador. La batalla por incluir la referencia a Dios en la Constitución de la Unión Europea se perdió en 2007; posteriormente, se han perdido también la mayoría de las batallas sobre los verdaderos derechos humanos. Pero los cristianos miran más allá de los cálculos humanos; miran a lo que se nos reveló sobre la historia del hombre en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Una y otra vez se nos presenta un ciclo recurrente: el pueblo elegido se aleja de Dios y de sus mandamientos, y esto lleva al triunfo de sus enemigos, a la destrucción y al exilio. El sufrimiento causa arrepentimiento y conversión al Dios compasivo que perdona, y de ese perdón vuelve a brotar la vida humana, hasta que se produce una nueva traición, dando paso a otro ciclo de dolor, remordimiento y conversión. La tarea esencial de la Iglesia es llamar a su rebaño a la conversión; pero, desgraciadamente, la Iglesia ha renunciado a la autoridad moral para hacerlo. 

Sólo la fe cristiana es capaz de humanizar la vida humana. La llamada a toda persona en este momento histórico es vivir nuestra fe cristiana de forma que podamos ser sal y luz para el mundo. Déjenme terminar con una cita de San Agustín:

«Mientras vivimos, luchamos; y mientras luchemos, es signo de que no estamos aún derrotados y de que el Espíritu bueno vive en nosotros. Y si no te llega la muerte como vencedor, que te llegue como guerrero».


Gabriele Kuby es socióloga y escritora. Autora de La revolución sexual global (Didaskalos). Este artículo, traducido por Francisco José Contreras, fue su intervención en el I Foro Europeo por la Vida organizado por el ECR Group y VOX.

Deja una respuesta